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Martinha

abril 1, 2013

El verano litoraleño parecía no querer acabarse, y me convencía a escaparme algunas semanas más de mi regreso. A lo largo de la costa, arenas de sal y aldeas recortadas en la vegetación que luchaba con el mar invitaban a no dejar la vida escaparse, con una sensación de que el tiempo tenía control de sí mismo y se detenía sin importarle el paso de la realidad humana. En mi estadía en Santela me encontré con viejos conocidos de los tiempos del instituto de intercambio. Yo estaba hacía unos días en la casa de una familia que me habían conseguido contactos del Conservatorio. En una casa, por decirlo de alguna manera, ya que en realidad intentaba invadir lo menos posible su vida cotidiana, por lo que me limitaba a ocupar la mayor parte del día,  cuando no estaba caminando y conociendo el lugar, al cuarto del fondo de la propiedad y el jardín detrás de la cocina.

Mis amigos me habían descubierto luego de algunos días de estancia solitaria paseando en los bosques junto a la bahía, y habían decidido que yo debía empaparme de lo mejor que Santela tenía para ofrecer. “Tienes que ir a escuchar música en los bares del Fortezuelo,” sentenciaron. Me pareció una muy buena idea para pasar unos buenos ratos y conocer el color local del que me hablaban, y al mismo tiempo familiarizarme con los compositores del lugar. Una tarde, mientras terminaba mi trago en la vereda de un club de playa, apareció Clara y gritó “¡Francisco, aquí está!” como quien ha hecho un descubrimiento. Se me acercaron, se sentaron y planificaron la noche para los tres en un pequeño lugar de la calle Palomas.

El Bar de Tinha era un lugar casi escondido tras el muro en los bajos de una casa vieja en la parte menos transitada de Fortezuelo. Ocupaba parte de la planta baja de lo que había sido una casa colonial; era algo oscuro y un poco cargado, pero sin embargo bastante limpio y acogedor. Cuando llegamos, la música no era ensordecedora, lo que me gustó inmediatamente. Unas cuantas personas conversaban y escuchaban, sentadas alrededor de pocas mesas casi contra las paredes del salón central. Había otro ambiente, cerrado, hacia el fondo, y una terraza cubierta directamente encima con un par de mesas y bancos, que no estaba siendo usada en ese momento, que vi cuando subí al baño después de las primeras cervezas.

La concurrencia era variada, con algunos hombres más jóvenes y la mayoría de parejas de cierta edad, amigos que parecían conocer a todo el mundo, y dos o tres mulatos sirviendo las copas y los pasteles. Yo me quedé observando la boca de uno de los cantantes, un viejito con más energía sobre la silla de lo que había parecido tener mientras se dirigía lentamente al rincón que era el escenario. Cantaba canciones alegres con letras tristísimas, historias desgarradoras si contadas, disfrazadas de sones coloridos. Dibujaba las palabras con su boca, delineando con perfección geométrica las vocales y las cortas pausas entre cada puñalada de desamor cantado. En algunas canciones, parte del público salía de manera aleatoria a bailar, o agitarse, en el espacio entre las sillas y los músicos.

Sentada a una mesa pequeña rodeada de habituales estaba Martinha, la dueña del bar. Los cantores, que se iban sucediendo y turnando cada varios temas, iban y venían del escenario a su rincón. Ella misma cantaba alto algunas de las canciones, pero se negaba a pasar al frente a interpretarlas. Una mujer de sus cincuenta y tantos, contundente, un poco apretada en un vestido sencillo y revelador, muy bien teñida y peinada con la sencillez que le permitía mantenerse lo menos extravagante posible más allá de sus dimensiones de respeto y su voz alta y ronca. Junto a ella estaba sentado quien me había parecido un asistente, o hijo, hasta que vi que ella lo tomaba de la mano durante un son y le daba de beber de una copita alta y angosta de aguardiente. Más tarde, ella le daba pasteles en la boca. Él parecía no estar del todo a gusto con ser tratado como una criatura, pero accedía mansamente como quien complace a una tía que no ha visto hace mucho y lo mima con añoranza. Cuando se puso de pie pude ver que era un joven bastante grande, fuerte y atractivo. Se fue al baño y Martinha lo siguió con la vista, acompañando su trasero para que no se perdiera en la escalera y volviera lo antes posible.

La velada estuvo bastante bien, y al cabo de un par de horas y unas cuantas bebidas, yo estaba sentada junto a todos los músicos, como una lugareña más que compartía el fin de la noche en la intimidad de la cofradía. Mis amigos se fueron y yo me quedé conversando con el viejo que tanto me había interesado cantando. Martinha me propuso que me quedara a pasar unos días allí, que además de su bar era su casa y tenía algunos cuartos que alquilaba. El lugar estaba casi desocupado durante el día, ya que la temporada había prácticamente acabado y apenas dos sirvientes, el viejo, ella y René ocupaban la amplia parte de arriba. Accedí con gusto y como un bienvenido cambio para el resto de mi tiempo en aquel lugar.

Al día siguiente le pedí a Francisco que me ayudara a llevar mis cosas a la casa; él accedió amablemente pero con un dejo de reproche. “¿Es necesario que te quedes en ese sitio? Nuestro hotel es confortable, y muy tranquilo también,” me dijo mientras subíamos la ladera de Palomas. No entendí de qué se trataba, hasta que más tarde me di cuenta de que él y Clara no confiaban demasiado en mi comedida anfitriona, aunque a mí no me importó que ellos tuvieran sus recatos burgueses con quien quisieran. Esa noche ellos también estuvieron un tiempo en el bar, menos que el día anterior, y tomamos unas copas disfrutando de la música.

“Esa Martinha es un poco escandalosa… es decir, no es que diga nada en particular ni se meta en problemas, pero no hace falta que hable para que todo el mundo comente,” pontificaba Clara. Yo fingí no entender, o que no me importaba mucho lo que nadie dijera.

Mis amigos se fueron temprano, y unos minutos más tarde René, que hasta ese momento había estado sentado muy callado al lado de Martinha, hizo una cara como de quien toma impulso y le dijo algo al oído. Ella pareció molestarse, y le hizo unas preguntas, que no llegué a distinguir con la música. Él respondió decidido y se fue escaleras arriba, seguido por ella, que intentaba disimular como podía sentimientos de aborrecimiento. Al cabo de un rato René bajó con un bolso de mano y se fue apenas saludando a los músicos que estaban tocando; Martinha reapareció unos instantes más tarde, con el maquillaje visiblemente retocado y una sonrisa falsa pintada en el rostro. Esa noche el sarao terminó temprano, mucho antes de la mañana; todos se fueron haciendo poco alarde y yo subí a prepararme para dormir.

Cuando salí del baño a la galería, vi a Martinha sentada en uno de los bancos, fumando y cantando sola. Me la quedé observando, sin importarme si ella lo notaba. Tenía algo de una mujer impresionante, pero ahora su encanto jovial se había desvanecido; ella lo había dejado caer como un velo que ya no necesitaba a esa hora de la soledad. Su rostro era amplio, de rasgos exagerados por el maquillaje, y aun así conservaba algo que llamaba a ver fragilidad en él. Los años estaban comenzando a pasar factura en sus ojos, su boca, su escote, al igual que en sus manos, de movimientos finos y cuidados, que ella llevaba frecuentemente a la cara. Se cubría la boca y se acariciaba la nariz, como quien está por estornudar o siente el perfume de una crema. Cantaba un son antiguo, pausadamente, el cual le hablaba a alguien perdido, al igual que la mayoría de las canciones del lugar. Cuando terminó de cantar, tomó su cigarrillo del borde de la mesa y me miró a los ojos. “Es el olor de René,” me dijo. “Me queda en la piel como si fuera mío.” Yo no quise pedirle que me explicara la ambigüedad de su comentario, ya que no me correspondía y evidentemente estaba hablándome como hablándose a sí misma en realidad.

Me senté dubitativa a su lado bajo el alero de cañas secas y gastadas por varias temporadas de sol y de lluvia. Ella me miró y se sonrió en un gesto poco convincente, que sin embargo me reconfortó como si yo estuviera necesitando la compañía. “Es un buen chico, pero sus amigos lo distraen mucho de mi lado. Parece que ahora fue a ver a su madre en el interior; no debe demorarse más que un par de días. Dice que está enferma y precisa verla y ayudarla.” Yo continué la conversación incoherente lo mejor que pude, hablando de su casona y de la vista de su terraza, desde la cual podía apreciarse la bahía casi en su totalidad. El ruido del mar se oía a la distancia y la luna jugaba a sacarle chispas a la oscuridad del agua. Martinha se quitó dos pesadas pulseras de plata y nácar de su muñeca derecha y las sostuvo en su mano izquierda apoyada sobre la mesa. Continuó hablándome sin quitar la vista de ellas. “¿Te están gustando los saraos?” preguntó, cambiando otra vez la dirección de la charla. Le respondí que me resultaban deliciosos, y no sólo por la música sino por la experiencia de compartir algo tan genuino del lugar, lo que para mí era impagable. “Los viejos, como llamo a mis amigos músicos, aunque no todos tienen la misma edad, obviamente, son un pedazo de historia y sin dudas de nuestra cultura local. Yo también tengo lo mío, canté mucho en otro tiempo, aunque a mí por supuesto nadie me va a llamar la vieja; por lo menos no en la cara.” Con esto dio una de sus estridentes carcajadas roncas y se guardó cualquier otra palabra mirando el agua incansable.

Luego de unos minutos de silencio me fui a mi cuarto e intenté dormir, aunque pasé el resto de la madrugada dando vueltas en la cama resistiendo imágenes calmas y perturbadoras del negro mar, las manos de Martinha y sus ojos hinchados y melancólicos. Como la madre de un bebé que está aprendiendo a dormir solo, ella apareció a las seis de la mañana sin tocar a la puerta con un vaso de leche y se sentó al borde de la cama. El primer resplandor del día, tímido y perezoso tras la neblina, se colaba por detrás de las cortinas moviéndose en el viento frío de la mañana. “Te traje leche tibia con miel y ron, para que dejes de dar vueltas y te puedas dormir de una vez, linda. Me di cuenta cuando pasé para ir al baño; es que las tablas del piso hacen un sonido bajito muy característico cuando la cama se mueve. No es que moleste, sino que me quedé pensando en que seguramente estarías desvelada. Fue una noche destemplada, y dormir sola no es siempre más cómodo.” Dejó la leche en la mesita de noche y sacó un pequeño libro del bolsillo de su deshabillé. Yo sólo la miré y ella siguió hablando, con su porte maternal. “Pensé que tal vez te interesaría leer un poco de nuestra poesía y letras de viejas canciones. No tiene que ser hoy, digo, puedes hacerlo estos días. Este librito es encantador, y tiene sones y poemas que, por algún motivo u otro, ya no se cantan. Es una pena, tanto por no escucharse más como por cómo han pasado a la inexistencia sin despedidas. Pero son bellos, creo que van a gustarte.”

Los poemas que leí eran lindos, intensos, y sin la música que a algunos los habría acompañado, tenían su propia identidad de historias tristes y cantos al amor pasado. Dormí un poco con el despuntar del día, y soñé con barcos en la arena.

Dos días pasaron, exactamente como Martinha había ponderado, y René volvió. Durante esos días yo había estado caminando bastante por la playa, llegando al sur y al norte a otros poblados, y también había visitado con el viejo músico una plantación hacia el oeste en el interior del estado. En los momentos en que estaba en la casa, no veía mucho a Martinha, que estaría, supuse, aprovechando la semana para comprar provisiones, hacer otras tareas y prepararse para las noches de viernes a domingo, que era cuando el bar abría para los saraos y se llenaba de amigos, conocidos y algunos turistas. René entró al fin de la tarde como quien vuelve del trabajo, con un aire cansado pero relajado por llegar. Pidió a la mucama que le aprontara el baño, comió algo y desapareció. Entretanto, Martinha volvió y se sentó a una mesa en el bar, junto al pasaplatos. Yo la vi de casualidad, cuando bajaba para salir a andar un poco antes de la puesta del sol. Cuando pasé a su lado y la saludé me llamó a que fuera a sentarme con ella.

“Está de vuelta en la casa, ¿cierto?”

“Sí; llegó hace poco y está descansando, creo,” agregué sin más.

“Sé cuándo está, y siento profundamente cuando se va; creo que es algo que se aprende, o, lamentablemente, se desarrolla. Y es algo que te ayuda a sobrevivir, pero te hiere cada vez con cada uno nuevo que llega.” Yo no entendía por qué me estaba contando todo eso, pero por respeto continué la conversación.

“Entonces, ¿no hace mucho que René es tu novio?”

“¿Novio? ¡Ja ja!” soltó largo y apretado como sin querer; “Novio tiene una muchacha; yo tengo al René de hoy, y me basta. O tiene que bastarme. Lo que lo hace más difícil es que no está preparado para tumbarse a mi lado dejando pasar las horas, y yo nunca lo estaré para dejarlo ir sin que me coma el anhelo. Y lo peor es que un buen día se irá para no volver.”

“Pero…” No supe qué más decir.

“Shh… no tienes por qué preocuparte, ni decir nada. Es lógico que no entiendas; yo sólo te lo dije para que supieras y, y porque necesitaba sacarlo del pecho. Muchos hombres por aquí en el pueblo, y yo, que con el tiempo han comenzado a verme como uno de ellos.”

Cuando quise agradecerle la intimidad, ella se levantó de golpe en toda su opulencia, me puso un dedo en los labios, guiñó un ojo y se fue escaleras arriba sin decir palabra. Su mano tenía un dejo de verbena.

La semana se arrastró lenta hasta la noche del viernes. Ya esa tarde, los sirvientes lavaron piso, mesas y paredes con agua de lavanda y acomodaron todo para la pequeña fiesta. Martinha en persona inspeccionó cada una de las velas en sus frascos y cacharros, cambiando las que estaban muy gastadas o deformadas para quemar lo suficientemente bien durante todo el encuentro. Comimos todos juntos una cena ligera, temprano, y nos fuimos a descansar un poco para el jaleo nocturno.

A las diez bajó el viejo y se sentó a tomar unos tragos con los dos primeros conocidos que llegaron. Un tocadiscos pasaba rancheras de otros tiempos, y poco a poco fueron llegando los invitados. Yo bajé poco después de las once para la primera ronda de pasteles, y justo cuando comenzaba la música en vivo. Martinha apareció al rato, sonriente en un vestido azul profundo con una sobrefalda transparente llena de flores. Traía pimpollos en el pelo y a René de la mano. Se sentaron solos a una mesa oscura y se quedaron un buen rato en silencio escuchando y bebiendo. Cuando el viejo pasó a cantar, fui a sentarme con ellos.

“Tendrías que aprenderte un son y cantarlo antes de irte,” me dijo Martinha en un silencio entre canciones. Yo respondí que no sabía, pero que haría lo posible para aprenderme algo hasta el domingo, que era mi último día en Santela. Ella sonrió, agradecida, y me sirvió un licor. La noche pasó larga y dulce, con varios cantores e invitados compartiendo las guitarras y unas cuantas interpretaciones dedicadas a mí.

El sábado dormimos hasta pasado el mediodía, y al levantarnos había una mesa de tartas, quesos y frutas en la terraza. Comimos y fumamos, y bajé por el borde del pueblo hasta la playa a mirar la tarde y aprenderme una canción para la fiesta. Dos de las más bonitas que me habían dedicado se me habían quedado en la cabeza, y una de ellas estaba entre los poemas de mi libro. Martinha había decidido regalármelo, y sin decir nada había entrado a mi cuarto y escrito una linda dedicatoria en la primera página: “Toma estas coplas, son para ti. [No son tuyas, es cierto, y no sabes cuántas puedan ser verdaderas; pero es tuyo el derecho a sentirlas como quieras.] Que te acompañen por siempre, y siempre lo serán.”

Canté, cantamos, y fue hermoso. La noche fue como un sueño dentro de un sueño. Al amanecer me dormí perezosa con el sol colándose por la niebla. Desperté por la tarde, apacible y silenciosa, y di mi último paseo por las colinas del pueblo. Al atardecer volví a la casa, tomé un baño y preparé mis cosas. Martinha vino a saludarme; dijo que prefería no estar cuando me fuera, que era mejor decirme un hasta siempre que quedarse a verme partir, y se fue sola a la playa.

Salimos al mismo tiempo, René y yo. Él ofreció llevarme a tomar el tren; en el camino no hablamos. Dejó el coche en la estación, y mientras subía al andén vi que salía caminando en dirección opuesta con su bolso. Poco a poco, se perdió andando en la noche.

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One Comment leave one →
  1. Ariel Raducci permalink
    abril 1, 2013 1:56 pm

    Deliciosa!

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