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Faces

octubre 28, 2016

The bus finally approached, shaking slightly along the uneven poorly-lit street. Feeling tired and relieved, as usual, he waited for the doors to open and mounted the front steps. He nodded the driver a lukewarm good evening and made for the turnstile in the middle of the empty aisle.

He pressed his wallet against the reader as he held on to the railing; this bus always took that sharp turn-and-slope at the corner. Lifting his backpack, he pushed his weight on to the back aisle as he quickly panned around the rear for an unoccupied double seat. It didn’t matter much, though.

As he came closer to the back seat, he spotted the faces of two guys sitting in the center; one an unknown generic profile looking out the window and the other a young man with his forehead half-covered by the hood of his black jumper. All was black on and around him: the pants, a jacket, tattoos on his hands and his undistinguishable gaze. This guy, however, he knew.

He looked down at his boots to avoid looking at his face, for he noticed in the half-light what he reckoned was the shape of a sleeping woman leaning on his side. He shouldn’t look. He came within a yard and simply nodded slightly; before he’d had the time to turn, the guy blinked back meaningfully, still motionless, in recognition.

He knew –he figured. He turned and sat on the window seat one row ahead, placing his backpack on his lap as he turned up the music on his phone headset. It might be a long short ride. Nothing happened.

Faces look ugly when they eye you as a stranger. The traces of a grip known, or perhaps faintly remembered still, yet obliterated in pretense and the numbness of a public non-encounter.

Maybe it was just a big bag after all. Not his, for he didn’t come say hi at all anyway but he did get off the bus a few stops down the second avenue, his hands in his pockets and his head hanging low under his hood, as he’d once come.

 

Hide from the Sun

agosto 29, 2016

Hide from the sun

We’ve learned to

Hide hide from it

Lest a ray

Hit brighten illuminate

 

In the cracks of town

Along the crevices

We crawl

Fully armoured

Shielded blocked

No patch of nakedness

 

Who dare expose

Animal hide whatsoever

To the sun

The elements

Those natural strangers

Enemies destroyers

 

The latest era of humanity

Much the least human

May as well be the last

 

 

Deseo

abril 30, 2016

 

Tanta felicidad

Que no te reconozcas.

 

Tanta dicha

Que no quepa en tus días

Y amanezcas

Velando su sueño.

 

Te deseo mi amor.

 

Tanto amor

Que saliendo te vuelvas

Y le digas “Te amo”

A los ojos

Esta vez.

 

 

SAL

abril 24, 2016

Sal.

Allí todo nuestro tiempo,

todo nuestro amor.

 

Te di

mi vida,

para que guardes;

para tenerte

y vivirla.

 

Allí está.

 

Sal:

en mi boca,

en tu rostro;

en las manos.

 

Cambié mi cuerpo

por el tuyo;

te avecinaste

a mi piel.

 

Nos habitamos,

nos cobijamos;

nos permitimos.

 

Te di mi vida;

vida.

Me diste sal.

.

Nêga na Cidade

febrero 7, 2016

Nêga mineira

Encostada na janela

Do meu quarto no apê

Aqui em São Paulo,

Olhando com estranheza

Para fora da janela

Sem conseguir entender.

 

Nêga mineira

Não é de madeira…

Antes fosse,

Não se sentir raridade

No meio dessa cidade,

Que não é pra nêgo viver.

 

“Sai para a rua”

Eu disse à minha bela nêga;

“Sai para a rua

E bota a cara na gente”.

Ela me olhou de repente,

Como quem vê quem não entende.

 

“Vou sair sim, meu bem;

Passearei, enfeitada feita dona,

De vestido vaporoso,

Cabelo solto no ar.”

“Depois tu aguenta, meu rei,

Eu voltar toda confusa,

Em um choro vergonhoso

Humilhada para o lar.”

 

Nêga mineira…

Que triste sabedoria,

A vergonha fosse minha

E precisar me esconder.

Nessa cidade,

Nesse tempo e nessa hora.

Minha nêga, vamo’ embora

Pr’onde a gente possa ser.

 

 

“El Disparo” (de Zona Ocupada)

agosto 23, 2015

Si no lo hago ahora, no lo voy a hacer nunca. Es necesario que sea ahora. Ahora porque el dolor me está matando. Ahora porque la memoria que se nutre del dolor tal vez sea la única memoria que perdura incólume. Tiene que ser ahora. Antes de que la angustia me paralice. Ahora, tiene que ser ahora el momento en que empiece a contar la historia de mi madre, la historia de Bianka Manuela Zakrzewski.

Cierro los ojos y veo una cama. Siempre una cama. Una cama que es el mundo, el mundo de mi madre que es el personaje de esta historia. Una cama que queda en un cuarto, después en otro cuarto en una sucesión de cuartos que parece no terminar nunca. Y en todas esas camas, en todos los cuartos, siempre mi madre escondida debajo de las frazadas. Casi invisible encogida debajo de las frazadas. Abro los ojos e imagino mi cama. Necesito dormir. Pero antes, aunque sólo sea en algunas líneas, quiero empezar a contar la historia de mi madre.

Kilinskiego, Paraguay, Barão de Melgaço, Acevedo, Salguero, Alameda Barros, Esnaola, Ayacucho, Brigadeiro Melo, Julián Álvarez, Paraguay, Oscar Freire, la avenida Paulista. Esas fueron algunas de las calles en las que vivió mi madre. Entre Włocławek, Buenos Aires y San Pablo. La calle en la que vivió en Cochabamba ya no existe en la memoria familiar porque la única memoria familiar soy yo y desconozco ese dato. Escribí el nombre de las calles sin respetar un orden cronológico; fue una explosión de nombres para poder empezar. Kilinskiego. Esnaola. Ayacucho. Brigadeiro Melo. Barão de Melgaço.

Pero el paraíso quedaba en Esnaola. En el pasaje Esnaola en el barrio de la Paternal en Buenos Aires. Esnaola 636. La edad de oro, la Tierra Prometida que quedó atrás porque esa es la regla: las tierras prometidas siempre quedan atrás de nosotros.

Escribo Esnaola y veo la sonrisa de mi madre. Una sonrisa extática e ingenua. Una sonrisa melancólica que a pesar de la melancolía deja entrever tiempos felices. Veo que escribí Esnaola y veo las fotos que guardé para confirmar que mi madre tenía razón: el paraíso existió en la casa del pasaje Esnaola. Esnaola 636.

¿Y las camas? ¿Y la cama?

Las camas.

Nunca escribí una historia. Nunca escribí más que lo necesario que es lo que escribe la mayoría de las personas: algunas cartas. Pero la historia de mi madre, si es que voy a lograr contar la historia de mi madre, tiene que empezar en una cama. En la cama en la que fue concebida. En la cama en la que dormía cuando niña. En la cama de su primera noche de amor. En la cama del hospital después de haber dado a luz a su primer hijo. En la cama en la que durmió con mi padre durante cinco años. Aunque si lo pienso bien y trato de ser fiel a la realidad, la historia de mi madre es la historia de una mujer joven postrada en una cama. De una mujer adulta postrada en una cama. De una mujer adulta postrada en una cama. De una mujer con cáncer terminal postrada en una cama.

O podría comenzar en un cuarto. En un cuarto del que no se puede salir. O en un departamento. Un departamento del cual tampoco se puede salir. Como Papillon en la Isla del Diablo. La historia de Bianka Manuela Zakrzewski, una mujer que no tuvo la fuerza ni el coraje de construir una balsa para escaparse de la Isla del Diablo. Mi madre, que nunca cometió ningún crimen, que jamás violó ninguna ley, que fue noble y altiva, generosa, sensible y arrogante, esa mujer, mi madre, vivió en una cárcel casi toda su vida. En una cárcel que por obra de otros a veces quedaba en la ciudad más hermosa del mundo. La única ciudad en la que fue feliz. La ciudad que extrañó demencialmente cada vez que la arrancaron de Buenos Aires para colocar la cárcel en otro lugar. En un lugar que sólo por no ser Buenos Aires era ningún lugar. En un lugar que por ser San Pablo fue el infierno. La Isla del Diablo.

Ahora que me cargo a mí misma de otra manera, y que cargo a mi madre de otra manera porque acabo de recibir los tacos de parafina con mi tumor para que en Israel alguien los analice y me diga qué hacer, cómo seguir viviendo; ahora que también traje conmigo del laboratorio los laudos de los tumores de mi madre; ahora que estamos juntas en esas hojas de papel con nombres y códigos y fórmulas y veredictos; ahora que me cargo y cargo a mi madre como nunca antes me cargué y cargué a mi madre; ahora sé que tengo que contar la historia de mi madre. Ahora que de reojo miro los laudos en el papel y veo el fin de la vida de mi madre, lo que sería el fin sin saberlo en aquel momento; ahora que mi madre está muerta y yo recuperándome de la segunda cirugía; ahora que tengo frente a mí todas las cajas con fotos y con cartas de todas las direcciones que mencioné antes; ahora que es víspera de año nuevo y que estoy sola en la ciudad en que nací por un capricho de nuestra historia y a la que volví por una tragedia de nuestra historia, la tragedia de la historia de mi madre, ahora tengo que empezar. Tiene que ser ahora porque no siempre se puede volver a empezar y porque no siempre se puede volver.

Una mujer de cincuenta años necesita con urgencia empezar a contar una historia. Una larga historia como son las historias familiares. ¿Fue la nuestra una epopeya? ¿Una larga pesadilla? ¿Un sueño soñado por todos nosotros que la realidad nos robó para dejarnos desparramados en la vida? ¿Gringos y solos en la vida y gringos y solos en los cementerios? No lo sé. Tampoco sé si la cronología es la mejor forma de contar lo que sé, contar lo que recuerdo nítidamente y lo que casi ya no recuerdo, contar lo que me contaron o lo que me parece que me contaron. O contar lo que mis recuerdos y mis fantasías, y mis sueños, y centenas de fotos y cartas, todo mezclado, me dicen que esa, sólo esa y no otra es la historia de mi madre.

¿Por qué la urgencia? ¿Y por qué detenerse tanto en el intento de descifrar esa urgencia? Es mejor contar la historia. Contar y seguir viviendo. Contar y esperar la muerte.

[TOPEL, Marta F., 2015 ed. Acervo Cultural – distr. Galerna]

En el silencio (Partidas)

junio 2, 2015

¡Qué frío hacía a la noche! Aún tenía cosas para terminar, ordenar, pero sólo quería meterse en la cama y cubrirse con las mantas para dejar ese día atrás. Tanto que habría querido decirle… Toda esa semana había sido a las corridas, con asuntos de aquellos impostergables de costumbre, urgencias apareciendo y los imponderables de siempre. Se sentía un poco culpable por no haber dejado algo de lado y salir a pasar un poco de tiempo juntos.

Siempre había sido así: postergar buenas ideas, momentos necesarios para el alma. Después se arrepentía. Siempre lo mismo. Un poco de tristeza, un poco de arrepentimiento. Y mucho silencio. ¿Para qué? Si no valía la pena lamentarse. Por eso no le gustaba irse a dormir temprano; sin que el sueño lo forzara, la cama era el trono de las cuentas a pagar con los demás y consigo mismo; más que los momentos de silencio y reflexión sentado a la mesa, o las burbujas de ensimismamiento en medio del barullo de la calle, del tránsito. En la cama, nada de lo que se le había escapado o de lo que había huido dejaba llegar el descanso sin darse una vuelta y bailarle en la cabeza. Grandes conversaciones en el silencio del cuarto, charlas imaginadas con las personas que no había hablado, inclusive queriendo, ese día, o los días anteriores. Pero al final, siempre se le hacía tarde y debía hacer las paces con la hora y dormir.

Así fue su vida. ¡Ah, la juventud! Se contentaba con pensar que luego, más tarde, en otro momento, se pondría al día. Así se pasó el tiempo: esperándose en los rincones de su casi decir y hacer.

Así se le pasaron las oportunidades de sentarse con sus amigos y echar unas horas al olvido en buena compañía. Cuando Mario estaba preparándose para el viaje… ¿cuándo fue? Ah, sí, aquel verano en que estaba tan ocupado con la compra de la casa. Cuando Mario se iba a trabajar a España. Sabía que no lo vería por una temporada, que luego fueron dos, y luego años. Pero tenía las preocupaciones con los papeles de la casa, y si todo hubiese salido como esperaba, podría haber hecho una reunión en la casa nueva y haberle hecho una despedida. No se dio. Y Mario se quedó en España, con su nueva mujer, y prosperando. Mandaban cartas al principio, bastante, aunque después con el trabajo y la familia fue más difícil mantener el ritmo. Y con la llegada de la hija, imposible volver a visitar los primeros años. Y hay cosas que se dicen mejor personalmente. ¿Qué iba a hacer, escribirle que habría querido sentarse a tomar un vino y rememorar historias de juventud antes de que se fuera? En un suspiro había pasado una década. Ya había vendido la casita y Mario no la había conocido; era como si no hubiese existido.

Con Rosa fue igual, sólo que más doloroso, porque el silencio de su partida coronó una serie de silencios que llegaban en fila cada noche, cuando pasaba más y más tiempo en la cama antes de lograr conciliar el sueño. Rosa fue más difícil, es decir, su desapego. Siempre la tuvo cerca, y siempre lo acosaron las palabras caídas en su corazón antes de que salieran de su boca.

Después llegaron las pérdidas. Lo más duro que jamás había imaginado. No había vuelta atrás para decir nada, ni sentarse a mirar por la ventana, ni siquiera por un milagro. No había barco que los trajera de vuelta, o visita que sorprendiera una semana de verano. No había cartas en las que escribir toscamente y a destiempo lo que no había podido decir. Las pérdidas eran partidas sin regreso posible en las que se abría una herida que no iría a callar nunca. Todo el mundo hablaba, todo el mundo siempre había hablado, pero todos llevaban sus muertos como un mutismo yerto, un gesto adusto que se ve solamente de puertas para adentro de la propia soledad y desgarro.

“Ahí anda de nuevo preocupado usted, Don Francisco. ¿Qué cara es esa?”

“Nada, nada… Muchas cosas en la cabeza, querida. Saludos a la familia.”

Don Francisco. ¡Mierda, que se pasan los años! Ya no quedaba casi nadie que lo tuteara. Y mucho menos, que se sentara junto para echar horas a la nada. Estaban los hijos, claro, por lo menos el que no vivía lejos, y el teléfono que tampoco sonaba mucho.

¿Cómo no salir de la cama para escribir eso? Ah, pero no era tan fácil salir ahora, así de un salto como antiguamente. Mañana lo haría, si se acordase. Y mañana llamaría a Gastón para que viniera a ver la ventana del baño cuando tuviese un rato libre. Siempre era una buena excusa para verlo. Los chicos deben estar grandes.

Había un viaje para el que no había estado postergando los preparativos, aunque no había tantos preparativos que valieran la pena. No lo estaba esperando, pero no quería dejar muchas cosas desorganizadas. Tenía mucho tiempo últimamente, mucho silencio en su sillón para recordar todas las veces que no se había despedido como corresponde de las personas, y esta vez quería hacerlo bien. Pero la gente anda muy ocupada, y la gente habla y dice que no hay que pensar en esas cosas; que ya se van a ver y van a sentarse a charlar y espantar esas ideas de la cabeza. Que todavía queda bastante hilo en el carretel.

Si tan sólo no hiciera tanto frío esta noche, y no estuviese tan cansado, se levantaría para escribirlo.