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Malditos de Blass

mayo 2, 2012

Los últimos días de vida de mi padre se fueron lenta y penosamente; mares de sudor y tempestades de fiebre manaban de su cuerpo consumido por el dolor. La enfermera le hacía tragar sorbos de agua y yo, cuando toleraba pasar algún tiempo al lado de su lecho de muerte, ya no preguntaba si podía oírme. Supongo que sentía de a ratos mi presencia, y tristemente se le notaba mayor sufrimiento a veces cuando yo le hablaba. Era una despedida que nadie sabía decir, y una agonía que nos estaba consumiendo a todos poco a poco.

Una noche helada a comienzos del invierno, mientras yo velaba su cuerpo moribundo intentando no dormirme, un quejido a media lengua me hizo estremecerme en la silla y me quitó del entresueño en el que me hallaba. Era mi padre, finalmente tratando de decirme algo. Me arrodillé a su lado y tomé su mano fría en las mías, sin saber qué hacer. Mientras decidía si llamar un sirviente y mandar a buscar al párroco, pensando que el final había llegado, mi padre inspiró profundamente y abrió los ojos de repente, como si hubiese caído en su cuerpo.

‘David,’ me habló en suspiros. ‘Debo pedirte algo que te resultará extraño, pero necesito que sepas que estoy consciente y sé lo que estoy diciendo.’

‘Lo que sea, padre.’

‘Voy a llevarme a la tumba la incertidumbre, pero tengo que hacerte una pregunta para que me hagas el honor de averiguar para ti la respuesta, a cualquier precio. Para ti, y para el descanso de mi alma.’

‘Dime, por favor.’

‘¿Sabes dónde nací?’

‘¡Claro! En Westfalia.’

‘¿Dónde, exactamente?’

‘No lo sabes tú; nunca lo recordaste.’

‘Nunca lo creí. Sólo supe que pensaba que había nacido en algún lugar en las afueras de Blassweiler.’ La vela de sebo en la mesa de noche se extinguió, y quedamos en silencio por unos instantes. Pensé que había muerto, pero forzando la vista pude ver que sus ojos estaban abiertos y seguía respirando, como si no hubiera notado que quedamos a oscuras.

‘Quiero que sepas… no sé si el lugar donde nací existe.’ Y con eso calló, y murió.

 

Algunos días pasaron con los preparativos del funeral, y también esperando que mi hermana llegase para despedirse. Había comenzado a caer nieve temprana, suave pero abundante, y eso hacía que las diligencias demoraran más y tuvieran que hacer más paradas en el camino por razones de seguridad. Cuando Beth finalmente llegó era todo silencio en la casa; estaba todo pronto para el entierro, y habíamos conseguido parar de llorar los unos frente a los otros. La pérdida de mi padre, si bien éramos una familia relativamente solitaria, cayó para quienes lo conocieron como una sacudida de dolor que se instaló en todos y cada uno. Tal vez porque en nuestro pequeño mundo no habíamos sufrido una muerte en muchísimos años, desde la de mi madre, que yo no recordaba por supuesto al haber sido al darme a luz. Mi padre siempre había sido el amor y el cuidado silenciosos, parcos, que representaban lo suficiente para que nadie se sintiese desamparado.

Nadie fingió esforzarse por recibir a Beth con una palabra consoladora. Los viejos sirvientes prefirieron callar y acompañar, de a ratos quedándose cerca aun sin nada que hacer, como gesto tácito de compañía. Yo, luego de cuatro días, me había vuelto casi un zombi por culpa del insomnio y la amarga pena y duda que lo causaban. No podía parar de pensar en esa última conversación. ¿Qué quería decir que mi padre no sabía si su lugar de nacimiento existía? Tal vez remordimiento por no haber ido nunca a entender su origen; quizá la incertidumbre de que la casa hubiera sido destruida, o peor, perdida por no haber nunca reclamado su patrimonio.

Luego del entierro, mi hermana decidió quedarse un par de semanas en la casa. Yo agradecía su presencia, pero me estaba volviendo paranoico pensando que ella iría a darse cuenta de la incomodidad que a la vez me daba que no se fuera; y ni muerto podía confesarle eso, ni mucho menos lo que me tenía enajenado. No podía contarle la charla con mi padre, sabía que ella pensaría que había sido todo un delirio de moribundo y yo un desquiciado por haberlo tomado en serio.

En lo que duró su estadía, ideé un plan para ir a encontrar la casa en Blassweiler, o lo que fuera, y a escondidas como un contrabandista me armé de pertrechos, mapas y alguna información para emprender mi camino.

 

Blassweiler era un paraje tan ignoto que me costó varios días llegar adivinando a la vieja aldea casi desvanecida en el tiempo. En las calles –los senderos, mejor dicho – nunca había un alma, como si la vida existiera sólo de puertas para adentro y el exterior fuese un enemigo; debí cazar los pocos que eventualmente se aventuraban a ir de un lugar a otro. Pensé que se trataba del rigor del frío, pero asimismo era como si no hubiese actividad o siquiera comercio alguno fuera del rústico alojamiento que conseguí para mí estadía. Inútilmente intenté hablar con algunos de los más viejos con los que pude dar, y casi sin datos armarles un panorama para que pudiesen imaginar de quién, qué familia, qué hombre les estaba hablando. Sé que algunos me tomaron por un borracho fabulador, y simplemente accedieron a sentarse algunas horas, una o más noches, por lástima y por los tragos. Sólo un par de viejos tan abandonados como la aldea parecieron entender, o saber, algo; alguna cosa que mostró un brillo casi imperceptible en sus ojos. Lamentablemente, ninguno de los ancianos quiso hablar más conmigo o verme, hasta que decidí darme por vencido por esa ocasión y volver a mi pueblo.

La noche que tenía todo empacado y listo para abandonar la posada al amanecer, bajé a la taberna y me llamó desde mi mesa un ciego decrépito a quien yo nunca había visto. Poco se le entendía, parecía hablarse y pausarse a sí mismo (era viejísimo y, aun hoy dudo, un poco senil); y todo mezclado con algún dialecto que me hacía perderme en el relato a cada rato. Con el mayor esfuerzo y toda la buena voluntad de ambas partes, esto es lo que me relató. No pretendo que nadie crea en la existencia de todo lo supuestamente sucedido, pues yo mismo siempre he dudado de todo y muchas veces querido descartar toda memoria del relato. Pero nunca pude, por algún motivo. Se acerca mi hora de abandonar esta vida, y no quiero que la historia muera conmigo.

 

Hubo una leyenda en Blassweiler, durante muchos años, de una casa que nadie que esté vivo conoció y nunca nadie supo a ciencia cierta si existió. Es la historia de la casa, como fenómeno, pero principalmente del niño que de ella provino, cómo provino y cómo nunca nadie más lo vio. Ese niño fue mi padre, Jacobo Bindenmeister.

La casa quedaba, efectivamente, alejada de la antigua aldea, dentro de los bosques de Blass y flanqueada por el riacho del mismo nombre. Por lo que todos sabían, era una vieja casa de campo aparentemente abandonada, aunque bastante erguida todavía por la nobleza de su simple construcción y la piedra fuerte con la que estaba hecha. Nadie iba, porque no era paso de nadie y de hecho no había un camino que llegase hasta aquel lugar, y francamente a nadie le interesaba. A nadie se le ocurría perder el tiempo en las inmediaciones de aquella casa. El padre de mi ciego interlocutor, según me contó, junto con un amiguito, decidieron en un arranque de rebeldía de la pubertad ir a ver qué había con ella. Casi se les paró el corazón cuando vieron, parapetados a una distancia conveniente, un niño pequeño andando por el frente de la casa.

El niño no los vio, y siguió en lo suyo; hasta que en un momento volteó como si hubiese escuchado algo de dentro de la casa, y casi inmediatamente se volvió para mirar en dirección a donde ellos estaban. Casi arrastrándose, y escondiéndose de árbol en árbol, los dos amigos se alejaron del lugar y volvieron a sus casas en el pueblo, aterrorizados. Nunca contaron lo que habían visto, ni siquiera cuando fueron reprendidos enérgicamente por sus madres por haberse ausentado y preocupado a sus familias.

Por un tiempo no tuvieron el coraje ni de decirse que no tenían el menor interés de regresar a ese lugar, ni de comentar nada para evitar por si acaso revivificar el extraño acontecimiento. Poco a poco, perdieron el miedo del recuerdo y un buen día acordaron volver para cerciorarse de que realmente vivía alguien en la casa. Regresaron, no sin muchas dubitaciones, y sin separarse más de unos centímetros el uno del otro fueron nuevamente hasta la estructura de piedra. Lo que allí presenciaron hizo que uno de ellos se volviera loco, y el otro perdiera el habla.

 

El ciego, que estaba ciego por la edad pero que había vivido una larga vida perfectamente saludable hasta enterrar a su mujer y a todos sus hijos, era hijo del mudo. Fue el loco quien, según recordó mi narrador, a la vejez dejó de hablar sandeces vagamente inteligibles y empezó a repetir solo, una y otra vez, barbaridades alucinadas de lo que, contaba la historia, sucedió ese día fatídico en y con la casa del claro de Blass. Todo era ya, hace muchos años, imposible de probar, ya que gran parte del bosque fue arrasada para hacer lugar para la cebada y ningún campesino jamás vio casa alguna junto al río.

Los dos amigos estaban callados y en cuclillas, a la distancia de una pedrada de la entrada, observando y esperando. La espera se hizo tediosa y el niño no aparecía, y tampoco ningún adulto. Era el momento de irse, o tomar coraje y acercarse de una vez. Decidieron alejarse un poco y llegar al costado de la casa a través de lo más denso de la vegetación. Así lo hicieron, y una vez que estaban a pocos metros lograron ver a través del cuadro de una ventana derruida por el tiempo. Allí estaba la criatura, un chico de unos cuatro o cinco años, sentado en el suelo de espaldas a la ventana.

Nada había frente a él o a su alrededor; era como si estuviese jugando consigo mismo y sus pensamientos, con los brazos extendidos, abriendo y cerrando sus manos. Musitaba y se miraba las manos.

De un instante para otro alzó la cabeza, como escuchando, al igual que lo había hecho la primera vez, el primer día que lo habían visto. Dejó caer los brazos al momento que, del vacío de la nada, una fina sombra ondulante se le aproximó y lo rodeó y seguidamente fue a detenerse frente a él. El niño se puso de pie repentinamente, volteó y vio a los dos intrusos; temblando los miró un momento y volvió a girar de cara a la sombra.

Una voz, como de una forma oscura que se iba formando, comenzó a escucharse que le gritaba. Era la voz de una mujer que le decía que tenía que abandonar la casa en ese instante, antes que fuera demasiado tarde, ahora que se había completado el ciclo y debía salir.

El chico gritó a la sombra que no sabía adónde iría, que no sabía qué hacer. La voz se hizo una mujer, una bella vieja blanquecina, y le gritó, ‘¡Fuera de una vez, que se cierra, te lo he dicho!’ De esa manera y sin perder más tiempo, el niño se puso de pie y corrió unos pasos hacia la puerta, que cayó desvanecida frente a sus ojos. Los pies del chico comenzaban a hundirse en las tablas del piso de la casa, por mucho que este intentara mantenerse encima. Figuras como bolas caían del techo, y al tocar el piso se encendían como grandes frutos verdes y se iban hundiendo inexorablemente. El chico gritaba inmóvil, al igual que los dos que miraban horrorizados por la ventana, hasta que la voz-mujer lo empujó sin tocarlo y cayó entero y de bruces fuera de la casa.

Toda la piedra, la estructura completa, que a esta altura en realidad era poco más que el frente, se derritió y se hundió en sí misma en cuestión de minutos. Los dos amigos vivieron el resto de sus días sus dos tristes vidas, y siempre se dijo que el mudo a  veces iba a visitar al loco y este le hablaba sólo a él; a él y a la nada a su lado.

Hubo un niño que, contaban, vivió en el bosque junto al río Blass. La aldea de Blassweiler debe el origen de su nombre al río, que quiere decir “pálido”, y en el dialecto del lugar el significado es “Pregonero de la Palidez”. El ciego me dijo que el niño murió en el año de… muchos años antes de que yo naciera.

 

Muchas veces me faltó la valentía para enfrentarme a mi supuesta cordura y cuestionarme mis propios orígenes; pero como tuve una larga y saludable, si bien triste vida, y conseguí casarme y tener una familia, elegí el silencio de mis dudas atroces. Una vez inventé unas excusas para llevar a mi hijo, entonces un joven adolescente, al sur de Westfalia. Nadie me supo decir dónde se ubicaban los bosques de Blass, y algunos me negaron que alguna vez haya existido un poblado llamado Blassweiler.

Mi hijo murió súbitamente en ese viaje y tuve que traerlo de vuelta para llevárselo a su madre. Ella murió de pena pocos años más tarde, cansada de su vida sin motivo, avejentada como una anciana en plena juventud y carcomida desde dentro por la pena.

Ahora estoy yo cansado, agotado y sin sentido; se está acabando lo último de esta última botella de mi vino, la noche se cierne y debo poner fin a tu vida para la que la historia pueda volver a repetirse. Es inútil pedir: estás solo, como todos lo estuvimos, el ciclo se cierra y la casa no existe.

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