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Secreto

octubre 2, 2013

– Mire, Alcaraz… sé que lo que le estoy pidiendo no es lo más ortodoxo; pero digamos que su trabajo, el cual yo respeto y veo necesario en ciertos casos, no es de lo más tradicional tampoco.

– Estamos de acuerdo. La verdad es que hay muchas personas que no saben de qué se trata.

– Y tampoco es lo que podríamos llamar de lo más transparente. Pero no lo contacté y vine hasta aquí para que discutamos la ética de la investigación privada. Lo que necesito es que haga lo que sabe y me traiga un poco de información. Verá, esta persona, Rodolfo se llama, es un buen tipo, pero hay algo que esconde. No sé, nada raro, no me parece. Aunque hay cosas que no me cierran. Y quiero sacarme las dudas.

– Entiendo. Está en su derecho.

Fumó una pitada larga, sufrida. Largó el humo entreabriendo la boca sin alejar el cigarrillo de su cara, y llevando la palma de la mano hacia arriba quitó una mecha de cabello de su frente. Alcaraz, cortando un silencio innecesariamente dramático, interrumpió la escena para proseguir con los detalles.

– Vamos a hacer algo sencillo y sin riesgos para comenzar, a ver si le parece: un poco de la rutina que Rodolfo tiene fuera del trabajo; adónde va durante el horario de almuerzo; club o gimnasio… ¿practica algún deporte?

– Sí. No; va al gimnasio unas tres veces por semana. Eso es lo que dice. Por eso sale de la oficina como un relámpago a veces.

– Bueno, eso y alguna otra actividad, para comenzar. Si se ve con otras personas, alguien, a solas, más que esporádicamente. No voy a recurrir a escuchas telefónicas, eso es costoso y no es tan sencillo ahora como hasta hace unos años. Es decir, es más arriesgado porque cuesta mucho hacerlo sin dejar rastros de haberlo hecho.

– No me interesa cuánto cueste. El dinero no es problema.

– Me refiero a la dificultad, y a los riesgos legales eventuales. Vivimos en una época de mucha paranoia con la privacidad. Y, debo decirle, no es una sensación. Todo el mundo está expuesto.

– Ya lo sé… a mí me tiene en “conocidos” en Facebook. Pero eso no es protección, es falta de confianza.

– Como sea. Yo me encargo de lo mío y le traigo las informaciones que le dije. Voy a necesitar al menos dos semanas.

– ¿Dos semanas? ¡Eso es mucho tiempo!

– Necesito establecer patrones, si me entiende. Con tres o cuatro días le digo a qué gimnasio va y si va mucho al baño. Dos semanas para lo que le prometí.

.

Al cabo de dos semanas, Alcaraz volvió al mismo bar, a la misma hora de la noche, con novedades. El tal Rodolfo tenía una rutina organizada y segura: tres días por semana al gimnasio, dos restaurantes diferentes al mediodía, pero siempre los mismos. Pagaba en efectivo, salvo alguna excepción. Comía siempre solo y rápido. No llegaba tarde a la casa, y salía temprano por la mañana, solo, en el auto. – Una vez pasó a buscar a una mujer grande, que debía ser la madre, y la llevó a un instituto de diagnóstico médico. La dejó y se fue al trabajo. Hay fotos, pero es todo lo mismo: él en el auto, él subiendo o bajando del auto, él comiendo, entrando y saliendo del edificio de la empresa. Están en este CD.

– ¡Pero eso lo puedo saber yo! Ya sé dónde come, y ya fui con él.

– El primer fin de semana no pude seguirlo porque mi nena se enfermó y mi esposa me pidió que me quedara en casa para estar presente. Es muy chiquita.

– ¿Me está tomando el pelo?

– No… vea…

– Perdón. Le pido disculpas. Lo que quiero decir es que yo sé varias de esas cosas. Y la madre vive en la misma calle, a dos cuadras de su casa. Disculpe, pero necesito más. Le pago lo que necesite. Vaya a la casa; dígame si se ve con alguien, aunque parezca algo casual. Preciso saber. Quédese a la noche si puede. Tiene que haber algo.

– ¿Usted sabe dónde vive?

– Sí. ¿Por qué?

– No es un lugar muy seguro para pasar la madrugada sentado en el coche. Hay rondas policiales, justamente por la inseguridad. Pero está bien, yo me encargo. Deme una semana; diez días, y nos vemos acá el jueves 28 a la misma hora. Si no le traigo lo que quiere, no me paga.

.

El jueves 28 de mayo, otra vez como las anteriores, se encontraron a las 20:00 en el mismo lugar. Fueron a una mesa interior por el frío. Alcaraz tenía un gesto triunfante; por más que quisiera esconderlo, era como de quien sabía que la información era definitiva.

– No hice captura de llamadas, pero tengo de todo.

– ¡Ay, hable, por favor! Lo que sea.

– Calma, que no hay nada malo. Los primeros días, todo igual. Compró flores el lunes, un ramito sencillo, en el semáforo, a un muchacho.

– ¿Cómo que a un muchacho?

– A un pibe que vendía entre los autos parados. Las llevó a la casa de la madre, en otro de los monoblocks del complejo. El viernes a la noche fue un rato, unos minutos, a una casa en el mismo barrio; una casa humilde. No me pude acercar mucho por causa del perro que hay en la entrada, que ladraba sin parar en cuanto alguien se acercaba a menos de cinco metros. Pero está en las fotos.

– Pero… ¿no sabe a quién fue a ver? ¿Un familiar, amigos?

– Estuvo muy poco tiempo como para hacer una visita. Fue a arreglar detalles.

– ¿Detalles? ¿Cómo puede saber eso? ¡Ahora es adivino, Alcaraz!

– Déjeme contarle, por favor.

– No, sí, claro… – Supo que tenía que prepararse para un golpe. Encendió un cigarrillo a escondidas, y lo sacó por la ventana, dejando la mano afuera. Aunque no pudiera fumar, necesitaba la costumbre. Así, en falsa escuadra por la posición, se acomodó como pudo, respiró hondo y lo miró a los ojos. – Vamos, adelante.

– El viernes salió de aquella casa y se fue a cargar combustible, aprovechando que era tarde y las filas no estaban tan largas a esa hora. Llenó el tanque, midió el aceite, rectificó el aire de las ruedas del auto. Pagó con tarjeta.

– No me importa la tarjeta ahora.

– El sábado temprano volvió a la casa. Entró un instante y salió con el chico y un bolso de viaje. Seguramente aprovechó el feriado para pasar un tiempo juntos. La madre…

– ¿El chico? ¿La madre? ¡El chico! ¿Viajó con un chico y se llevó a la vieja también? No, no entiendo nada.

– No fue la madre de Rodolfo, sino la madre del nene. Pero ellos tienen…

Quiso llevarse las manos al rostro, pero la mano del cigarrillo golpeó la ventana entreabierta; acomodó la trayectoria y en el camino derribó el vaso de soda. – No, no ¡no!

– La madre fue para…

– ¡No me interesa para qué fue la madre, ni si fueron felices y comieron perdices! ¿No ve lo que me está diciendo? ­– Sacó la tarjeta de crédito, temblando, y pidió la cuenta con un grito. Nadie se dio vuelta. Quedó murmurando, mirando por la ventana. El detective estaba visiblemente incómodo, y quería terminar con el asunto de una buena vez.

– Traje otro CD; no sé si lo va a querer. Mire, sé que hay cosas que son difíciles de tomar, –prosiguió en tono profesional, algo ofuscado, – especialmente cuando hay criaturas de por medio. No me quiero meter… ¿Él no te contó que tiene un hijo? ¿Qué clase de relación tienen ustedes?

– ¡No te lo voy a permitir! ¡No te la puedo creer, ahora dándome clases y preguntándome cosas! Tenemos… en el trabajo… ¡Pero, qué le importa, Alcaraz!

– Le pido disculpas. Van a ser tres mil pesos, Sr. Ramírez.

 .

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