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Fragmentos

febrero 18, 2012

Salió del tren apresuradamente cuando se dio cuenta de que estaba en su estación y las puertas irían a cerrarse. Alcanzó a pasar velozmente entre las hojas, que rozaron la suela de su zapato sin golpearlo. Sano y salvo.

Mientras caminaba por el andén hacia la salida, giró la cabeza y llevó su mano a la cintura, como constatando que no faltara su bolso. Se detuvo inmediatamente, sorprendido, tratando de recordar por qué había salido sin nada. Al menos, las llaves estaban en un bolsillo de su pantalón, y en otro su documento.

Bajó a la calle, cruzó  y continuó al frente por la avenida, hasta la tercera esquina. No precisaba mirar por dónde iba, la ruta estaba grabada en su memoria; sólo prestar atención a que no saliera nadie repentinamente de alguna casa, o apareciera algún coche girando la esquina mientras él se aproximaba. Pero no había nadie a la vista; ni los gatos chupando el sol de la tarde en la vereda interrumpieron su fatiga para maullarle. Él continuaba escrutando su interior, como con una sensación de haber dejado algo en algún lugar.

Llegó a la entrada de su casita gris amarillento, indistinta de casi cualquier otra de la cuadra, abrió la puerta y se dispuso a entrar en la penumbra. Antes de pasar, se congeló en el umbral con el recuerdo de una imagen que acababa de ver sin llegar a notar: la calle y la vereda estaban casi igualadas en una cobertura de barro y hojas. No podía ser que hubiera llovido tanto; y se preguntó, sin saber si lo estaba pensando o diciendo, de dónde habría salido tanta tierra.

No era normal que hubiese caído tanta agua, y en tan poco tiempo; y ¿cuánto tiempo había pasado fuera, de todos modos, como para que algo así ocurriese? Bajó la vista y miró el barro con detenimiento. No era barro: era tierra, perfectamente seca, aglutinada en tenues lomos y ondas aquí y allá, atrapando las hojas sepia y café, palos, palitos y otros tantos fragmentos de vaya a saberse qué.

Fue ahí que notó lo que había sucedido en realidad: su calle había medio desaparecido. Observando detenidamente, constató que la mitad de las casas eran sólo fachadas; por sus ventanas se llegaba a medio ver que no había nada por detrás, y por la mitad de ellas pasaba la luz del sol. Era como si la nada se hubiese tragado la mitad de las cosas.

Y él, ¿en qué mitad estaría? Entró a su casa y corrió por los cuartos, golpeando las paredes y contando puertas y ventanas. Todo parecía indicar que estaba entera. Pero no se quedó tranquilo; había llegado con la sensación de que había perdido algo, y si bien no le había faltado nada, ahora se encontraba en esta inexplicable situación. Corrió a la calle, volvió a entrar y todo seguía allí; fue al dormitorio y se miró en el espejo del armario. Estaba completo.

Sin embargo, inspeccionando su reflejo comprobó que no lucía como él se recordaba. El espejo no le estaba devolviendo su imagen real, sino algo que tenía la apariencia de una foto, un recuerdo viviente. Se tocaba y se sentía sólido, pero el reflejo se tocaba y era como un espejismo, una versión imaginada de sí actuando una pantomima. Lo sacudió un escalofrío y recorrió nuevamente la casa, temblando. Todo tenía el aspecto de haber quedado seco, irreal, congelado en algún tiempo que no era el presente. Era como si la pérdida también hubiese afectado los objetos que había dejado.

Encendió la computadora y se googleó. No estaba. ¡No existía! Tomó el documento de su bolsillo y vio que su foto, un espejismo apenas, no estaba acompañada de nombre alguno. Comenzó a entender la situación; la tarde, las despreciativas puertas del tren; su barrio, la inopia de aquellos gatos, su calle y esa falsa monotonía que era en realidad la desconocida sensación de la inexistencia. Ahora entendía a qué mitad había acabado perteneciendo.

Se asomó a la calle y miró todo a su alrededor por última vez, para ver a través de su embustera mirada el recuerdo de lo que todo alguna vez había sido y así guardarlo para siempre como si lo hubiese estado viendo. Cerró la hipócrita puerta, dejando la llave sobre el mendaz umbral. Y cruzó la calle andando sobre el barro seco para finalmente ubicarse en su mitad, y de esa manera terminar de cometer su destino.

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