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Leyenda del Pájaro Sin Voz

julio 29, 2012

Se han mostrado las flores en la tierra, 
El tiempo de la canción ha venido, 
Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.

Cantar de los Cantares 2:12

 

 

Había una vez un bello joven que vivía en una aldea del desierto del Golán. Era poco más que un niño, de ojos negros curiosos y espíritu calmo. Todos en su pueblo lo admiraban y bendecían su alma cada vez que él cantaba, pues su voz era como agua clara que alegraba y emocionaba a todo el que escuchaba su canto. Él cantaba todos los días, con una inspiración que parecía venir del cielo. Cantaba en la mañana mientras jugaba; por la tarde cuando el sol ardía, o en la noche, solo y tranquilo, llenando el aire en la paz de la aldea.

Un día que el niño volvía en dirección a su casa vio que había una pequeña conmoción y un grupo de adultos en torno a su casa. Se acercó y todos dejaron de hablar; sus rostros estaban cerrados y algunos lo miraron con algo de pena y desconcierto. Su madre lo envió a estar con su abuela, que estaba sola dentro de la casa. Él hizo caso y fue con la vieja, a hacerle compañía sentado a su lado mientras ella cosía en silencio y hablaba consigo misma como rezando.

“¿Qué es lo que hay, abuela, que nadie me habla y todos parecen tristes por algo que no entiendo?” preguntó el joven. La anciana lo miró a los ojos, con los suyos vidriosos, y le respondió que su hermano mayor había partido. “¿Adónde? ¿Por qué?” inquirió a la anciana. “Tu hermano es un soldado ahora. Se fue para servir a la patria; lejos, para proteger a todos los que aquí quedamos.”

El niño no comprendía por qué alguien debía irse para proteger a quienes allí estaban. “Para que haya paz aquí, a veces es necesario ocuparse de los conflictos en otras partes,” fue la respuesta de la abuela. “Pero ¿cómo es que la guerra protege la paz?” preguntó él. Había muchas cosas que aún no entendía.

Luego de otras preguntas, que la vieja pacientemente respondió como pudo, él dijo “Sigo sin entender por qué unas personas tienen que morir para que otras no las maten.” Con esto, la anciana quedó acorralada, y en silencio pensó por unos instantes. Finalmente dijo, resuelta “Para que tú puedas cantarle a la tierra, a la vida, al mundo, precisas ser libre. Y para eso, es necesario el sacrificio.” Enseguida, la cara del joven se iluminó como congelada y, mirándola a los ojos, respondió muy determinado “No sirve la música si no hay hombres que puedan escucharla. No pueden tocar los violines si la tierra está vacía. Y no sirve que yo cante si mi hermano no está para escucharme.”

Con esto, el niño dejó de cantar. Para siempre. Y años más tarde, en las proximidades de la aldea, las cansadas labradoras de la tierra seca pudieron oír por primera vez el canto de un pájaro al que jamás se lo había escuchado. Ese es el pájaro del desierto que sólo canta en tiempos de paz; o que sólo se escucha cuando los hombres descansan de sus luchas, que es cuando el silencio deja oírse y la tierra deja de mojarse con la sangre de los hombres.

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One Comment leave one →
  1. Lilia E. Picolini permalink
    julio 30, 2012 10:33 am

    Bellísima historia!!!

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