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Retruécano

abril 8, 2012

 

Despertó en medio de una pesadilla. Se despertó. Sólo desde el desvelo percibió que se lo había hecho a sí mismo, y que dormido no habría querido despertarse; claro está, si hubiera podido saber que estaba durmiendo. Esto le bastó para llenar su vacío de humor matutino con enfado.

Salió de la cama, se vistió con la ropa de casa y fue al baño. Los sonidos de sus hábitos cotidianos le llenaban la cabeza, debatiéndose por espacio con su malhumor, que parecía no querer ceder lugar. Pensó que lo mejor sería anticiparse y descargar, para que su día no se tornara una pesadilla (¡ironía de los pensamientos aleatorios!), y deseó que no se repitiera el inusual pero conocido juego de torturas en que, a veces, todo en derredor lo afectaba como si no pudiera emanciparse de sus actos.

Fue hacia el escritorio, tomando un lápiz que encontró en su camino; buscó un bloc de borrador y se dispuso a escribir. Pero ¿qué escribiría? No importaba. Lo esencial era aliviarse, liberar su mente. Comenzó escribiendo lo que había estado razonando que le acuciaba de sus pensamientos. Sorprendentemente, escribir no le despejaba, sino que en su lugar lo cansaba.

Afirmó la vista en el papel y siguió escribiendo, asiendo el lápiz fuertemente y deshaciéndolo de a poco en palabras, palabras, palabras. Su mente no cesaba de reclamarle, pero su cuerpo sentía desocuparse, hacerse más leve, menos denso. Pensó que le estaría bajando la presión, o simplemente era sed; sí, sed: la mañana estaba tibia y seca como una chimenea que se resistía a perder el calor del fuego extinto, y eso tan sólo anticipaba otro día infernal, irrespirable. Beber precisaba, sí.

Se sirvió un vaso de agua y lo bebió copiosamente, y otro enseguida, con menos urgencia. Descubrió que, contrariamente a lo que lógicamente esperaba, no estaba satisfecho, y sí sentía como si le hubieran estado drenando el precioso líquido de su organismo. ¡Puto calor!

Abrió las alacenas procurando algo para comer, sabiendo que casi no tenía provisiones; su pereza era mala compañía y pésima consejera. Encontró una vieja caja de cereales, metió la mano y no quedaba casi nada. Entonces alzó la cabeza y llevó la caja hacia arriba, la inclinó y se llenó la boca con las sintéticas bolitas de saludable avena y alguna otra cosa que no incumbía recordar en ese momento. Lo fundamental era saciar el hambre, subir la presión, calmar el malestar.

Las pelotitas le cayeron fatal, como si en lugar de estar comiendo estuviese corriendo un maratón en las montañas: surgían dolores desde su interior que se irradiaban por su cuerpo a gran velocidad, de la garganta a la piel e intoxicando todo a su paso en un martirio de sacudidas.Tal vez el cereal estaba vencido… pero ¿cuánto daño podría ocasionarle algo tan indefenso? Tal vez era alérgico a la avena. No, no; ya había comido todo lo que faltaba en la caja y nunca había sentido nada igual. Una alergia es una alergia, desde siempre y para siempre, pensó, y con eso desestimó la hipótesis. Quizás era celíaco. Eso podía ser; había leído que la intolerancia al gluten a veces pasaba asintomática años y años, y podía dispararse de buenas a primeras.

La enfermedad celíaca no era poca cosa, y entre tanto le restaba el miedo de que pudiera estar padeciendo algún tipo de patatús, que era más apremiante que andar filosofando en el vacío sobre la asintomaticidad de lo probable. Tenía que deshacerse de las pelotas agresoras, y pronto. Corrió al baño y se provocó el vómito. Al vaciar su estómago lo acometió el peor de los síntomas: en lugar de aliviarse lanzando al invasor, y hallarse más leve, sintió como lo estuvieran arrojando por un acantilado, como si una fuerza física lo empujase dentro de un pozo de perdición.

Desesperado, como pudo se incorporó y fue tambaleándose en busca del celular para llamar a emergencias. Marcó el número y una grabación le retrucó “El usuario con el que intenta comunicarse está actualmente ocupado o fuera del área de cobertura.” ¡Pero, si tenía que tratarse de un teléfono de línea, con varios recepcionistas! Pánico. Supo que no había escapatoria. Nada quedaba por hacerse, moriría como un perro.

.

Y no, no pudo emanciparse de sus actos. Todo lo que había estado haciendo se había vuelto en su contra, y había padecido sobre sí todas sus acciones. Agotado como el lápiz, vacío como el agua; rodando cuesta abajo como el cereal en su garganta y cayendo al precipicio como su regurgitación drenada en las cañerías. Cuando se dio cuenta, creyéndose al borde de la muerte, y ciertamente al filo de la locura, decidió que la única y última chance sería entregarse al sueño.

Se arrastró jadeante hasta la cama, se tumbó y se acurrucó. Se durmió casi instantáneamente, y dejando la vigilia consiguió dejar de soñar, finalmente pasando a la otra vida.

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