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Post Mortem

julio 4, 2012

Julia murió en su cama el 15 ó 16 de septiembre. Probablemente, en algún momento entre la noche del 15 y el mediodía del 16, según su certificado de defunción.

Mario llegó a su casa el 20; es decir, llegó primeramente del aeropuerto a la morgue judicial, casi sin conseguir entender nada, shockeado, a reconocer el cadáver de su esposa. Los exámenes preliminares de oficio habían coincidido con la actuación del perito forense de guardia, y éste con los paramédicos que encontraron a Julia muerta en su cama: paro respiratorio acompañado de disfunción cardíaca llevando a la muerte –pendiente autorización/pedido de post mortem para determinar si el deceso se había desencadenado como resultado de un probable proceso deteriorante.

Nada tenía sentido para el desconsolado viudo, que sólo lograba parar de llorar para gritar o maldecir hasta volver a quebrarse en llanto. Su hermano, que estaba allí para acompañarlo y ayudarlo en lo que fuera posible en ese trance, sufría por propio dolor por la pérdida de su cuñada y se desesperaba al ver así a su hermano y no poder más que abrazarlo o estar a su lado en un entregado silencio. Peor aún, en un momento de fría lucidez mientras oía a su hermano llamar uno a uno a varios amigos y familiares de Julia, Mario, que ya había decidido solicitar una autopsia se vio en un dilema: aunque nunca hubieran sido observantes, Julia debería ser por lo menos enterrada en el cementerio judío de la ciudad, para descansar al lado de su madre, su padre y su hermana. Si practicaran la autopsia, por ley religiosa ella no podría ser enterrada en ese cementerio, o por lo menos no junto a todos sus muertos; era algo un poco nebuloso, ya que nunca había precisado pensarlo, pero estaba casi seguro de que algún inconveniente habría.

Mario dijo a su hermano que pidiera a quienes estaba llamando a su celular que tuviesen la gentileza de abstenerse de llamar hasta el día siguiente. Necesitaba pensar. Tuvo que dejar que lo acompañaran hasta su casa en un taxi, seguido por una patrulla policial, ya que necesitaba ser escoltado por causa de su estado y formalmente para firmar algunos documentos en la puerta de su domicilio antes de poder ingresar. Hizo todo automáticamente, sin cuestionar ni una palabra ni una directiva; sólo quería entrar, cerrar la puerta y pensar solo. Una vez que estuvo sentado a la mesa de la cocina y hubo aceptado un té y un vaso de agua de las manos de su hermano, y después de no pocas promesas de llamarlo apenas se levantase en la mañana, pudo quedarse consigo mismo, finalmente dejándose perder la mirada de sus ojos ya inertes en los caprichos de la madera de la mesa.

Estuvo quién sabe cuánto tiempo quieto y mudo, anestesiado de dolor, hasta que pudo comenzar a llorar nuevamente. Era todo tan irreal, tan inexplicable, que no reconocía sus paredes y su ser en esa hora de vacío y desesperanza. Cuando sintió que pudo controlar su cuerpo por un momento, reaccionó y atendió la necesidad de ir al baño. Salió de la cocina en dirección a los cuartos; entró al pasillo sollozando, paró un instante y cerró fuertemente los ojos para obligarse a atravesarlo sin tener que mirar en dirección a su dormitorio. No podía mirar, no quería ver; si llegase a pasar por la puerta abierta de su cuarto no soportaría confrontar el  hecho de que también estaba vacío, al igual que el resto de la casa. Y, ciertamente, no había nada que ver por ahora. Avanzó temblando, paso a paso. Llegó al baño, cerró la puerta y abrió los ojos. Orinó y volvió a cerrarlos para girar hacia el espejo sin verse. Abrió el agua a ciegas, y a ciegas se lavó las manos.

Un sentimiento de lástima y desprecio por sí mismo lo invadió mientras tanteaba la pared para tomar la toalla. Lo llenó una rabia sólo comparable a todo el dolor que estaba sintiendo. Abrió súbitamente los ojos, se miró en el espejo y se gritó barbaridades por sentir pena de sí. Necesitaba controlarse, lo sabía, pero a la vez no dejaba de maldecirse a viva voz. Fuego le recorrió el cuerpo y le quemó el pecho; con su mano aún mojada dio un puñetazo certero al espejo y lo partió. Tuvo la fortuna de haber acertado un costado y de tener la toalla en su mano, que evitó que se lastimara con el vidrio. En un instante reaccionó y volvió a sus cabales; salió del baño cerrando la puerta y fue hasta la sala a sentarse en el sofá.

Permaneció sentado unos minutos, con sus codos apoyados en sus piernas y la cara escondida entre sus manos. Se incorporó, miró a su alrededor y constató que todavía se encontraba en ese mundo que ahora le parecía extraño y ajeno. Se levantó y fue corriendo por los rincones, volteando fotos con Julia y arrebatando sus objetos personales; abrió un cajón del aparador y quiso arrojar todo dentro, pero con la torpeza del arrebato no consiguió más que volcarlos y desparramarlos quebrados sobre la alfombra. Esto lo llenó de ira nuevamente, y comenzó a patear todo lo que tenía a su alcance. Volvió a sentir aquel odio y trató de contenerlo, pero esta vez el nerviosismo tomó cuenta de sus actos y volvió a recogerlos desesperado para ponerlos en una bolsa. Tenía que quitar de su vista todos los efectos de Julia, y debía hacerlo esta noche, al menos todo lo que pudiera.

Pasó como un cuerpo poseso por la sala, llevó todo lo que pudo de una vez a la cocina y comenzó a guardarlo en una bolsa de plástico. Era imperativo que se apresurase, no quería caer en otra crisis de nervios; debía controlarse. A toda velocidad comenzó a arrojar en la bolsa cosas de su mujer dejadas en la cocina, pero se dio cuenta de que no lograría quitar todo lo que le recordara a ella; ella estaba en todo y a la vez ya no estaba. Tenía que ser fuerte y empezar a asimilarlo de algún modo. Tomó el vaso para beber más agua, pero estaba vacío; se dirigió a la heladera para buscar la botella, y fue entonces cuando vio el sobre. Su hermano debía haberlo pasado sin notarlo, o entonces haberlo visto y no haber reparado o sabido que nunca había un sobre agarrado a la puerta del refrigerador bajo unos imanes.

Era un sobre nuevo, blanco, como de carta, intacto salvo por una palabra escrita a mano en el dorso: su nombre. Sólo decía “Mario” en la letra de su mujer. Sobrecogido por una sensación de presencia que no lograba controlar, lo tomó y fue a sentarse. Adentro había un pedazo de papel con varias anotaciones. Había unos cuantos números y palabras a su lado: la cuenta de banco de Julia y la clave de su tarjeta; el password de su correo electrónico y el de Skype, que eran el mismo; teléfonos de algunas amigas de Julia; la indicación de un cajón en el que se encontraban “documentos importantes”; la clave de acceso a su sesión de la computadora que compartían en la casa. Esto lo perturbó bastante y dejó el papel apoyado sobre la mesa, apretado bajo su mano, mientras cerró los ojos e hizo un fallido esfuerzo por no llorar nuevamente. No era el momento para dedicarse a nada de eso, si bien debería encargarse tan pronto como fuera necesario. Se recompuso, abrió el sobre, tomó el papel nuevamente y se dispuso a guardarlo, cuando volvió a ver al final de la lista la clave de la computadora. Soltó el sobre y llevó el papel apresuradamente hasta el escritorio.

La computadora no estaba. Fue entonces buscando hasta que la encontró en su cuarto, sobre la mesa de noche junto a la cama, del lado donde siempre dormía Julia. La encendió y se quedó mirando la pantalla hasta que apareció la imagen pidiendo escoger usuario; seleccionó “Julita” y la pantalla le pidió el password. Lo digitó y se abrió la sesión de usuario de su mujer.

Se sentó sobre la cama y el gato apareció tímidamente y fue a sentarse a su lado. Él lo miró con recelo por un momento, pero enseguida sintió su compañía y dejó que se apoyase sobre su pierna. Compartían un silencio de ausencia que los unía sin entenderse.

En el fondo de pantalla había muchos íconos, nada especial. Leyó uno por uno, desde arriba, hasta que llegó a uno más o menos en el centro de la pantalla que decía “PARA MARIO GUTERMAN”. Apresuradamente, hizo doble click sobre el ícono y se abrió un documento de Word.

 .

“Mi amor, no existen palabras para pedirte perdón y expresar la angustia que siento por el dolor que te estoy causando…”

.

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