Skip to content

La Violinista

febrero 15, 2012

El noreste de España tenía un poco de familiaridad y encanto para Marianna, más por adopción que por un pasado perdido. Le traía recuerdos de sus varias visitas, tanto turísticas como profesionales, en sus días de concertista, y por otro lado le dejaba a veces un sabor inacabado de nostalgia al recordar a su querida abuela catalana Roser, quien tanto la había apoyado en sus decisiones artísticas cuando niña. Este viaje era especial, ya que Mariana no iba como directora  de orquesta y tampoco sólo como público; esta era la gran presentación de su prometido en la “Paganíada” organizada  por el gobierno de Catalunya. Santo ejecutaría los capriccios 4, 13 y 19 de Paganini; un gran desafío técnico y a la vez su mayor oportunidad de destacarse. Si todo saliera bien, sabía, era la ventana perfecta para ser aclamado como un virtuoso y regresar a Roma a ganarse un nombre definitivo.

Como no quería poner más presión de la ya existente sobre los hombros de Santo, acordaron que pasarían la tarde juntos y luego ella iría a pasear el resto de la noche, durante los ensayos. El día transcurrió tranquilamente, un poco solos y otro tanto en el elegante té ofrecido a los músicos y sus acompañantes por los miembros de la Societat Melòmans de Girona, luego de lo cual se separaron y quedaron en encontrarse en el hotel tan pronto como les fuera posible.

Había realmente algo que incomodaba a Marianna en esta visita, pero no podía aclararlo, ni haciendo el esfuerzo para dilucidarlo para sí misma, ni menos arriesgar empañar la emoción y alegría merecidas de su amado. La excusa de darle la libertad y la soledad necesarias era perfecta para ella también tenerlas; Paganini era tan amado para su oído refinado que se negaba a admitir que los capriccios le generaban rechazo, sobre todo ver ensayos o interpretaciones inconclusas. Intentando suprimir esos pensamientos negativos, salió a andar por la ciudad vieja. El frescor de la joven primavera era perfecto, exacto: le llenaba el pecho de aire frío al respirarlo y la hacía sentirse protegida en su capa de lana que le pesaba como un abrazo. Con la caída de la tarde, el sol comenzaba a esconderse tras las siluetas de las antiguas construcciones, y ella jugaba a perseguirlo por donde pudiera verlo un minuto más.

Así llegó, casi sin proponérselo, al puente Feliu, al final del recorrido que se había trazado y había hecho casi sin darse cuenta, sin parar para absorber el paisaje, perdida en su amorío con la tarde. Se inclinó sobre el pasamano de la entrada a la pasarela y sacó la cámara para tomar una foto de las casas al otro lado del Onyar. Mientras enfocaba y escogía minuciosamente el ángulo, vio que en pantalla quedaban dos picos marcando el límite superior; no recordaba cuál, pero uno era el de la iglesia del Colegio, donde sería el recital, y el otro el de la Catedral. Le sorprendió darse cuenta cuán en casa se sentía en esa ciudad y a la vez cómo se le escapaban algunos detalles que creía conocer.

Cruzó el puente y anduvo apenas unos pasos, cuando descubrió un nuevo café en la esquina tal vez mejor ubicada y más irresistible para tener una cena íntima consigo misma: al sentarse a una mesita cuadrada vio que cabían en su horizonte el río, las callejuelas que llevaban al Call y un enorme pedazo de azul rosado del primer cielo de la noche. Un joven camarero le acercó un menú y le ofreció servicio en inglés, a lo que ella, orgullosa, respondió en su casi perfecto castellano. Tan complacida estaba que ni recordaba por qué estaba allí; sentía sólo la música de unas palomas queriendo amarse, entrecortada por el golpeteo de ventanas que de a poco se iban cerrando. Acompañó con la vista al camarero mientras éste entraba al pequeño salón, que antes ni había mirado, y ahí se dio cuenta de que había otras dos personas sentadas a su alrededor. Una de ellas, un apuesto moreno con pinta de turista, se la quedó mirando.

Volvió el muchacho a tomar el pedido, y todo el tiempo el moreno observándola; sin entrometerse demasiado, se notaba que él miraba su rostro y sus movimientos mientras ella hablaba con el camarero. Luego dejó de observarla y se puso a fumar un cigarrillo y entretenerse con su bebida. Al cabo de un par de minutos volvió el camarero con su entrada, y el moreno inmediatamente llamó al muchacho, le dijo algo y éste asintió. Los dos fueron casi al mismo tiempo al interior del café. El camarero volvió a salir, con una botella de vino tinto en la mano, y la llevó a la mesa de Marianna. La abrió sin que ella pudiera decirle que se trataba de un error, se enderezó y se fue rápidamente, dejando aparecer tras él la figura cercana, imponente, del otro hombre, que en silencio asintió y le dijo en italiano ‘Es un buen vino; puedes aceptar tomarlo sola, o compartirlo conmigo.’

Ella se quedó dura un instante, pero en seguida se dio cuenta de que debía protestar, o al menos reaccionar de alguna manera de no animarlo. Sin embargo se sentía tan libre, tan complacida y halagada, que le respondió ‘Si es sólo el trago, trae una copa. Soy Marianna.’ Así los envolvió la noche y la conversación, medidamente esquivando detalles y hablando de Girona y del Lambrusco italiano. Paolo era su nombre, y a esa distancia, aún en la primera copa, sus ojos ya eran peligro.

Las manos de Paolo no jugaban, nunca se acercaban tontamente, ni siquiera intentaban confundirse al servir más vino. Eran sus ojos que se quedaban en su boca con cada sorbo. Ella se puso nerviosa y necesitó marcarse un territorio, trazar una línea para protegerse de cruzarla. Sacó el teléfono del bolsillo de su chaqueta y fingió revisar si tenía un mensaje o una llamada perdida, aunque sólo miró la hora y se alegró en secreto de que no fuera más tarde. Cuando fue a llevar el teléfono de vuelta al bolsillo, Paolo acompañó el recorrido de su mano con la suya mientras se levantaba y sin dejar de mirarla le dijo ‘No importa.’ Apoyó su mano contra el pecho de Marianna y sin temor le dio un beso de boca y ojos abiertos. Ella apretó sus ojos cerrados instintivamente y separó sus labios. Hubo otro beso al rato, y las yemas de los dedos de Paolo afirmándose en su espalda, pero nada más. Terminó la cena, un café apresurado y ella se levantó y se fue, confundida por no estar arrepentida, por la primera calle que nacía a la izquierda. Él sólo la vio irse, en silencio.

Pensando en la situación tan bellamente perturbadora, Marianna anduvo dos, o tal vez tres cortas cuadras en las ondulantes callejuelas hasta darse cuenta de que no tenía la menor idea de dónde se había metido. Rió sola su sinsentido y se aproximó a la esquina siguiente para ver si el nombre de la calle la guiaba. Parada en medio del cruce, que no reconocía, se dio cuenta de que no sabía en qué lugar de Girona estaba. La calle que cruzaba tenía el aspecto de una que daría a alguna plaza, con algunos negocios cerrados y un declive al frente. Decidió seguir por esa. Cuando llegó a la bajada vio que descendía a una especie de plazoleta de piedra o antiguo jardín con una fuente, del cual se abría un claro de casas adelante y una subida a la izquierda. Tenía que volver o seguir por la escalera, que pasaba por debajo de un trecho de una casa muy vieja y parecía dar a más calles. Fue entonces cuando sintió que la seguían. No oyó nada ni vio a nadie, pero lo supo.

Subió decididamente los escalones y se alegró al ver que iba apareciendo una calle iluminada, pero antes de llegar una voz llamó su nombre. Paolo estaba al pie de la escalera con otra botella en la mano. Marianna corrió hasta la calle encima, dio la vuelta y le dijo entre dientes que era una locura, y que si quería asustarla ya lo había conseguido. Él estaba resuelto a no dejarla escapársele esa noche: le robó un beso incendiario y le pidió que hicieran el amor. ‘No podemos ir a mi hotel’ fue su única respuesta. Él la llevó unos tres minutos calle adentro hasta un lugar que dijo conocer. Ella se dio cuenta de que estaban tras el claustro del Colegio, reconociendo ahora las paredes amuralladas y, amargamente, la música del ensayo que provenía de la iglesia del lado opuesto. Casi desistió, casi se apartó de las manos de Paolo y reaccionó ante su error, pero su entrega llegaba más rápido que cualquier pensamiento o palabra.

En un nido vivo de ropa, manos y piernas, se apagó la música distante de la orquesta y comenzó el solo del violín de Santo. Era tanto el placer, que maldijo la culpa que la asaltaba en ese instante. Santo no tenía nada que ver con eso, con ese momento, pero sin embargo el canto del violín le estallaba en la espalda como una amonestación de su vileza. El peso de las reprimendas de su vida aplastaba ahora su vientre; ¿o era Paolo que la estaba forzando repentinamente? ¿Cuándo había llegado él hasta su interior sin que ella se diera cuenta? ¿Por qué sentía ese dolor y esa náusea?

Marianna comenzó a llorar en silencio, un llanto paralizado. Su cuerpo no dejaba de reaccionar a las embestidas de su amante, pero él le hacía daño. El Capriccio #13 comenzó a escucharse; primeramente su parte más lenta pero inconfundible. El peculiar détaché de las notas iniciales: la Risa del Diablo. Fue demasiado para Marianna. Las notas caían en su memoria como cuchillos de hielo. Con los capriccios se había marcado el fin de su carrera como instrumentista; las críticas acérrimas de su padre y maestro, el desaliento, el dolor. Y ahora todo danzaba una danza maléfica y fatal en su cabeza y en su interior, la Risa del Diablo y su hermoso agresor que no dejaban de herirla.

Tanto había querido ejecutar a Paganini, tanto amaba esas piezas y la excitaba cada nota, y cuánto deseaba no separarse de la piel de ese hombre que ahora la estaba lastimando –como todos lo habían hecho; como su padre, su maestro y como Santo, tan ciego y egoísta como para elegir los capriccios para llegar adonde ella jamás había podido. ¡Malditos todos! No tenía más que pérdida y dolor en su vida; se había hecho una mentira para seguir adelante. Cada nota aciaga, cada avance desgraciado de Paolo la punzaban y le quitaban el aire. Tenía que acabar con esa pesadilla pero la vida volvía a fallarle. Sus bellas manos, sus dedos ágiles y perfectos se rasgaban arañando la piedra de la calle; inspiraba bocanadas jadeantes y doloridas de aire frío. De un manotazo tomó por el pico la botella caída y la reventó contra una pared. El estallido inesperado hizo a Paolo detenerse de repente y, apenas dándose cuenta de lo que estaba sucediendo, atinó a cerrar los ojos y cubrir los de Marianna evitando unas astillas que volaron en su dirección. No entendía qué estaba ocurriendo, pero algo estaba muy mal.

Paganini no se detenía en su canto macabro, y ahora el Lento del comienzo del Capriccio 19 daba paso al creciente y cortante Allegro Assai.

Paolo giró despegándose del cuerpo de Marianna, aterrorizado por el arma atacante que ya podía presentir viniendo en su dirección. Gritó a Marianna pero ella no parecía reaccionar de un trance de locura, con el pecho erguido y la cabeza echada hacia atrás sobre la maraña de su pelo.

Ella estaba comenzando a tocar.  En el aire, su mano ensangrentada seguía automáticamente las notas de memoria en el silencio de la noche. Comenzó nuevamente la Risa del Diablo; Marianna hizo un gesto enajenado de aprobación sin abrir los ojos y hundió certero el pico de la botella en su cuello.

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: