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Working it Out

mayo 12, 2013

Why, in the end

It all comes down to our own feelings

We are left to them:

Self-unstable, self-deceptive

Hurting ourselves no way back out

 

There is no such thing as one reality

And what once was set in stone for me

Well, my stones have shackled you before

 

A promise is at best a maybe

And then again, who promised anything?

It will stick with me like shrapnel

 

Uncomfortable moments of truth

.

.

Up enough

abril 27, 2013

Like a mother

Clinging to hope

Like a lover

Couldn’t let go

Like a tree

Rooted in you

Feeding on you

I’ve lived for you

 

If I withered

Love wouldn’t be

I would rather

Have it your way

Thus I gathered

Come what may

Just to make it easy on you

 

That you live

That you smile

That you shine

 

Yet at times

Sol’s light won’t warm

Up enough

Fool’s Paradise

Here I stand

The precipice

Been here before

And still

This gravity

Gravitating

All around you

Just won’t suffice

 

That you live

That you smile

That you shine

That you love

Again

.

.

Atonement

abril 24, 2013

It was almost complete,

This night;

Foolish move not to make

The move.

Here I stand, indebted;

My act of contrition,

To pay in repentance

In hope of deliverance

From sins not committed;

For atonement I grieve.

In a lingering prayer,

Unsaid, never spoken;

My fault.

.

.

Tempo, nada

abril 20, 2013

Perdi o telefone,

Perdi os contatos;

Fiquei sem tua voz,

Sem sequer palavras

Para manter viva

A cor da esperança.

Mas não desisti;

Nem nessa distância

Que nos separava,

Que nos distinguia.

Lembrei o que disseste

Um dia de tristeza:

“Sabes onde eu moro

Conheces a porta

Que leva à minha casa.”

Então não parei.

Nem a geografia

Deteve meu pulso;

Esperei calado

Pela hora exata

Do dia possível,

E viajei a noite

Toda no silêncio.

Cheguei à cidade,

Andei até teu bairro,

Que tantas lembranças

Me trouxe de outrora;

As ruas que viram

Momentos felizes,

Os beijos roubados,

Mãos dadas tremendo

Banhadas em lua.

Divisei teu prédio;

Meu peito estourava;

Lágrimas contidas,

Pernas fraquejando.

Despi-me do medo,

Abri a velha grade,

Subi a escadaria;

O dedo tocou

No número gasto

Do apartamento.

Nada

Tempo

Nada

Enfim alguém disse,

Elétrico som,

Que estava enganado;

Que ninguém havia

Portando teu nome.

Vazio, dor, angústia

Desceram em mim.

Sentei minha ossamenta

Na soleira alheia;

Olhei em frente: céu

Quebrado em janelas,

Cinza, solitário;

Que não nos pertence,

Que não nos espia,

Que mal nos conhece.

Levantei, saí

Na calma gelada,

O rumo perdido.

Nada

Tempo

Nada.

.

.

Martinha

abril 1, 2013

El verano litoraleño parecía no querer acabarse, y me convencía a escaparme algunas semanas más de mi regreso. A lo largo de la costa, arenas de sal y aldeas recortadas en la vegetación que luchaba con el mar invitaban a no dejar la vida escaparse, con una sensación de que el tiempo tenía control de sí mismo y se detenía sin importarle el paso de la realidad humana. En mi estadía en Santela me encontré con viejos conocidos de los tiempos del instituto de intercambio. Yo estaba hacía unos días en la casa de una familia que me habían conseguido contactos del Conservatorio. En una casa, por decirlo de alguna manera, ya que en realidad intentaba invadir lo menos posible su vida cotidiana, por lo que me limitaba a ocupar la mayor parte del día,  cuando no estaba caminando y conociendo el lugar, al cuarto del fondo de la propiedad y el jardín detrás de la cocina.

Mis amigos me habían descubierto luego de algunos días de estancia solitaria paseando en los bosques junto a la bahía, y habían decidido que yo debía empaparme de lo mejor que Santela tenía para ofrecer. “Tienes que ir a escuchar música en los bares del Fortezuelo,” sentenciaron. Me pareció una muy buena idea para pasar unos buenos ratos y conocer el color local del que me hablaban, y al mismo tiempo familiarizarme con los compositores del lugar. Una tarde, mientras terminaba mi trago en la vereda de un club de playa, apareció Clara y gritó “¡Francisco, aquí está!” como quien ha hecho un descubrimiento. Se me acercaron, se sentaron y planificaron la noche para los tres en un pequeño lugar de la calle Palomas.

El Bar de Tinha era un lugar casi escondido tras el muro en los bajos de una casa vieja en la parte menos transitada de Fortezuelo. Ocupaba parte de la planta baja de lo que había sido una casa colonial; era algo oscuro y un poco cargado, pero sin embargo bastante limpio y acogedor. Cuando llegamos, la música no era ensordecedora, lo que me gustó inmediatamente. Unas cuantas personas conversaban y escuchaban, sentadas alrededor de pocas mesas casi contra las paredes del salón central. Había otro ambiente, cerrado, hacia el fondo, y una terraza cubierta directamente encima con un par de mesas y bancos, que no estaba siendo usada en ese momento, que vi cuando subí al baño después de las primeras cervezas.

La concurrencia era variada, con algunos hombres más jóvenes y la mayoría de parejas de cierta edad, amigos que parecían conocer a todo el mundo, y dos o tres mulatos sirviendo las copas y los pasteles. Yo me quedé observando la boca de uno de los cantantes, un viejito con más energía sobre la silla de lo que había parecido tener mientras se dirigía lentamente al rincón que era el escenario. Cantaba canciones alegres con letras tristísimas, historias desgarradoras si contadas, disfrazadas de sones coloridos. Dibujaba las palabras con su boca, delineando con perfección geométrica las vocales y las cortas pausas entre cada puñalada de desamor cantado. En algunas canciones, parte del público salía de manera aleatoria a bailar, o agitarse, en el espacio entre las sillas y los músicos.

Sentada a una mesa pequeña rodeada de habituales estaba Martinha, la dueña del bar. Los cantores, que se iban sucediendo y turnando cada varios temas, iban y venían del escenario a su rincón. Ella misma cantaba alto algunas de las canciones, pero se negaba a pasar al frente a interpretarlas. Una mujer de sus cincuenta y tantos, contundente, un poco apretada en un vestido sencillo y revelador, muy bien teñida y peinada con la sencillez que le permitía mantenerse lo menos extravagante posible más allá de sus dimensiones de respeto y su voz alta y ronca. Junto a ella estaba sentado quien me había parecido un asistente, o hijo, hasta que vi que ella lo tomaba de la mano durante un son y le daba de beber de una copita alta y angosta de aguardiente. Más tarde, ella le daba pasteles en la boca. Él parecía no estar del todo a gusto con ser tratado como una criatura, pero accedía mansamente como quien complace a una tía que no ha visto hace mucho y lo mima con añoranza. Cuando se puso de pie pude ver que era un joven bastante grande, fuerte y atractivo. Se fue al baño y Martinha lo siguió con la vista, acompañando su trasero para que no se perdiera en la escalera y volviera lo antes posible.

La velada estuvo bastante bien, y al cabo de un par de horas y unas cuantas bebidas, yo estaba sentada junto a todos los músicos, como una lugareña más que compartía el fin de la noche en la intimidad de la cofradía. Mis amigos se fueron y yo me quedé conversando con el viejo que tanto me había interesado cantando. Martinha me propuso que me quedara a pasar unos días allí, que además de su bar era su casa y tenía algunos cuartos que alquilaba. El lugar estaba casi desocupado durante el día, ya que la temporada había prácticamente acabado y apenas dos sirvientes, el viejo, ella y René ocupaban la amplia parte de arriba. Accedí con gusto y como un bienvenido cambio para el resto de mi tiempo en aquel lugar.

Al día siguiente le pedí a Francisco que me ayudara a llevar mis cosas a la casa; él accedió amablemente pero con un dejo de reproche. “¿Es necesario que te quedes en ese sitio? Nuestro hotel es confortable, y muy tranquilo también,” me dijo mientras subíamos la ladera de Palomas. No entendí de qué se trataba, hasta que más tarde me di cuenta de que él y Clara no confiaban demasiado en mi comedida anfitriona, aunque a mí no me importó que ellos tuvieran sus recatos burgueses con quien quisieran. Esa noche ellos también estuvieron un tiempo en el bar, menos que el día anterior, y tomamos unas copas disfrutando de la música.

“Esa Martinha es un poco escandalosa… es decir, no es que diga nada en particular ni se meta en problemas, pero no hace falta que hable para que todo el mundo comente,” pontificaba Clara. Yo fingí no entender, o que no me importaba mucho lo que nadie dijera.

Mis amigos se fueron temprano, y unos minutos más tarde René, que hasta ese momento había estado sentado muy callado al lado de Martinha, hizo una cara como de quien toma impulso y le dijo algo al oído. Ella pareció molestarse, y le hizo unas preguntas, que no llegué a distinguir con la música. Él respondió decidido y se fue escaleras arriba, seguido por ella, que intentaba disimular como podía sentimientos de aborrecimiento. Al cabo de un rato René bajó con un bolso de mano y se fue apenas saludando a los músicos que estaban tocando; Martinha reapareció unos instantes más tarde, con el maquillaje visiblemente retocado y una sonrisa falsa pintada en el rostro. Esa noche el sarao terminó temprano, mucho antes de la mañana; todos se fueron haciendo poco alarde y yo subí a prepararme para dormir.

Cuando salí del baño a la galería, vi a Martinha sentada en uno de los bancos, fumando y cantando sola. Me la quedé observando, sin importarme si ella lo notaba. Tenía algo de una mujer impresionante, pero ahora su encanto jovial se había desvanecido; ella lo había dejado caer como un velo que ya no necesitaba a esa hora de la soledad. Su rostro era amplio, de rasgos exagerados por el maquillaje, y aun así conservaba algo que llamaba a ver fragilidad en él. Los años estaban comenzando a pasar factura en sus ojos, su boca, su escote, al igual que en sus manos, de movimientos finos y cuidados, que ella llevaba frecuentemente a la cara. Se cubría la boca y se acariciaba la nariz, como quien está por estornudar o siente el perfume de una crema. Cantaba un son antiguo, pausadamente, el cual le hablaba a alguien perdido, al igual que la mayoría de las canciones del lugar. Cuando terminó de cantar, tomó su cigarrillo del borde de la mesa y me miró a los ojos. “Es el olor de René,” me dijo. “Me queda en la piel como si fuera mío.” Yo no quise pedirle que me explicara la ambigüedad de su comentario, ya que no me correspondía y evidentemente estaba hablándome como hablándose a sí misma en realidad.

Me senté dubitativa a su lado bajo el alero de cañas secas y gastadas por varias temporadas de sol y de lluvia. Ella me miró y se sonrió en un gesto poco convincente, que sin embargo me reconfortó como si yo estuviera necesitando la compañía. “Es un buen chico, pero sus amigos lo distraen mucho de mi lado. Parece que ahora fue a ver a su madre en el interior; no debe demorarse más que un par de días. Dice que está enferma y precisa verla y ayudarla.” Yo continué la conversación incoherente lo mejor que pude, hablando de su casona y de la vista de su terraza, desde la cual podía apreciarse la bahía casi en su totalidad. El ruido del mar se oía a la distancia y la luna jugaba a sacarle chispas a la oscuridad del agua. Martinha se quitó dos pesadas pulseras de plata y nácar de su muñeca derecha y las sostuvo en su mano izquierda apoyada sobre la mesa. Continuó hablándome sin quitar la vista de ellas. “¿Te están gustando los saraos?” preguntó, cambiando otra vez la dirección de la charla. Le respondí que me resultaban deliciosos, y no sólo por la música sino por la experiencia de compartir algo tan genuino del lugar, lo que para mí era impagable. “Los viejos, como llamo a mis amigos músicos, aunque no todos tienen la misma edad, obviamente, son un pedazo de historia y sin dudas de nuestra cultura local. Yo también tengo lo mío, canté mucho en otro tiempo, aunque a mí por supuesto nadie me va a llamar la vieja; por lo menos no en la cara.” Con esto dio una de sus estridentes carcajadas roncas y se guardó cualquier otra palabra mirando el agua incansable.

Luego de unos minutos de silencio me fui a mi cuarto e intenté dormir, aunque pasé el resto de la madrugada dando vueltas en la cama resistiendo imágenes calmas y perturbadoras del negro mar, las manos de Martinha y sus ojos hinchados y melancólicos. Como la madre de un bebé que está aprendiendo a dormir solo, ella apareció a las seis de la mañana sin tocar a la puerta con un vaso de leche y se sentó al borde de la cama. El primer resplandor del día, tímido y perezoso tras la neblina, se colaba por detrás de las cortinas moviéndose en el viento frío de la mañana. “Te traje leche tibia con miel y ron, para que dejes de dar vueltas y te puedas dormir de una vez, linda. Me di cuenta cuando pasé para ir al baño; es que las tablas del piso hacen un sonido bajito muy característico cuando la cama se mueve. No es que moleste, sino que me quedé pensando en que seguramente estarías desvelada. Fue una noche destemplada, y dormir sola no es siempre más cómodo.” Dejó la leche en la mesita de noche y sacó un pequeño libro del bolsillo de su deshabillé. Yo sólo la miré y ella siguió hablando, con su porte maternal. “Pensé que tal vez te interesaría leer un poco de nuestra poesía y letras de viejas canciones. No tiene que ser hoy, digo, puedes hacerlo estos días. Este librito es encantador, y tiene sones y poemas que, por algún motivo u otro, ya no se cantan. Es una pena, tanto por no escucharse más como por cómo han pasado a la inexistencia sin despedidas. Pero son bellos, creo que van a gustarte.”

Los poemas que leí eran lindos, intensos, y sin la música que a algunos los habría acompañado, tenían su propia identidad de historias tristes y cantos al amor pasado. Dormí un poco con el despuntar del día, y soñé con barcos en la arena.

Dos días pasaron, exactamente como Martinha había ponderado, y René volvió. Durante esos días yo había estado caminando bastante por la playa, llegando al sur y al norte a otros poblados, y también había visitado con el viejo músico una plantación hacia el oeste en el interior del estado. En los momentos en que estaba en la casa, no veía mucho a Martinha, que estaría, supuse, aprovechando la semana para comprar provisiones, hacer otras tareas y prepararse para las noches de viernes a domingo, que era cuando el bar abría para los saraos y se llenaba de amigos, conocidos y algunos turistas. René entró al fin de la tarde como quien vuelve del trabajo, con un aire cansado pero relajado por llegar. Pidió a la mucama que le aprontara el baño, comió algo y desapareció. Entretanto, Martinha volvió y se sentó a una mesa en el bar, junto al pasaplatos. Yo la vi de casualidad, cuando bajaba para salir a andar un poco antes de la puesta del sol. Cuando pasé a su lado y la saludé me llamó a que fuera a sentarme con ella.

“Está de vuelta en la casa, ¿cierto?”

“Sí; llegó hace poco y está descansando, creo,” agregué sin más.

“Sé cuándo está, y siento profundamente cuando se va; creo que es algo que se aprende, o, lamentablemente, se desarrolla. Y es algo que te ayuda a sobrevivir, pero te hiere cada vez con cada uno nuevo que llega.” Yo no entendía por qué me estaba contando todo eso, pero por respeto continué la conversación.

“Entonces, ¿no hace mucho que René es tu novio?”

“¿Novio? ¡Ja ja!” soltó largo y apretado como sin querer; “Novio tiene una muchacha; yo tengo al René de hoy, y me basta. O tiene que bastarme. Lo que lo hace más difícil es que no está preparado para tumbarse a mi lado dejando pasar las horas, y yo nunca lo estaré para dejarlo ir sin que me coma el anhelo. Y lo peor es que un buen día se irá para no volver.”

“Pero…” No supe qué más decir.

“Shh… no tienes por qué preocuparte, ni decir nada. Es lógico que no entiendas; yo sólo te lo dije para que supieras y, y porque necesitaba sacarlo del pecho. Muchos hombres por aquí en el pueblo, y yo, que con el tiempo han comenzado a verme como uno de ellos.”

Cuando quise agradecerle la intimidad, ella se levantó de golpe en toda su opulencia, me puso un dedo en los labios, guiñó un ojo y se fue escaleras arriba sin decir palabra. Su mano tenía un dejo de verbena.

La semana se arrastró lenta hasta la noche del viernes. Ya esa tarde, los sirvientes lavaron piso, mesas y paredes con agua de lavanda y acomodaron todo para la pequeña fiesta. Martinha en persona inspeccionó cada una de las velas en sus frascos y cacharros, cambiando las que estaban muy gastadas o deformadas para quemar lo suficientemente bien durante todo el encuentro. Comimos todos juntos una cena ligera, temprano, y nos fuimos a descansar un poco para el jaleo nocturno.

A las diez bajó el viejo y se sentó a tomar unos tragos con los dos primeros conocidos que llegaron. Un tocadiscos pasaba rancheras de otros tiempos, y poco a poco fueron llegando los invitados. Yo bajé poco después de las once para la primera ronda de pasteles, y justo cuando comenzaba la música en vivo. Martinha apareció al rato, sonriente en un vestido azul profundo con una sobrefalda transparente llena de flores. Traía pimpollos en el pelo y a René de la mano. Se sentaron solos a una mesa oscura y se quedaron un buen rato en silencio escuchando y bebiendo. Cuando el viejo pasó a cantar, fui a sentarme con ellos.

“Tendrías que aprenderte un son y cantarlo antes de irte,” me dijo Martinha en un silencio entre canciones. Yo respondí que no sabía, pero que haría lo posible para aprenderme algo hasta el domingo, que era mi último día en Santela. Ella sonrió, agradecida, y me sirvió un licor. La noche pasó larga y dulce, con varios cantores e invitados compartiendo las guitarras y unas cuantas interpretaciones dedicadas a mí.

El sábado dormimos hasta pasado el mediodía, y al levantarnos había una mesa de tartas, quesos y frutas en la terraza. Comimos y fumamos, y bajé por el borde del pueblo hasta la playa a mirar la tarde y aprenderme una canción para la fiesta. Dos de las más bonitas que me habían dedicado se me habían quedado en la cabeza, y una de ellas estaba entre los poemas de mi libro. Martinha había decidido regalármelo, y sin decir nada había entrado a mi cuarto y escrito una linda dedicatoria en la primera página: “Toma estas coplas, son para ti. [No son tuyas, es cierto, y no sabes cuántas puedan ser verdaderas; pero es tuyo el derecho a sentirlas como quieras.] Que te acompañen por siempre, y siempre lo serán.”

Canté, cantamos, y fue hermoso. La noche fue como un sueño dentro de un sueño. Al amanecer me dormí perezosa con el sol colándose por la niebla. Desperté por la tarde, apacible y silenciosa, y di mi último paseo por las colinas del pueblo. Al atardecer volví a la casa, tomé un baño y preparé mis cosas. Martinha vino a saludarme; dijo que prefería no estar cuando me fuera, que era mejor decirme un hasta siempre que quedarse a verme partir, y se fue sola a la playa.

Salimos al mismo tiempo, René y yo. Él ofreció llevarme a tomar el tren; en el camino no hablamos. Dejó el coche en la estación, y mientras subía al andén vi que salía caminando en dirección opuesta con su bolso. Poco a poco, se perdió andando en la noche.

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Sacrificio

febrero 16, 2013

Se dice que alzó la mirada

A la voz de su amo,

Que oyó su pedido

Y que su corazón

No se doblegó ante sus miedos;

Que su convicción

Fue más fuerte que nada;

Que todo dejó,

Juntó fuerzas y enseres,

Llevó a su propio hijo

Y lo aprontó para el sacrificio.

Se esconde en una única

Actitud fanática

La fuerza corrompida

Por milenios,

Una caricatura

De la leyenda;

El hijo hecho el pueblo

De una nación.

Toda nación

Y todo el pueblo

Sometido a los mártires

Satánicos

Electos

Enviciados,

Sucios inmundos alienados,

Llevándose a sus hijos

Que no son suyos

Al altar de lujuria y penumbra

De su capricho;

Sus guerras inventadas,

Sus vanidades,

Su atroz falacia,

Su ceguera indecente y homicida;

La mugre que sus manos no tocaron,

El hambre que no sienten,

La muerte que negocian en los otros.

Y la gente, hecha Isaac, camina sola

Como insectos perdidos en la arena

Bajo satélites que los supervisan

Como lunas vacías centinelas,

Como los dioses que ya se han marchado

A llorar su metáfora perdida.

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The Visit

febrero 3, 2013

As she was falling asleep, old Mrs. Tompkins thought to herself. Perhaps they would let her out this time? Release, or discharge, or whatever they liked to call it, she would be having her way. Old Mrs. Tompkins felt this might as well be her last chance to persuade Mrs. -what was her name anyway?- that she should be allowed to go back home. Of course, it would be no easy task, for the woman was a formidable opponent if she could be called that; a woman who seemed almost impossible to be talked into or out of anything. Many a time had she tried in vain to convince her, to talk her into something she could not clearly remember now. Perhaps her memory was failing her; but surely she would think something up. Younger people, however much younger the woman might be, for she was herself middle-aged, past fifty if she was a day, tended to consider themselves smarter and fitter than any elderly lady on the market. And maybe she was, which did not necessarily mean they had absolute power over the old but for the fact that this particular woman was somehow (for reasons old Mrs. Tompkins could not clearly remember; could not, actually) to decide for her wellbeing. To add to her rival’s apparent superiority, at least in the eyes of everyone around her, there was the fact that her body had begun to fail her. Little by little, time after time, old Mrs. Tompkins was heading for an imminent downfall. It is not wise to try to deceive anyone when one will not fool oneself, or even find the means to mask or disguise the signs to a confusing minimum. Her eyesight was not as sharp as it once had been, she was certainly a little ‘hard of hearing’ as she would put it, and she now had the need to pass water so frequently that she wondered how she would manage to make it through the length of the meeting without excusing herself -or disgracing herself.

       The nurses felt rather sorry for her, an elderly lady whose health was weak (weaker than she knew, for that matter), and whose mind was going, too. Surely she could be rough at times, but they attributed that to her feeble consciousness. Back in the day, that toughness had been the very spine of her character; but how were they or anyone to know or guess when all they could see now was a rather senile lady? Even the most ordinary and unskilled orderly could tell the abrupt violence of delirium in even the kindest senior. She was more to be pitied than blamed, they said low to one another. What they did not know was how Mrs. Tompkins had been before she was admitted into the Home.

Winifred Tompkins had been a mean, calculating woman, brought up to exacting Victorian standards -and clearly falling short of them. She had lived a long life, throughout which she had ruled her family with an iron fist. She had not been the soft, rather quiet lady everyone thought she was at heart. Now she was only worn out, next to exhaustion. She had made most around her suffer, and so she was paying her dues by being cared for at a home for the elderly -an uninviting old building (if costly for a home; the unspoken questions of why this was usually so, whether those institutions were so on purpose, and naturally, and why children chose such places to lodge their aging parents, whether out of pure and austere intentions or half-witting revenge in the reversal of fortune, to remain unanswered), far-flung into the rural countryside.

The woman who came to visit -she seldom did, however Mrs. Tompkins might have felt it, for her visits were in actuality few and far between- was none other than her own daughter. The reason why she, Winifred Tompkins, could not remember her name, was that she had always used her married name (last name only, for she would not use her Christian name lest her mother should remember who she was). And of course, the reasons why she would not recognise her own daughter, most obvious to anyone, were for the most part the mother’s advanced state of mental decay, most ratified in this fact than upon any professional considerations, not to leave aside the fact that the younger, nee Tompkins, had had a few alterations (“improvements”) to her face and body, along with a few subtle guises she donned whenever the time came to visit.

Why was her daughter so cold and merciless to her? Was there no love left in her heart? Certainly Mrs. Tompkins had instilled little, if any, feeling of affection in her own children. The reasons, unfathomed to them, and certainly tiresome and past their due time to extricate; each had moved on in life and built themselves a brighter present only awaiting an always quieter future than the past had been, never wanting to go back there, even in actual recollection. All in all, she had made them suffer greatly; and now her daughter (who was left in charge of her) was surely retaliating, or at least acting accordingly, in a way. But Mrs. Tompkins would not see it; she was losing the grasp of things, more than a little, and as she became worse, she more and more portrayed everyone around her fantastically. Hence her seeing her own daughter as a social worker -sometimes a lawyer- who came to check on her from time to time. She might not even remember how many children she had had, or whether she had at all on any given day. Hence her entreaties to be discharged, for she usually thought she was in hospital recovering from some disease or other, oblivious of her lack of a bigger picture in which she might have known where or what she was to come back to.

  Only once had the director of the Home made bold to ask her daughter why it was all being handled that way. She had simply answered her mother had been a hard woman with a wicked sense of duty, and they all had suffered much because of her. That much she was able to say at a stretch without the need to leap back and dig out dormant ghosts from their graves. Her father had been so desperate, she elaborated; he had died an untimely death, eaten up by cancer, suffering the unspeakable as her mother insisted he was only paying for what he had done to her in youth -whatever that could have been (this could not have been enlarged on, for nobody had ever really known or dared to ask even much later what on earth it had been). Her younger sister, a sickly child, had drowned herself at fourteen, turning her mother all the more sour and embittered. She had remained her mother’s sole companion. But as Mrs. Tompkins had endeavoured to be so ruthlessly strict on her, she had eventually found herself a suitor and eloped at twenty-one. There was a brother, but he lived far out and away, and could not care less, unnatural as it might sound to anyone, or not so.

      Mrs. Fairbanks had not ever again spoken of their past, and not much of her mother’s present really, other than bare necessities about her health. Her last words on family affairs had been that her mother had made her bed and now she must lie on it. The doctors acquiesced as far as the management of the institution saw all expenses covered, and they were, and everyone let sleeping dogs lie for after all it was a business and it had to keep going and the fewer the questions the calmer the going, and it worked for all that way.

As she woke up, the nurse reminded her of Mrs. Fairbanks’ visit later that morning. Mrs. Tompkins could faintly remember a lawyer -or was it a social worker? – would come over to the hospital to see her; let alone recall what for. With great difficulty she got ready to go down to the dining-room; and to her surprise, as she got there she found it deserted. She looked up at the clock on the wall: it was close to eleven in the morning. Impossible! It must be wrong; she had just got out of her room.

On leaving the dining-room she came across a middle-aged lady who seemed intently concerned at finding her there and then. Her face rang faintly familiar. Could she be..? No, certainly not her second cousin Margaret.

“Mrs. Tompkins, I have been waiting for you in the lounge forever. Where’ve you been?” the woman said, coldly. “Certainly, Mrs. who did you say? Thompson? I think I remember meeting a Mrs. Thompson, of course a mighty long time ago… when was it? Anyway, who are you. . . and, who are you looking for, dear?” Her daughter closed her eyes for a lingering moment, pressing her lids tightly together in a confused mixture of pain and relief.

Going… going… gone.

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