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Cariló

septiembre 2, 2012

Silvina saltó de la cama, llena de aquella energía de verano que algunas personas súbitamente adquieren cuando están de vacaciones. La mañana estaba ideal, con pocas nubes por lo que se podía ver por la ventana, y tampoco había viento. Yo la escuché, le creí sin mirar, porque no quería terminar de despertarme, y aproveché su informal reporte del tiempo para cubrirme la cabeza con la sábana. Si no había nubes, era mejor protegerse de la claridad enceguecedora que en cualquier momento entraría por la ventana y los rayos de sol que irían a parar en mi cara. Evidentemente, si bien nos interesaban muchas cosas en común, mi amiga y yo teníamos ideas diferentes acerca de despertar en los días de descanso.

No satisfecha con mi poco vehemente reacción, me destapó y me dijo, “¡Está precioso! Parece que tendremos el día perfecto para hacer una buena excursión por las dunas.” Yo pensaba en dunas y comenzaba a sudar, pero ya había prometido que iríamos a caminar por la playa un día que amaneciéramos relativamente temprano y el tiempo estuviera propicio. Claro que propicio para mí era nublado, mientras que para ella era cielo abierto y calor. Silvina era fanática del verano, la arena y las caminatas. El día perfecto en vacaciones, al menos para mí, era estar sentada en una reposera, en la media sombra, con un libro, oyendo el mar y sintiendo un poco de viento que aplacara el calor. Si bien mi amiga era una ávida lectora, para ella el hábitat ideal de un libro abierto era bajo techo, y para la lectura más que para cualquier otra cosa se había inventado la luz eléctrica. Evidentemente, el plan no incluía sillas playeras ni parasoles de ninguna naturaleza, mucho menos libros o descansos. Unas sandalias cómodas, un poco de bronceador y un sombrero.

Cabe considerar que en aquella época no se habían inventado protectores solares de esos que hábilmente discriminan los diversos tipos de radiación, brindando cuidado y comodidad por varias horas. Lo que había era dos marcas nacionales y alguna importada, todas consistiendo en dos versiones de la misma pasta, horrorosamente pegajosa y de dudosa efectividad farmacéutica. Estaba la que prometía acelerar el bronceado, un aceite perfumado con colorantes, y la que decía proteger y asegurar las condiciones para asolearse sin problemas. Esa era la que mi amiga y yo, sobre todo, precisábamos, y la más complicada, por varias razones.

En primer lugar, si bien el aceite sonaba mucho más pegajoso, la emulsión tenía el aspecto y sensación de un cuajado viscoso que poco distaba de grasa refinada. Por algún motivo, como si esto fuera poco, una de las marcas la hacía en una presentación similar a la de un pote de crema humectante, lo que era engañoso, pues la emulsión era en realidad una pasta bastante dura. Ya la otra marca lo dejaba más claro desde el comienzo: bronceador con protección. Y el mejunje venía en un pomo metálico relleno de una pasta amarronada exuberante, con olor a verano (queda a la imaginación del lector pensar qué era eso) y una capacidad cubritiva, una vez que estaba aplicada y correctamente esparcida por todo el cuerpo, digna del mejor sellador aislante de filtraciones.

Más allá de lo pringoso e inescapable, el dichoso protector actuaba como una película deslizante autotransferible que la hacía acabar en todos los objetos que el desprevenido veraneante tocaba, pues no había cómo retirarlo de los dedos y las palmas de las manos sin tomar un buen baño y pasarse un jabón rústico varias veces por todo el cuerpo; era una cuestión que desafiaba la física y el espacio. Finalmente, lo mejor para estar del lado seguro del asoleamiento, según las sucintas instrucciones de uso, era aplicarse la pomada generosamente por toda la superficie expuesta, un buen rato antes de la exposición solar. Para ello, había que preparar todos los elementos y guardar en un bolso los utensilios requeridos para un día en la playa, colocar el bolso o cartera sobre la mesa y las llaves en la cerradura del lado de afuera de la puerta de salida, antes de aventurarse a la unción protectora.

Como toda joven ansiosa pero no estúpida, y una hábil negociadora, Silvina había comenzado a preparar todo mientras yo me decidía a salir de la cama y comenzaba a preguntar cuál era el plan del día. La vi tan decidida que no perdí tiempo en regateos y me limité a pedirle que me contara qué había decidido que hiciéramos. Uno comienza a negociar con Silvina un paseo al lado del río, y puede acabar haciendo un paseo de aventura en kayak entre las montañas, como aconteció en nuestro último viaje juntas, por lo que preferí acceder a una sencilla caminata. Ella, mientras tanto, terminaba los preparativos y hacía café.

Me levanté, me vestí y me lavé la cara. Ante la inminente salida, le pregunté si estaba separando todo lo que necesitaríamos, ya que había tomado la iniciativa. Me respondió que estaba todo listo y que me explicaría en el desayuno. El desayuno consistió en un café con galletas y una fruta, y las explicaciones fueron concisas. Saldríamos a la playa y caminaríamos hacia el norte, un poco por la arena dura y un poco por las dunas, hasta llegar a Cariló. Silvina había mencionado la pequeña localidad unas tres veces durante el viaje y a lo largo de los primeros días de nuestras vacaciones, y me había dicho que aquel pueblito era una belleza, natural, alejado de las ciudades y mayormente distribuido entre los pinares que llegaban casi hasta la playa. El cuadro era promisorio. Ni se me ocurrió decirle que podríamos viajar hasta allá y recorrer las arboledas a pie, pues claramente la aventura era andar por la arena y adentrarnos en la villa desde el mar. Cualquier otra sugerencia habría parecido menos rupestre, cuando la idea era andar entre las dunas, el mar y la naturaleza.

Como corresponde, colgamos la bolsa de una silla y nos embadurnamos con el protector. Guardamos el bronceador junto con lo demás, nos pusimos los anteojos de sol y mi amiga su sombrero, y salimos.

Era alentador ver la sonrisa de Silvina mientras bajábamos a la playa. En aquel momento, se me ocurrió no preguntar cuánto ella estimaba que demoraríamos en llegar a Cariló, para no parecer desinteresada. Sólo pedí que paráramos para comprar una botella de agua para el camino.

Nunca fui buena para calcular tiempos ni distancias, pero esta vez mi compañera tampoco ayudaba. Alguien le había dicho que se podía llegar por la playa y omitido en cuánto tiempo, aunque eso no parecía una variable importante, tal vez suponiendo que la omisión significaba que el trayecto sería corto y sencillo. Lo que sí prometía dar batalla era el sol, subiendo lentamente desde el este y brillando blanquecino, completamente imperturbable en el cielo azul.

La salida y los primeros minutos fueron como cualquier caminata a lo largo de la playa, que lentamente se iba poblando de familias con niños que corrían despreocupadamente por la arena y madres y abuelas gritándoles que anduvieran con cuidado. A los lados de la escollera del muelle que separaba el balneario céntrico de las dunas aledañas había algunos pertrechos de los turistas aficionados a la pesca que intentaban pescar algo desde la costa, y dos mujeres sentadas en las rocas conversando al sol, probablemente mientras sus maridos pescaban improvisadamente. Ya en las dunas, la soledad comenzaba a otorgarle al paseo la calidad de aventura que estábamos esperando, y algunos minutos al frente el sol pleno comenzaba a molestar. Yo no dije nada, para no arruinar el momento; tomaba agua y caminaba.

Una media hora luego de la salida, cuando ya había pasado un rato sin nadie a la vista, tampoco quedaba mucho en la botella, aunque pensé que no sería problema si quedara poco tiempo por delante. Entretanto mi amiga, que no había parado de hablar, comenzaba a sudar y beber más agua. Decidimos parar unos minutos para descansar y tomar una foto. Silvina posó y yo hice de fotógrafa, ya que no quería salir desfavorecida, con parte del cabello pegado en la cara por el sudor, y el resto haciéndose cada vez más pesado. Por poco viento que hubiera, mis rulos entre las dunas eran una red arenera, y sólo imaginarme la foto daba miedo. Ella posó sonriendo, alzando la cabeza desafiante al sol de frente, y así quedaría inmortalizada en medio de la arena cenicienta.

Haciendo buen uso de mi paciencia, esperé lo más que pude antes de expresar cualquier tipo de duda acerca de la distancia recorrida y el tiempo que nos quedaba por delante. Pero cuando nos detuvimos a evaluarlo más adelante y miré a mi amiga a la cara, comencé a darme cuenta de la situación en la que estábamos. Ella había atado un pañuelo alrededor de su cabeza, y se había colocado el sombrero encima. Al parecer, lejos de ayudar aquello había generado un efecto de caldera, ya que su cara estaba tan enrojecida por el calor como sus hombros bajo el sol, que era otro asunto el cual no me animaba a mencionar. Mi amiga se quitó los lentes, me miró y me dijo. “Estás muy colorada, sería mejor que te pasaras más bronceador.” Yo no quería tener nada que ver con ungüentos pegajosos a esa altura de los acontecimientos, pero lo único que podía intentar, dadas las circunstancias, era un recauchutaje. Me alejé lo más que pude de las dunas y la arena suelta, y me apliqué un poco de aquel puré marrón rojizo en los hombros, brazos y piernas, mientras aprovechaba el frescor del agua en los pies. “¿Trajiste alguna fruta?” pregunté tentativamente. “Dos bananas y goma de mascar.” No era mi idea de rehidratación, así que me quedé callada y proseguimos caminando, yo del lado del agua.

No sé cuánto tiempo había transcurrido, pero recuerdo que el sol estaba casi sobre nuestras cabezas. Llamativamente, no me quemaban las piernas ni nada, pero estaba segura de que necesitábamos llegar, salir lo antes posible del sol e hidratarnos, y sabía que mi amiga estaba pensando lo mismo. Decidí hablar de lo bueno que nos esperaba, para darnos ánimo y dejar de pensar en la arena, que a ese punto era mi peor enemiga.

“Cuando lleguemos, podemos tomar algo rápido en un parador de la playa y ya entrar a recorrer el pinar. Debe ser muy lindo.” Silvina me miró y me respondió, “Mejor, entramos directamente y vamos a comer algo.” A mí, me danzaba una botella de agua en la imaginación, pero podría esperar un poco más. Hice un esfuerzo por no reclamar, ya que donde estábamos no había ninguna opción para elegir, y comencé a deleitarme con el refrescante momento por venir. No me duró mucho, porque los rayos de sol cayendo perpendicularmente sobre mi cabeza marchitaban las ensaladas y hervían los jugos que intentaba imaginar.

Un buen rato más adelante, vimos entre unas dunas alejadas las puntas de unos pinos. Nos abrazamos y continuamos camino, sonrientes. Muy lentamente, ya que no queríamos apurarnos y cansarnos hasta el agotamiento absoluto antes de llegar, los pinos fueron creciendo y sobresaliendo más entre las dunas. También detectamos las primeras personas a la distancia, lo cual nos animó bastante. Cuando llegamos hasta donde las personas estaban recostadas al sol, preguntamos si estábamos en las playas de Cariló, y nos respondieron que sí. Retomamos la marcha y nos fuimos adentrando en la arena.

La visión de la arboleda bordeando las dunas era realmente maravillosa, tanto por su belleza visual como por lo que significaba para nosotras. El balneario era más bien agreste, y debimos caminar bastante fuera de la playa hasta encontrar un sendero firme construido para coches y visitantes. Cuando llegamos al camino, nos calzamos las sandalias y continuamos hacia adentro. Al llegar adonde el pinar proyectaba una buena sombra, el panorama cambió completamente para mejor. Paramos y tomamos una foto hacia arriba, con el sol brillando tras las ramas y los rayos entrecortados pasando entre los árboles. Seguía haciendo mucho calor, pero tener sombra ya era un premio. Sólo faltaba andar un poco para encontrar un restaurante para recomponernos.

El paseo hasta encontrar dónde comer nos permitió recorrer parte del pueblito, que era realmente pintoresco, con una mayoría de casas dispersas entre la arboleda y unas pocas a lo largo del sendero. Estábamos tan cansadas como contentas, y cuando descubrimos el primer establecimiento comercial me sentí tan alegre que saqué la cámara para tomarle una foto. Fue ahí que descubrí que no quedaban más fotos por sacar, pero nada me quitaría mi refrescante almuerzo. Entramos y nos sentamos. Se acercó un muchacho para atendernos, y en ese momento Silvina me dijo, “¡Vamos a tomar algo rico para festejar!” Unos vasos de agua bien helada habrían sido excelentes para mí en ese instante, pero enseguida escuché a mi amiga preguntando si podrían preparar una sangría con hielo y frutas. No quise decepcionarla, entonces sonreí como si estuviera encantada con la idea.

El vino fresco estaba bueno, pero tal vez no haya sido lo mejor para restablecernos luego de nuestra larga caminata al sol. Pasados los primeros momentos, volvió el calor y mi cansancio empeoró. Comimos algo liviano y nos fuimos a terminar de recorrer el pueblo.

Gracias quizás a alguna oculta divinidad de la costa, al final del recorrido Silvina sugirió buscar un medio de transporte para nuestro regreso a casa. Un señor muy amable con quien estábamos hablando ofreció llevarnos, ya que él estaba saliendo para donde estábamos alojadas. Ya era media tarde y lo único que yo quería era subirme a algún vehículo con techo y motor y bajar cerca de casa. El señor nos hizo acompañarlo hasta un comercio cercano y de ahí partimos hacia nuestro destino común.

No bien llegamos, agradecimos a nuestro conductor y fuimos corriendo a casa. Estábamos visiblemente enrojecidas y el dolor comenzaba a incomodar bastante. Sin siquiera perder tiempo en tomar una ducha, cada una se quitó sus sandalias y se recostó en su cama.

Despertamos varias horas más tarde, sin saber qué hora era. Silvina miró el reloj sobre la mesita de noche y me dijo que habíamos dormido bastante. Ella se bañó y se vistió y se fue a la cocina a cortar unas frutas. Me levanté y fui hasta el baño instintivamente sin abrir los ojos, adolorida y mareada. Cuando me metí bajo la ducha sentí que el agua caía congelada y caliente a la vez, y un escalofrío me sacudió desde las entrañas. “¡Vamos a bailar!” me dijo alzando la voz desde la cocina. Mis hombros ardían y sentía la cara hinchada. Salí de la ducha y me envolví con la toalla rápidamente, temblando. Llamé gritando a Silvina y le dije que no veía nada.

Ella entró al baño riendo por mi exageración, pero igualmente me acompañó y me sentó en una silla en la cocina. Le pedí que por favor me sirviera un vaso de agua fría. Cuando me lo trajo me dijo que cortaría un tomate y me pondría unas rodajas en la cara, que eso me ayudaría con la hinchazón y sería refrescante. Como yo no extendía la mano para tomar el vaso, me lo ofreció. Yo no veía, era en serio, pero ella no se había dado cuenta. Le dije que cuando desperté veía nublado, pero ahora estaba como cegada. Ella no podía creerlo, entonces se paró frente a mí y extendió el brazo con el vaso en su mano. “Es la hinchazón en los ojos. Toma el agua,” me dijo. “No veo el vaso; no te veo. Tengo mucha fiebre.” Silvina me decía que estaba moviendo el vaso frente a mi cara, pero yo apenas atinaba a mover mi mano en el aire.

Cuando finalmente entendió que no podía distinguir nada, me puso el vaso en la mano y comenzó a llorar desesperadamente. “¡Marta no veees, estás cieeegaaaa!” lloraba y tragaba aire ruidosamente. Yo estaba desconsolada; no veía y escuchaba a mi amiga sollozando a los gritos. Ni siquiera podía abrazarla, porque no sabía adónde apoyar el vaso, y los hombros me dolían tanto afuera y desde adentro, que no podía levantar los brazos. Me quedé con las manos en el aire, y el vaso vacío apuntando a la nada.

Fue la peor insolación que recuerde. Luego que Silvina se calmó y yo me vestí como pude, fuimos a la farmacia y compramos lo mejor que nos ofrecieron para mis quemaduras y un antifebril para las dos. Llegamos a casa, tomamos mucho líquido, nos pasamos el tónico y fuimos a dormir. Desperté casi a medianoche, abrazada a la almohada, que se había pegado a mi cuello y brazo derecho con la loción rosada pastosa. Me incorporé haciendo equilibrio sin apoyarme, mientras llevaba mi otro brazo trabajosamente hasta mi cara para despegar la funda de la almohada. En silencio, fui al baño, aprovechando que ya veía mejor, y me miré en el espejo. Parecía una estatua de arcilla que se estaba despedazando, no aguantaba verme así ni sentirme atrapada en mí misma. Me metí en la ducha sin desvestirme y poco a poco fui retirando la pasta arcillosa y quitándome la ropa.

Al rato nos cambiamos, tomamos café y nos reímos de todo lo que había pasado. Esa noche fuimos a bailar a Cariló; de ida en ómnibus y de regreso haciendo dedo. Nos trajeron de vuelta un médico local y su hermana, de la que nos hicimos amigas y pasamos el resto del viaje juntas. Silvina se emborrachó, esa noche y también la última de nuestra estadía. Yo no salí en más fotos, cuando cambiamos el rollo, porque estaba de todos colores y formas entre la quemazón y la peladura. Ese verano no conseguí novio.

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