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Anoushka

febrero 23, 2012

Tedio. Una nueva palabra, aprendida con las desafiantes lecturas que Anoushka se imponía en sus interminables tardes en la gran casa solitaria. Si no fuera por los libros y los pasatiempos que se inventaba, la vida sería insoportable. Y la presencia de Luba, la cual, por increíble que pareciera, llenaba horas muertas.

– ¿Para qué llevarnos a Luba? –había preguntado Sevgeni en diversas ocasiones mientras planeaban apresurados su salida de Kiev. Anoushka no comprendía cómo su esposo podía ser tan insensato a veces, siendo un hombre tan inteligente y teniendo por costumbre pensar todo antes y mejor que los demás. Ellos necesitarían al menos un sirviente con el cual estuvieran familiarizados y el cual estuviese acostumbrado a ellos para establecerse y comenzar una nueva vida en semejantes condiciones. Lejos de todo lo que conocían, del otro lado del mundo y en un país cuya lengua ninguno de los dos hablaba más allá de lo rudimentario, al menos una empleada fiel y que los comprendiese era vital. Luba se había criado en la casa materna, siendo la hija de la vieja nana que había cuidado a Anoushka y a sus hermanos. Ellas tenían casi la misma edad, hablaban la misma lengua y se entendían prácticamente sin decir palabra. Además, la muchacha siempre había sido de gran valor entre la servidumbre y una experta ayudante y compañía. ¿Para qué arriesgarse a contratar una persona que no conocían y meterla en el seno del hogar a vivir con la familia? Podía haber personal idóneo en el nuevo país, sin duda, pero habría que enseñarles todo, comenzando por cómo comunicarse con los nuevos patrones, sin mencionar la trabajosa tarea de aprender sus costumbres, alimentación y horarios. Ya había sido difícil, en los primeros tiempos del matrimonio, encontrar una cocinera que respetara los gustos de Sevgeni y las dietas de Anoushka, choferes que duraran más de dos meses en su puesto y se mantuvieran relativamente sobrios la mayor parte del día; y ante el nuevo panorama de una casa con sólo un sirviente que cuidara gran parte de los quehaceres, y con la señora teniendo que supervisar directamente y terminar el resto, la vieja conocida parecía la única indicada para traer junto a la pareja, con el tiempo corriendo siempre un paso al frente en los apresurados preparativos de la mudanza transatlántica.

El largo y agobiante verano estaba dando paso a un templado otoño, que vaticinaba unos cuantos meses de clima tolerable. Las mañanas se ponían más animadas, para ser aprovechadas haciendo todas las tareas posibles, y luego del almuerzo comenzaba la lucha por pasar las tardes. Anoushka nunca había sido una mujer llena de intereses y ocupaciones sociales, pero en su tierra se las había ingeniado para soportar unas pocas amigas que a veces la visitaban y le contaban las historias de sus paseos de compras y las aburridas infidelidades de sus maridos. Hasta eso extrañaba en la silenciosa sala, vacía y ajena excepto por algunas porcelanas y el reloj sobre el chifonier entre las ventanas que daban a la calle. Nadie visitaba, o al menos nadie que le interesara podría visitar para socializar. Aquí, el sacerdote no venía a casa, las vecinas parecían tener una vida ocupada y no se hacían entender, y los masajistas eran pocos, rudos y desconocidos. Las tardes eran el desafío más deprimente, una a una, día tras día; todas iguales y cada cual con el tedioso sabor de una nueva.

Sevgeni parecía estar conectándose razonablemente bien, encontrando los asociados adecuados para rearmar su vida e incluso disfrutando de aprender el idioma. Mayormente, se comunicaba en inglés, que tampoco era el fuerte de los habitantes de esta ciudad, ni qué hablar del francés o del ruso. Pero él ya había conocido unos cuantos viejos gordos y otros tantos solterones tabaquistas para intentar iniciar actividades de importación en largas charlas de negocios entre puros en el club al que lo habían introducido. Lo bueno de vivir en un país con tantos caballos y tan poco conocimiento de los deportes ecuestres era que, con un par de buenas ideas, podían abrirse oportunidades de iniciar una actividad lucrativa, siempre y cuando se conociera un buen número de ricachones con aires europeos y crianza americana. Y él era muy bueno en eso de introducirse en nuevos grupos y hacer negocios. Se comenzaba por convencer a los hombres que sus caballos de carrera podrían rendir más con los cuidados e implementos adecuados, y se terminaba por venderles cascos para los jinetes, estribos de colección y hasta los derechos de viejas insignias supuestamente inventadas para famosos criaderos de antaño en el Viejo Mundo.

Tanta ocupación mantenía al marido cada vez un poco más de tiempo fuera de casa, lo cual redundaba en más horas de tranquilidad, pero a la vez más momentos de soledad, en los que incluso las malas caras y los reproches por la pésima sociabilidad de su mujer faltaban a la hora de la cena. Anoushka se estaba acostumbrando a depender menos de su esposo; no porque le fuera de gran utilidad y compañía fuera de las escasas funciones maritales que cumplía, sino porque su presencia era cada vez más ornamental y en muchas ocasiones llegaba o hablaba en los momentos en que ella encontraba algo provechoso que hacer por ella misma. Inclusive las raras escapadas amorosas del hombre eran tan poco relevantes como frecuentes. Ninguna era interesante ni presentaba un riesgo verdadero en lo absoluto; las escasas mujeres en las que podría llegar a interesarse le eran en realidad casi indiferentes, y las prostitutas eran generalmente improvisadas y ni siquiera entendían una palabra de lo que se les decía o pedía. De eso siempre se tenía noticia, pues Luba se hacía entender con las lavanderas, que llevaban y traían tantos chismes como canastos de ropa limpia y sucia. Sin embargo, lo que inquietaba a Anoushka era la creciente displicencia y dejadez doméstica que notaba en Sevgeni. Poco a poco y de un modo desalentador, el marido se fue convirtiendo en un visitante necesario; una figura que cuidara de las finanzas e indirectamente mantuviera la casa funcionando, y alguien que de vez en cuando se ocupara de algún asunto casero al que ninguna de las dos mujeres prestaba atención o supiera resolver.

Pero, más allá de la necesidad y la conveniencia, la presencia de Sevgeni se hacía paulatinamente más redundante y menos tolerable. Un gesto casi imperceptible de Luba luego de su entrada a la casa anunciaba que él había llegado de mal humor, o un poco más bebido que de costumbre; la manera en que la empleada servía el café o se quedaba unos instantes luego de atender la mesa indicaba que era mejor mantener la conversación al mínimo indispensable. Una mirada, sin gesticular siquiera, bastaba para expresar nociones que las jóvenes habían aprendido a compartir y entender sin necesidad de comentar. Habían llegado a apoyarse la una en la otra sin decirlo y acompañarse sin a veces estar en el mismo sitio a lo largo de los solitarios días del desgano.

Lydia, la ayudante de Luba en la cocina y en algunas de las tareas pesadas, le había enseñado a manejarse por sí sola en el mercado y en las tiendas habituales. No era lo suficiente como para prescindir de sus servicios, pues justamente estaban destinados a auxiliar a la muchacha de confianza, pero su presencia en la casa era tan reservada e incluso fugaz que casi no podía saberse si estaba o no en la residencia. De todos modos, no era alguien con quien hablar, o alguien que generara algún tipo de interés en Anoushka. La jovencita andaba por la cocina y los cuartos de abajo sin incomodar; hacía lo suyo y se retiraba. Lo que alarmaba era la menguante comparecencia del señor de la casa, que se hacía más evidente jornada tras jornada.

A menudo Anoushka se sentaba a coser o bordar, siendo este último su pasatiempo predilecto de toda la vida. En los primeros meses, con tantas horas de luz natural, había aprovechado muchas tardes para embellecer y personalizar sábanas, manteles e incluso ornamentar las cortinas del zaguán con gusto. Aquella actividad le recordaba su adolescencia, cuando su madre y la entonces anciana madre de Luba se pasaban las horas de sol enseñándole las artes de la aguja. Sin embargo, una vez que hubo bordado lo suficiente como para darle un toque más cálido y familiar a unos cuantos rincones de su casa, se dedicó más que nada a la lectura.

Con el hábito de la lectura nació un renovado interés por aprender cosas a las que nunca había prestado atención, o que no había tenido oportunidad de apreciar anteriormente. Más allá de los clásicos eslavos, que siempre visitaba con reverencia, la entusiasmaban los cuentos costumbristas y las novelas de misterio de autores hispanoamericanos. Los cuentos eran muy difíciles de entender, por lo que cada uno de los pocos que tenía se había convertido en objeto de estudio, análisis y algo de adivinación. Ya las novelas policiales, con crímenes apabullantes y criminales astutos, eran sus favoritas. Al contrario de quien entiende bien el idioma, comienza por seguir la trama con más facilidad y luego descubre los detalles que hacen a la obra, Anoushka iba desenvolviendo su comprensión de las ideas con el estudio de cada frase, armando sentido a cada paso y descubriendo la historia. Era un trabajo minucioso, casi de descubrimiento, a medida que se progresaba lentamente; pero el resultado era delicioso, como si la construcción de sentido tornase la obra más vivida y real, casi ocurriendo mientras ella iba entendiendo y avanzando.

Anoushka se había convertido, además de una buena aprendiza de castellano, en una aficionada a los casos criminales. Primeramente, a través de sus novelas, y luego leyendo cuanta sección policial de los periódicos cayera en sus manos, nueva o antigua. Hallaba el homicidio, no el violento y espontáneo, sino el premeditado, muy similar al estudio de la medicina o la física. Se fascinaba leyendo la resolución de grandes robos de atrás para adelante, en sentido cronológicamente inverso para reconstruir los pasos que los ladrones habían seguido, cómo habían planeado el golpe y cuán exitoso había resultado. Lo que no le agradaba ni un poco eran las muertes grotescas, violentas y absurdas, como resultado de peleas o reacciones desmedidas. Después de todo, ella había recibido una buena educación, tenía gustos refinados, y no soportaba el dolor ni las escenas brutales.

Las semanas pasaban y Sevgeni se volvía más distante, mostrando poco y nada de interés en su mujer. Había abierto un despacho de importación, con oficinas en el centro, y entre su trabajo formal y el Jockey Club parecía estar absorto en todo lo que no fuera la vida casera, de la que nunca había participado mucho, a decir verdad. No llevaba a su esposa al club, pues no había nada para hacer allí, decía, y ella no se quejaba. – Es muy aburrido para una mujer como tú, –explicaba Sevgeni; – las pocas señoras que a veces veo están siempre exhibiéndose las unas para las otras, mostrando sus vestidos y hablando fuerte. No tienes qué hacer con ellas –. Anoushka nunca sospechó que esto no fuese cierto; y si no lo era, era bastante probable que ella no tuviera mucho que compartir con aquellas mujeres. Prefería sus libros, sus cuentos y sus bordados acompañada de la constante Luba. Tampoco le impresionaba la idea de que la vieran junto a su esposo, o sea, intentando estar junto a él y siendo ignorada, o rechazada. Él se había vuelto un hombre esquivo para con ella; increíblemente, la evitaba hasta en la casa.

El dolor que al principio le había producido el rechazo de su marido se estaba convirtiendo en desprecio. Jamás lo habría imaginado, ni soñado en una pesadilla, pero ella tampoco quería tenerlo cerca. ¿Para qué? Él apenas le contaba de sus actividades, como monologando, cuando le daba la gana. Menos aun mostraba interés en ella, en todo sentido. Era como si su vida no fuese real, y mucho menos algo que interesara a ese hombre que se había convertido en un extraño en su hogar. Con aparente pesar se quedaba alguna noche si el tiempo era muy adverso; si la lluvia le impedía salir, volver al club para pasarla con sus camaradas, se encerraba a fumar y a escribir en sus cuadernos y en su diario. Ella había dejado de existir como su esposa, como mujer y como presencia real en su vida. La ilusión de un buen matrimonio se había desvanecido, y a la negativa del esposo en tener hijos se había sumado el olvido por la joven. Él la ignoraba completamente.

Ella fue dándose cuenta de que no soportaba su presencia en la casa; más que una presencia era una intrusión. Él no tenía autoridad más que la de dueño, ni otra relevancia para las dos mujeres más que como patrón mudo. Si él no estuviese, sus vidas no cambiarían en lo cotidiano. Anoushka llegaba a disgustarse al verlo a horas inesperadas, casi como si su existencia le provocara malestar. Poco a poco, fue sintiéndose cada vez más incomodada por Sevgeni, hasta el punto que deseaba que la lluvia lo detuviese fuera y no pudiera volver. Pero eso no era posible; él tenía que regresar a la casa, y generalmente lo hacía. En las noches que no volvía, ella pasaba más tiempo despierta, saboreando su ausencia. No sentía soledad, ya que con el tiempo se había acostumbrado a tener más intimidad con Luba, y ellas se hacían buena compañía la una a la otra. Era una compañera leal, atenta y solícita, que nunca la hacía sentir prescindible.

El sentimiento de abandono fue ahogado por la contemplación de su criada, y poco a poco esta fue mostrándole lo que sentía por ella, y cuánto despreciaba a Sevgeni. Al comienzo no decía nada, tanto por respeto como por compasión; pero gradualmente fue cediendo y diciéndole lo que pensaba. Una señora como ella, que había sido educada para ser una esposa exitosa, y que poseía tantas cualidades, no podía desperdiciar lo que le quedaba de juventud atada a un hombre inexistente. Él no la merecía, realmente. Luba, aquella muchacha que había crecido a su alrededor, era ahora una mujer madura, sensata, con un buen corazón y un despierto interés en Anoushka. Había aprendido a cuidarla, pensar en sus necesidades e intereses, y la conocía más que cualquier otra persona en el mundo. Y el mundo se había convertido en una vida para dos, en la que el ficticio rol del marido ya no era necesario ni deseado. Inicialmente, Anoushka se sintió muy nerviosa y conmocionada; no por la osadía de su amiga, ya que ella misma había conseguido que se abriese y le contase lo que pensaba, sino al constatar que lo que ella misma sentía no era producto de una distorsión de la realidad. Incluso había temido estar perdiendo la razón, pero ahora no tenía dudas de que lo que advertía, pensaba y padecía era real.

Sevgeni no iría a abandonar la casa, ni mucho menos. Él tenía su lugar, se manejaba como dueño único y absoluto, y nada ni nadie lo molestaba mientras estaba allí. Por el contrario, necesitaba que alguien se ocupase de él, al menos de sus necesidades de tener siempre ropa lista, cuidar de sus pertenencias y eventualmente alguna comida cuando pasaba tiempo en la casa. Es cierto que estaba fuera casi con exclusividad, y que tenía casi todo lo que necesitaba entre el despacho y el club; pero su residencia era eso mismo: suya. No cabía la posibilidad de que él dejase a su esposa, al menos nominalmente, ya que para eso estaba casado y no pretendía cambiar su estado civil ni de vivienda. A decir verdad, lo más probable era que nada de esto le hubiera cruzado la mente, dado que no existía la más remota idea de mudar en absoluto su confortable vida. Además, si bien no demostraba el menor interés en ninguna de las dos mujeres, ellas no parecían interferir en su vida ni él mostrar contrariedad por que ellas estuvieran allí. Era su abandonada esposa la que no lo quería más en su vida.

Con el paso de los meses, las conversaciones de la infeliz reclusa y su confesora se fueron ahondando y su relación estrechando más allá de lo que jamás habían imaginado. Anoushka lloraba francamente frente a Luba y le confiaba cada amargura, su desconsuelo por la vida que llevaba y su anhelo de libertad. La mujer la consolaba generosamente, pero no podía prometerle que todo cambiaría, si las cosas fuesen a permanecer como estaban. Entonces no pudo verla más así; no conocía otra vida que la que había tenido con esta familia, y le daba miedo lo que estaba sintiendo, pero debía sincerarse. Una noche que Sevgeni no volvió a casa para dormir y Anoushka se marchitaba sola en la cocina, Luba resolvió volcar su corazón.

Anoushka se estremeció de la impresión ante la idea y se quedó en silencio, sin siquiera reprochar, por un largo rato. Pensar en deshacerse de su marido la llenaba de pavor, y a la vez reconocía sin dudarlo que era la única salida posible. Pero no tenían un plan, y en verdad tampoco creía que pudiesen tener los medios para hacerlo. Un hecho tan macabro sólo podía ser llevado a cabo luego de la más cuidadosa reflexión y teniendo la certeza casi absoluta de que no podría salir mal, o ellas ser inculpadas. Una cosa era leerlo en un relato, o en crónicas policiales, y otra era tener que pensarlo, que era aterrador, y llevarlo a cabo, lo cual era tétrico.

Una vez que le revelara sus intenciones, Luba lo sabía muy bien, no habría vuelta atrás. Y, de acuerdo con su valor y movida por sus sentimiento de lealtad, no pretendía hacer de cuenta que no lo había confesado. Fue ella y no otro quien confortó y serenó a Anoushka en incontables días y noches solitarias; ella quien reconoció que la vida de su compañera iba apagándose, a no ser por lo que compartían en su soledad y las mantenía unidas. Parte integral de eso eran el rencor que ambas sentían hacia este hombre lejano y cruel y la aversión al ahora desconocido que las visitaba sin notarlas cuando mejor le placía. No podía borrar el resentimiento ni detener el odio, y sabía que Anoushka sentía lo mismo. Tenían que idear un modo de acabar con él, como él estaba acabando con ellas, pero de una vez. Era la guerra de una sola y larga contienda entre la muerte en vida y la salvación. No podía permitir que la pena ganara la batalla y acabara con su única compañía, y por lo visto era lo que ocurriría a no ser que pergeñaran juntas la defunción del infame y juntas la llevaran a cabo.

Lo que siguió fueron varias tardes y madrugadas de planificación y cálculo, generalmente acompañados de angustia,  impaciencia y desasosiego. Nada parecía lógico y ningún plan resultaba lo suficientemente realizable y seguro. ¿Cómo podían exterminar al innoble; cómo en la casa en la que pasaba tan poco tiempo y dónde si no? No podían recurrir a la torpe idea de dispararle, pues sabían que no podrían orquestar su muerte para que pareciera un accidente. No tenían el conocimiento de armas que ello requería ni las herramientas para que resultara. Tampoco podían esperar el momento preciso y empujarlo escaleras abajo, ni siquiera borracho, ya que él era un hombre fuerte y saludable y a lo sumo se malograría y sobreviviría para acusarlas o incluso tomar revancha por mano propia.

Finalmente concordaron en que lo mejor sería armar una trampa por la cual él mismo encontrase una muerte accidental. Con mucho trabajo y tomando el mayor de los recaudos, Luba acopió una gran cantidad de objetos pesados sobre una saliente en el interior del sótano. Durante las horas de estudio y preparación, habían colocado un alto telar, parte del mobiliario de la casa cuando fue comprada que nunca había sido usado, debajo de la saliente. Luego de comprobar que llenaba casi exactamente la altura hasta la base de la plataforma, las mujeres lo habían colocado en posición, y diligentemente desensamblado los pilares de madera que sostenían la parte frontal de la estructura abalconada. Si alguien intentara retirar el telar de su ubicación, el primer movimiento brusco que desequilibrara el apoyo de la cargada saliente haría que cediese, haciendo caer su pesado contenido sobre quien estuviese debajo. La trampa quedó lo suficientemente firme como para no desplomarse por sí sola, pero apenas apoyada en los varales elevados del telar, que la sostendrían hasta que el desafortunado Sevgeni intentara quitarlo de ahí a la fuerza.

El desarrollo del plan, ahora que la trampa estaba preparada, consistía de tres pasos. En primer lugar, esperarían a que el marido ausente decidiera volver a casa un día para cenar, lo cual era cada vez menos frecuente, pero seguramente ocurriría. Anoushka se mostraría apesadumbrada, sirviendo una cena fría, y le contaría la historia de lo que había acontecido durante la tarde. Le diría que, cansada de sólo bordar, había pedido a la criada que fuese al sótano con ella y le ayudara a bajar el viejo telar, para acondicionarlo y poder usarlo junto al fuego en el invierno, aprendiendo a tejer mantas. Ella ya había mandado a Luba a comprar lana y la habían dejado a la vista en la sala, aunque sólo con eso tenían certeza de no llamar la atención del marido y menos esperar que él preguntase nada. Para hacer la historia más convincente, le diría que la muchacha se había resentido un pie mientras hacían fuerza para quitar el telar de donde estaba guardado, y ahora estaba haciendo reposo muy dolorida, por eso ella misma había preparado la comida. Ya en el caso de que Sevgeni no pareciese prestar atención, resumiría el cuento y le diría que necesitaba que la ayudase a mover la pesada estructura; que cuando pudiese la ayudara. Finalmente, él debería acceder, y al intentar llevar a cabo el favor pedido perecer en un infausto accidente.

La trama parecía bien resuelta y el desenlace casi infalible; hasta que, la mañana del día en que el esposo decidió no ir al club y pasar la noche en casa haciendo un balance de sus negocios, las dos nerviosas mujeres, fatídicamente, fueron una vez más a revisar que todo estuviera en su lugar allá bajo el alero. No bien entraron, Anoushka comenzó a gritar al ver una enorme rata, y Luba instintivamente tomó un palo e intentó matarla. La rata no se alejó sino que le hizo frente, por lo que la mujer alzó el poste nuevamente y con tanta violencia que atinó con fuerza el borde de la saliente de madera, haciendo que esta se estremeciese. Con la sacudida, la estructura se desestabilizó y se desprendió en un lado de la pared de la que estaba aferrada, dejando caer la carga hacia adelante y al costado, frente a la mirada estupefacta de las dos mujeres. Instantáneamente, ambas dieron un salto hacia atrás y se abrazaron, espantadas por lo que acababa de suceder. La rata, que había sobrevivido al alud y se escapaba precipitadamente, dio con Luba en su retirada y se prendió nerviosamente a su tobillo, mordiéndolo con fuerza.

Todo ocurrió en un instante, luego del cual las frustradas coautoras corrieron agitadas hasta la cocina y se miraron pasmadas y sin hablar por varios minutos, recuperándose de tremendo susto. Al cabo de un rato, la pantorrilla de Luba comenzó a hincharse y la zona de la herida se enrojeció y dolía muchísimo, por lo cual debió dirigirse a la sala de auxilio más cercana. Luego de contar la parte de la historia con la mordida, mientras una enfermera la examinaba y le hacía una curación, mandaron a que un joven la llevara al hospital para ser inoculada y examinada nuevamente, ya que se habían registrado algunos casos de peste transmitida por ratas en las últimas semanas. Luba no entendió todo lo que le decían, pero tuvo que acceder al tratamiento ofrecido por los profesionales, quedando internada en observación hasta el día siguiente.

Fue así que Anoushka quedó sola en la casa. Era una de las primeras tardes frías; el sol del día no había llegado a templar los ambientes y el fresco de la noche anterior se había intensificado. Ella no podía concentrarse en la lectura ni en labores y tareas domésticas, y andaba sin rumbo entre la cocina y la sala. Cuando vio las madejas y ovillos de lana, pensó que debería guardarlos fuera de la vista, o mejor intentar hacer algo con ellos, ya que tal vez su esposo los habría visto. Hacerlos desaparecer como si nada, luego de haber estado algunos días sobre una butaca, podría llamarle la atención. Esa noche, bien temprano luego de la caída del sol, llegó Sevgeni del trabajo. Traía unos cartapacios de cuero bajo el brazo, y un envoltorio pequeño, quizás unas cajas de puros. Su esposa lo observaba sentada en el sofá, con un libro en la mano que había tomado y abierto en cualquier página al oír la puerta de entrada cerrándose. Él se dirigió hacia su estudio, y de camino vio a su mujer, que lo saludó tibiamente, a lo que él respondió el saludo y se metió en el pequeño cuarto de trabajo. Al salir, cargaba una diminuta caja de cigarritos y un encendedor. Se acercó a la mesa central, miró a su esposa y le dijo, – Hoy podríamos cenar temprano, dile a Luba que caliente sopa y prepare algo rápido –. Ella alzó la vista y, tratando de esconder su incertidumbre, pensó en una respuesta. No tenía por qué sonar extraño, pero por algún motivo no quería contarle que la empleada no estaba en la casa, aunque por otra parte no tenía cómo evitar decírselo. Este hombre llegaba a alterarla de tal manera que ya no sabía de qué modo tratarlo, cómo dirigirse a él, siempre distante y apático, con su mirada sombría en los ojos que una vez irradiaron amor e interés, y proyectando una frialdad inhumana en todo lo que hacía. – Luba no está; tuvo un accidente casero mientras limpiaba y tuvo que hacerse ver. En realidad, no es nada grave, pero como fue mordida por una rata la enviaron a inocularse en el hospital. Yo puedo prepararte algo, y cenamos juntos en media hora si quieres –.

Extrañamente, al menos para Anoushka, su esposo pareció alegrarse por algo, ya que mostró una sonrisa a la vez que comentó, – Claro, me parece bien –.

Ella no veía nada de qué alegrarse, ni para él ni para ella misma, con la cena por delante sin saber qué improvisar, Luba fuera y lo que parecía una noche de trabajo para su esposo y nerviosismo y desvelo para ella. Seguramente él no iría al club, ya que por algo había traído sus papeles, y eso tampoco le importaba mucho, salvo que la incomodaba y la hacía sentir aun más alterada. No podía huir de la compañía de Sevgeni, especialmente esta noche que tendrían que comer juntos, pero no quería estar a su lado ni por cortesía; ya su presencia se le había hecho insostenible, y pensar en sentarse a la misma mesa solos en toda la casa le daba escalofríos. Se le cerró el estómago, se sintió mareada y aprovechó la excusa de ir a la cocina para salir de ese lugar.

Se sentía muy indispuesta, estaba comenzando a temblar pero debía controlarse si pretendía fingir calma. Pensó en qué preparar mientras ponía sopa a calentar y eso le produjo náusea, pero tenía que pasar la prueba sin que se le notara y para eso debía actuar natural. Después de todo, ya había almorzado a solas con él mientras Luba estaba comprando u ocupada con algún recado fuera de casa; claro que eso había sido en los olvidados buenos tiempos, en los que había amor, existía el matrimonio y este hombre despreciable todavía era el que ella había conocido en su niñez. Tal vez pudiera envenenar la comida, pero ¿cómo? Sería muy arriesgado echar algo en la preparación, y qué, y cómo hacerlo de manera que no se notara y él no se diera cuenta. Si pudiese envenenarlo con la sopa, al menos para obligarlo a estar en cama descompuesto y mientras tanto ganar tiempo y tranquilidad y pensar en algo, eso sería estupendo. Pero ella no podía no tomar sopa, al menos eso debía comer, lo que la dejaba afuera y también al resto por ser demasiado peligroso para ambos.

Entre tantos pensamientos irritantes, la rabia volvió a ser el centro y recobró el temple, ya no era necesario preocuparse por parecer nerviosa o atemorizada. Cortó pan y una ración de jamón, queso y alguna conserva, sirvió la sopa y llevó todo con apenas unas cucharas en un apresurado único viaje hasta la mesa. Al llegar allí, dispuso todo y pensó en volver para traer vasos, agua y vino, pero fue tal su desconcierto ante una gran sonrisa de Sevgeni que por poco no dio un grito de espanto. – Muy bien, ¡y qué pronto! Siéntate a comer conmigo –. Anoushka, ya sin hambre y ahora sin comprender, se sentó a la mesa y comió y se comportó lo mejor que pudo; tomó un poco de sopa y bajó los pedazos de queso y pan que le habían quedado clavados sin entrar al estómago. Luego de la cena, llevó los trastos a la cocina y regresó al comedor lentamente, esperando que Sevgeni no estuviera y se hubiera retirado a hacer sus cosas y dejarla en paz.

Cuando vio que él volvía de la sala con un cigarro encendido, sintió que esa noche realmente sería eterna. Él la miró con un semblante apacible, echó humo y le dijo, – Si no vas a estar muy ocupada, puedes acompañarme –. Acompañarte, ¿adónde, para qué? ¡No habías traído trabajo para hacer, que me estás pidiendo que esté contigo! pensó ella, pero no dijo nada de eso; sólo alcanzó a responder, – Como quieras –débilmente y forzando las comisuras de su tensa boca. Él continuó, – Ven –y le indicó que lo siguiera por las escaleras. Era todo tan impensado y convulsionante que le daba miedo y repulsión al mismo tiempo, y no podía negarse a algo de lo que no terminaba de hacerse a la idea en semejante cuadro desconcertante. Lo siguió hasta el piso superior, pasando su cuarto y el baño, y llegaron a la puerta del cuarto de él, que una vez había sido de los dos pero ya no lo era con alguna excusa desde unos meses atrás. Él abrió la puerta y la invitó a pasar, entraron y se sentaron, ella en el asiento del tocador y él en una silla poltrona cerca de la ventana.

La súbita simpatía de este personaje hacía danzar un millón de dudas y preguntas en la cabeza de Anoushka, y otra vez sintió mareos y comenzaba a faltarle el aire, no podía ser que él no lo notara aunque ella se esforzara al máximo para disimularlo. Como si fuera lo más natural del mundo, él siguió conversando. – Voy a hacer las cuentas del despacho; las cosas han estado yendo bien, bastante bien. Nunca fue necesario preocuparse, pero es bueno que lo sepas. Vi que has encargado libros nuevos, y compraste lana, será para pasar el invierno al calor de la chimenea. ¿O tal vez estuviste pensando en mantitas y zapatitos tejidos? –

Ella no podía creer lo que estaba escuchando de labios de Sevgeni. ¿Sería que él era el enajenado, de repente haciendo alusión a niños, luego de haberla ignorado y abandonado como un perro malo en los últimos meses? Algo tenía que estar sucediendo, y ese algo no era normal. ¿Podía ser que, en su aislamiento y soledad, ella había creado y alimentado una fantasía acerca de este hombre, alienada en el encierro de su vida solitaria, que la había llevado a desfigurarlo al punto de imaginarlo capaz de lo que ella pensaba que él había hecho? Eran demasiadas preguntas sin respuesta. Entretanto, él la contemplaba con atención, inclusive un gesto de dulzura, como invitándola a estar a su lado.

Él se levantó y caminó hacia ella, que lo miraba perpleja, ya sin esconder su vacilación; y cuando extendió la mano ya para tocarla, ella se echó hacia atrás y se levantó, como por un reflejo indeliberado, para protegerse. – ¿Qué tienes? –preguntó él. – Esto no puede estar pasando, no tiene sentido –fue la respuesta. Sevgeni la miró fijamente, transfigurado en un gesto de ira, y comenzó a gritar, – ¡Lo que no tiene sentido eres tú, con tus aires de princesa displicente y tu vida de clausura en esta casa! ¡Me has dado la mayor infelicidad, no sirves para nada, no haces más que pasarte la vida encerrada viviendo en tus fantasías, idolatrando una sirvienta hombruna –!

Espantada con los insultos, Anoushka se puso de pie y caminó hacia atrás en dirección a la puerta; él se le abalanzó y ella huyó velozmente hacia el pasillo. Maldita la hora del plan, maldito él, y maldita la soledad en la que se había quedado; la confusión y el miedo le apretaban la cabeza y atontaban su visión, dejándole el cuello de caucho rígido y la garganta bruscamente palpitante con un corazón que quería escapar por aire. Aterrada, corrió hacia el final, donde no había salida más que subir al ático. Al dar con el obvio final del camino, cerró fuertemente los ojos por un instante, odiándose callada y desesperadamente por su ineptitud; giró y vio a Sevgeni, que corría en dirección hacia ella, impulsado por una abominación irrefrenable, con los brazos abiertos y la mirada clavada en sus ojos. Abrió la puerta rústica, no sin perder un precioso segundo de lucha contra el panel casi desencajado, midió de una mirada los escalones por delante como un animal salvaje y subió disparada, con su atacante arañando el aire tras ella.

Una imagen muda de terror, aquel ambiente sucio, seco y deshonesto, la encerraba en pocos pasos. Sin tiempo de pensar ni por un instante, atrapada en aquel cuarto y con la nefasta figura acercándose a toda velocidad, se dejó caer al piso involuntariamente, como aplastada por su vida en jaque. Antes de poder voltear siquiera su cabeza, escuchó un estallido de cristales y sintió una esquirla clavándose limpiamente en el dorso de su pierna; no supo ni gritar, apenas mantenerse consciente aguantando la impresión y el dolor desconocido. Casi al mismo tiempo, oyó de fuera un sacudón metálico, y un grito ahogado y lejano seguido de un silencio brutal en medio de la noche.

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