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El Corte

octubre 6, 2013

Lluvia; Facebook bajo la glorieta y lluvia. Ese era el plan de la noche, y había sido la actividad de la tarde. No que la lluvia hubiera sido parte del plan, pero, conforme al cumplimiento de las predicciones del servicio meteorológico, comenzó a llover por la tarde y continuaba, con más ganas y menos espacios de garúa, cada vez, entrada la noche. Yo pensaba que se hacía hora de traerme un paraguas de la habitación, dado que tendría que cubrir el notebook con algo para llevarlo de vuelta a salvo de los chorros arteros que caían de todo borde y canto de los techos en el camino; pero acababa de conectarme con una amiga y estaba contándole de nuestros días de descanso y humedad en la costa. Como siempre, el verano tiene eso y poco más en esta parte del litoral paulista; un poco de sol, poco para no malacostumbrar a nadie, mucha lluvia, esperada por costumbre del clima pero sorpresiva en muchos de los momentos menos sospechados del casi constante gris del cielo; la humedad, sempiterna en la mata, con su densidad inexpugnable en la temporada. La verdad, puesto a ver, el descanso es lindo pero apenas uno se relaja ya quiere volver a la suya, ver amigos, retomar la vida habitual, recomenzar lo que nos cansó. De eso estaba conversando, cuando se levantó viento y las primeras gotitas llegaron a la mesa.

“Subo unas fotos y me llevo todo para adentro,” pensé. También quería, además de guarecer mis pertenencias, echarme a ver alguna peli, aunque fuera a medias, para dormir. La noche se venía larga, y la eficaz previsión del tiempo había anunciado que habría tormenta por la madrugada y lluvia toda la mañana, ideal para dormir. En medio de los elementos, la nada de la nada del poblado, las ranas croando como latas escondidas y las hojas cayendo eran lo único que corrompía mi burbuja de agua. ¡Bum! Truenos, a larga y media distancia; pocos pero decididos. Siempre es bonito admirar los rayos en lugares como este, descubriendo las partes que quedan expuestas entre las pesadas camadas de nubes con cada refucilo. Pensé en filmar un poco el cielo, a ver qué salía, pero seguí escribiendo. ¡Paf! Un trueno, un golpe seco y distante pero claro, y al mismo tiempo un silencio que demoré un segundo en asociar. Algo pasó, en medio de la noche, algo que acalló algunos de los sonidos y las luces. ¡No había luz! La pantalla del notebook cambió de iluminación, y tal vez por eso no percibí el corte por un instante, hasta acomodar la percepción a la escena. En el preciso instante del golpe, se había levantado una ráfaga de viento, fuerte, y la lluvia se había intensificado de repente. ¿Era eso? Era eso y la oscuridad; no sólo general como hasta ese momento, sino absoluta. Alcé la vista y vi el gris negro cercano y a la distancia, y no vi la piscina, ni las plantas. Era el corte.

Dos, tres, cuatro segundos y percibí el asfalto del cielo cortado por el alquitrán de las no figuras en la oscuridad. El viento soplaba hacia dentro de todo, y la lluvia tocaba la mesa con confianza y enviaba gotas sobre el libro, la pantalla, mi mano derecha. No tenía miedo: estaba en un predio cerrado, en una noche cerrada, con la habitual falta de gente y más esa noche, en la que los otros dos autos, fantasmas siempre sin gente dentro ni cerca, parecían haber salido para no regresar. Tampoco había nada extraño, ni podía haber o entrar; no había qué temer. Pero tenía que pensar cómo andar el trecho entre paredes y chorros, bajo la lluvia, para llevar las cosas al cuarto sin mojarlas demasiado ni darme contra una pared o escalera en el trayecto. De repente oí un “Quédate ahí” que me dio confianza y me recordó que Damián estaba en el cuarto, y despierto, obviamente molesto y desolado con el apagón y consecuente falta de entretenimiento en su ordenador. ¡Y sin aire acondicionado, ni ventiladores! Bueno, pensé, vamos a solucionar el agua y veremos.

Llegó con un paraguas, y mientras tanto yo alumbraba a mi alrededor con un encendedor para encontrar los dos vasitos con velas viejas que había visto cuando llegamos. Encendimos las velas, las pegamos al fondo de los vasos, y percibimos de reojo el mal humor de ambos y la mayor incertidumbre. A los dos nos pasaba lo mismo por la cabeza: era apenas medianoche, sin sueño y sin medios de entretenimiento ni pasatiempo; sin luz no había aire acondicionado para morigerar el vaho caluroso del cuarto durante la noche, ni ventiladores para circular el aire húmedo y pesado. Lo peor sería intentar dormir en aquel silencio vacío, pues ni siquiera era mucho el barullo de la lluvia, pareja e incesante, y los mosquitos. Sin electricidad, sin viento que los dispersara, y sin el aparato de insecticida que funcionaba constantemente enchufado a la toma de la pared del cuarto, ellos estarían libres y prontos a hacerse un banquete. Lo peor estaba ahí en el aire, esperando el insomnio para torturarnos, o el eventual sueño para despertarnos.

Y así fue; Damián se roció y embadurnó de repelente, y se metió bajo la sábana, con un poco de sueño de hastío. Yo me pasé un poco del aerosol y me recosté bien despierto sobre la cama, como esperando los bichos dejándose caer de a poco a lo largo de la madrugada. El perfume del repelente y sus solventes, todo en el aire quieto y en cantidades, eran un poco asfixiantes. Las puertas y ventanas estaban cerradas, muy a descontento de los ocupantes humanos, y la habitación estaba tan quieta que parecía ni haber aire en la humedad, como ilusionando que no hubiera medio en el cual los irritantes alados pudiesen volar hacia sus dos víctimas yaciendo a la espera. Irse a acostar así, e intentar dormir, con los mosquitos parados en cada pared contra toda ley de física, es como una jugada loca en una partida de ajedrez suicida. Uno es la única pieza contraria, que sólo puede moverse a torpes manotazos, y ellos, un informal pelotón de alfiles voladores.

Sorprendentemente, comencé a oír la profunda respiración de Damián, que se había quedado dormido en cuestión de minutos. Eso me reconfortaba y me presionaba más a no hacer ruidos o moverme demasiado. Sólo apoyé el frasco de repelente en el piso al lado de la cama, ya que seguramente debería reforzar la protección con el paso de las horas en vela. La tormenta estaba feliz allá afuera, tronando y ventando, lloviendo y llenando los pozos de las calles de tierra, gastados por el agua de cada día, cada noche, que nunca llegaba a evaporarse con las pocas horas de sol abierto del verano litoraleño. Mi falta de sueño era compensada por los leves ronquidos de mi compañero, los cuales esperaba me tentaran a imitarlo, unidos al canto del agua y el viento en la noche tomada por la naturaleza. Sólo entonces noté un olor creciente, pesado, como de basura de verano. Seguramente, sin aire y sin viento, provenía de la cocina anexa, sin puerta y sin ventilación luego de un día de mucho calor.

Desperté luego de un corto sueño repentino, con la picazón de nuevos regalos de mis enemigos más molestos. Con dificultad, palpé dos picadas en la espalda, las cuales nunca pude entender cómo fueron acertadas conmigo boca arriba, y con el mayor esfuerzo divisé la hora en mi reloj, 01:30. Había dormido poco más de media hora. Calculé que, a ese ritmo, conseguiría dormir otros ratos hasta el amanecer y, con suerte y sin lluvia, iría a sentarme en el agua de la piscina o algo por el estilo. El cuarto seguía oscuro, más que de costumbre, y afuera ningún ruido fuera de lo esperado. Fue allí cuando comenzó la danza de los pequeños vampiros, continua, burlona y siempre rozando mi piel o cerca de mis oídos, como anunciando que les pertenecía.

La siguiente hora fue alternando entre mis morisquetas, con suficiente movimiento como para intentar ahuyentar los mosquitos pero no demasiado como para despertar a quien dormía bajo la sábana. Ya no escuchaba las ranas, ni me importaban el viento y la lluvia, apenas los mosquitos y sus vuelos rasantes. ¡Malditos! Mientras pasaba la mano por una nueva picadura, sentía otro posarse sobre mi hombro derecho, y casi a la vez uno pasar con su irritante “fiiiiii” a milímetros de mi oreja izquierda. No podía ser así por mucho tiempo, y yo sin perder la paciencia. Quería hacer algo, alguna cosa que llevara tiempo y pudiera ser hecha dentro de un cuarto, sin salir a la noche ni meterme en el baño, en el cual la cantidad de insectos sería aún mayor. Pensé sin resultados, mientras maldecía los bichos y sus dañinas narices. Miraba el reloj cada tanto, e iba leyendo o adivinando la hora. Al cabo de una hora, estaba hastiado de lo mismo.

Un trueno muy fuerte sacudió algún paraje o playa alejados, pero lo suficientemente estruendoso como para despertar a los dichosos durmientes. Escuché la respiración de Damián parar, lo que quería decir que había parado de dormir; pero enseguida volvió a lo suyo. Yo quería salir más que nunca, salir al oscuro, a mojarme, a hacer algo que me ayudara a matar el rato. No había afuera ni siquiera un ruido extraño, algo que me alertara y diera miedo, para decidir salir a ver, asustado, comprobar que no era nada, y al rato dejar que la adrenalina bajara y sobreviniera el sueño definitivo. Porque sueño ya tenía, lo que no podía era dormir. En la nada, y por nada, un perro vecino comenzó a ladrar; no eran aullidos, ni gruñidos, sólo ladridos agudos que se repetían. Era molesto, pero al repetirse y retomar la retahíla, pensé que vendría la oportunidad de pasar un poco más de la noche con algún evento que me proporcionara entretenimiento. El cusco no se cansaba; así ladró por unos cuantos minutos, mientras yo esperaba algún movimiento, el sonido de algo siendo roto, cayendo, o cualquier cosa fuera de lo usual en la noche. Paró, pero no se escuchó nada más; una gran decepción. A las tres y media, Damián se levantó, se puso unos bermudas, agarró su almohada y abrió la puerta. Pensé que estaría medio dormido, pues no había adónde ir o qué hacer afuera. Las reposeras estaban en el solar bajo la lluvia, y los bancos de la pérgola eran prismas de madera alargados, demasiado incómodos para siquiera estar un largo rato sentado sin cambiar de posición.

Le dije “Tómate algo y vuelve a la cama,” a lo cual no respondió por unos segundos, y, luego de mirar la lluvia brillando en la oscuridad, dijo “Me voy a dormir al auto, con aire acondicionado y menos mosquitos.” Se fue con las llaves del auto en una mano y la almohada bajo el otro brazo. No escuché más que los dos primeros pasos en las piedras del sendero; no escuché ni cuando desactivó la alarma, ni cuando cerró la puerta del coche, ni siquiera cuando arrancó el motor para encender el acondicionador de aire. Yo me quedé un poco preocupado, pensando que, en el mejor de los casos, se dormiría más cómodo y despertaría temprano de mañana, cuando se descargara la batería y el aire y el auto parasen.

Ahí tuve unos cuantos minutos de pensamientos nuevos, con la preocupación del auto y su batería descargándose, la aldea sin energía, las calles inundadas y la posada perdida en el barro, sin cómo llamar a un seguro para que intentara localizarnos, llegar,  mover el auto y cargar un poco la batería en la lluvia. Todo eso, claro, si fuera posible. Otra posibilidad sería esperar hasta el amanecer, guardar todo en el maletero y asientos traseros del auto, y salir a la ruta para volver lenta y trabajosamente a casa. Pero, para eso precisábamos un Damián algo descansado y la batería del coche con un mínimo de carga, escenarios que eran mutuamente excluyentes. “!Fiiiiii, fiiiiii!” los malditos, y yo asfixiándome con repelente, que parecía mi aderezo para su deleite. No había casi ningún sonido, al menos nuevo, en el agua empujada por el viento, los desagües, y mis manos ya instintivamente dándome de cachetadas en el letargo ensopado de enero.

Una acelerada fuerte, larga y seca casi me hizo saltar de la cama. “!Pero!” Qué fue eso, me dije, medio en voz alta y medio pensando. Era nuestro coche, estaba seguro. No conozco tan bien los sonidos de motores, pero los otros autos en la posada habían desaparecido con la primera lluvia y la caída del sol. Tenía que ser de nuestro auto, pero no había sido precedido por otros sonidos, ni seguido de los ruidos de las ruedas girando en las piedras, ni mucho menos el paragolpes dando contra nada. ¿Qué podría haber sido, y cómo? ¿Damián habría visto algo y se habría asustado, sobresaltado? Eso no tenía sentido. Pero tampoco tenía sentido que hubiera entrado alguien en medio de la noche, y menos alguien que se hubiera acercado al auto, en la oscuridad, sabiendo que había alguien durmiendo adentro. Algunos minutos, o un buen rato, me quedé sentado en la cama, pensando en salir, ir hasta el patio, para qué y cómo. Esa oportunidad de asustarme y pasar el rato no era entretenida. Decidí esperar, pensar y esperar. Nada.

Mientras intentaba pensar y esperar, y nada se me ocurría, oí el ruido de algo cayendo y raspando la pared afuera de la persiana del cuarto. Era el sonido característico de un paraguas abierto; ya lo había aprendido en las tres noches de lluvia anteriores. Pensé que Damián se habría decidido a volver a la habitación, cansado de no dormir y con alguna historia para explicar la acelerada repentina. Pero, luego de unos instantes, la puerta no se abrió, no vi nada, y tal vez escuché media pisada a uno o dos metros sobre las piedras del sendero. Y nada más. Sólo aquel olor fétido volvía a primer plano, pero no podía ser de la cocina, pensé, pues se había intensificado con la puerta entreabierta; debía ser de los desagües, o de alguna cosa allá afuera, pero lo suficientemente fuerte como para meterse en las casas en la lluvia. Ya no sabía ni podía calcular cuánto tiempo había pasado, ni me interesaba adivinar qué hora era. Estaba realmente exhausto y molesto, aunque a la vez alterado por los recientes acontecimientos sin sentido aparente. Me puse de pie, busqué las zapatillas con los pies al costado de la cama, y me ubiqué en dirección a la puerta. Tanteando la pared y la cama, encontré los anteojos sobre la mochila, me los coloqué como parte del atuendo, tan inútiles en la noche lluviosa como el resto de la ropa, y abrí la puerta. Salí en la lluvia, ya no me importaba mojarme, el paraguas que en efecto estaba abierto en el suelo, los anteojos inútiles, ni la batería descargándose. Sólo quería entrar en algún estado alterado que me hiciera olvidarme de los mosquitos y el desvelo atroz.

Mientras iba por el sendero, esquivando alguno de los chorros del drenaje, percibí un sonido bajo y constante, tranquilo, como el de un acondicionador de aire. No podía ser de ninguna de las casas, pero pensé que tampoco parecía provenir del auto, ya que no podía escuchar el motor. Todo podía ser en la distorsión de la tormenta y mi sueño. Giré a la izquierda frente al quincho y me dirigí hacia el patio central para ir hasta el coche. Cuando estaba a pocos pasos, miré alrededor, y si bien no pude discernir mucho, no había casi nada. Me detuve a medio metro del auto, me recliné y entreví que no había nadie en el asiento del conductor; entonces miré por la ventanilla trasera y tampoco distinguí nada. Golpeé dos veces, y apareció de repente un torso en la oscuridad. Pude ver que era Damián acercándose al vidrio, con los ojos muy chicos de un sueño profundo, como si hubiera estado durmiendo horas y se hubiera despertado sin pensarlo. Por un segundo me entristecí y me alegré a la vez, y mientras pensaba eso vi una sombra subir por su espalda, una sombra que nunca pude distinguir. Debo haber hecho una mueca de horror congelado, pero él seguía asomado, casi apoyado sobre la ventana con sus ojos mínimos y su expresión perdida. Yo no podía pensar ni reaccionar, y ahora la sombra era lo negro del interior del auto creciendo, lo cual no tenía sentido, o realmente algo subiendo sin yo poder distinguirlo.

Apoyé las manos sobre el vidrio y traté de decir algo, pero no salió nada. La sombra nunca fue nada concreto; Damián estaba en ese largo instante inmóvil, como suspendido, porque yo podía con dificultad distinguir parte de su torso, su cabeza y su rostro; con esos ojos anestesiados, y la boca entreabierta. La boca se estaba abriendo, se estaba despertando finalmente. El ruido del acondicionador de aire era el del coche, lógicamente, pero lo extraño era que aun al lado del auto no se oía el motor, estaba todo muy silencioso. En ese momento, entre mis pensamientos sobre el auto, sin saber por qué, dirigí la mirada hacia el asiento del conductor y vi ojos. ¿Eran ojos? Ya había mirado y estaba vacío, y Damián estaba en el asiento trasero. No vi a nadie en realidad; tampoco vi ojos plenamente, tan sólo unas líneas como tenues luces amarillentas a la altura de la mitad de la ventanilla delantera. No podían ser reflejos de luces del exterior sobre el vidrio. ¿Cómo? Tampoco estrellas, nada del exterior en la noche cerrada. Entre mis pensamientos revueltos y aturdidos, las líneas desaparecieron hacia el frente, se desvanecieron, y el auto, en silencio, sólo con el ruido de las ruedas sobre las piedras, avanzó hacia la nada.

No había salida hacia adelante, ni siquiera un muro o una verja, sólo plantas y algunas palmeras. Yo no podía moverme, estaba petrificado y no podía entender ni reaccionar. El coche avanzó sin hacer ruido alguno en su marcha, sin apuro y sin sentido hacia la nada oscura de las palmeras. Lo vi, moviéndose, lo vi y dejé de verlo en cuestión de lo que tardó en avanzar y desaparecer. La última imagen fue el negro de la boca entreabierta de Damián, siempre dormida, recortada, inerte, asomada a la ventana trasera. Y la lluvia enterrando la noche, y un olor nauseabundo a basura.

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el corte

 

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