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Tres Filos de Una Hoja

noviembre 2, 2013

Entró apresuradamente a la cocina a buscar el inhalador que había dejado en el aparador, y tropezó con algo en medio del camino. Durante la caída se dio cuenta de que había dejado el bidón de agua en la entrada, para ponerlo en su lugar más tarde, y había olvidado acomodarlo; no era otra cosa. Fue el susto lo que le hizo perder el equilibrio, más que el golpe en sí. Se desplomó libremente, y mientras pensaba en su torpeza y su descuido se olvidó de reaccionar y fue a parar de lleno contra el piso. Hubo un movimiento reflejo justo antes de estrellarse, pero sólo empeoró el resultado; primero golpeó un hombro, pesadamente, y enseguida el costado de la cabeza. El cristal izquierdo de sus anteojos se partió, y una sección alargada se incrustó en la nariz, justo en el ángulo interno del ojo. El sacudón lo habría noqueado, a no ser por el pinchazo artero y el dolor instantáneo y agudo irradiando en su frente.

Lara llegó de hacer compras poco después del accidente, apenas unos cuantos minutos más tarde. Abrió la puerta de entrada y fue directamente al baño del living, soltando las bolsas y las llaves del auto sobre la mesa de vidrio en el preciso instante en que Alfredo, consciente de la presencia de su esposa en la casa y juntando fuerzas entre callados espasmos de asma, intentaba llamarla. Fue demasiado bajo y demasiado corto como para ser escuchado, mucho menos con el ruido metálico sobre la tapa de la mesa y el tronar de las bolsas de papel y plástico acomodándose mientras Lara ya estaba abriendo la puerta del baño. Una vez que terminara y saliera, él se dio cuenta, sólo tendría una chance de pedir ayuda lo suficientemente alto como para que ella oyera su llamado; y si ella tomase las bolsas y fuera a su cuarto, tal vez sería demasiado tarde como para ser descubierto y socorrido. Los espasmos eran cada vez más seguidos e insoportables, y la falta de aire lo estaba dejando extrañamente pesado y débil.

Por casualidad, Lara, que estaba por ir a guardar su ropa nueva en el vestidor, dejó las bolsas que acababa de tomar nuevamente y se dirigió a la cocina para buscar una lata de Coca fría. Entró casi de costado, con total intención de abrir la heladera, cuando percibió el bidón e inmediatamente a continuación a su esposo caído en el piso. Se agarró el estómago y dio un paso hacia atrás, acomodándose inconscientemente por el susto, cuando se dio cuenta de lo que eso significaba. Se llevó la mano a la boca y comenzó a reír una risa baja mientras apretaba los ojos y hacía una mueca sarcástica que hacía que su bello rostro se contorsionara en un gesto casi diabólico. Tanto había pensado, tantas veces y tantos días, y nada se le había ocurrido como para lograr que Alfredo tuviera algún percance y algo le impidiera llegar a su inhalador en el momento en que le sobreviniera un ataque de asma… y ahora, por casualidad, sin nadie más en la casa, como un regalo inesperado, él se había causado un accidente que lo estaba haciendo morir gratis.

Alfredo, que poco había visto de la escena más que la cara transfigurada de su mujer, no terminaba de entender lo que estaba sucediendo con ella. Mucho menos comprendía por qué no estaba sobre él, gritando, o llamando al servicio de emergencia desesperada. Pronto todo estuvo claro. Erguió la cabeza, un poco para soportar una vez más el dolor insaciable de sus pulmones quemando sin poder respirar, y un poco para intentar mirar a su esposa a los ojos. Ella estaba tomando el teléfono mientras agitaba la cabeza con absoluta tranquilidad.

Lara marcó un número, esperó apenas unos instantes, y una voz le respondió su nombre del otro lado.

– ¿Querés escuchar lo más loco que te hayas imaginado? Ni te cuento; si subís rápido no te perdés el final–.

El moribundo no podía creer lo que estaba sucediendo. Entre sus pensamientos confusos, ennegrecidos por la inminencia de un final de pesadilla para su vida, vio cómo su esposa abrió la heladera, sacó una lata y tomó un vaso limpio de un estante casi encima de su cabeza, mientras continuaba sonriendo y agitando su cuerpo con una conmoción placentera digna de un demonio encarnado. Ella se sirvió la bebida, dejó la lata y el vaso sobre la alacena, y giró sobre la suela de una de sus botas para abrir la puerta de servicio en el momento en que Rodrigo salía por el hueco de las escaleras en dirección hacia la entrada de la cocina.

A través de la abertura, a contraluz y acompañando la negra figura de Lara recortada sobre sus tacos, Rodrigo reconoció un bulto atrás y en el suelo. Se llevó las manos a la cabeza, se detuvo congelado por un instante, y pasó de un salto al interior de la cocina, empujando a Lara con la fuerza de su cuerpo proyectado en un salto desesperado.

–Pero ¿qué mierda hiciste–? gritó mirando a Alfredo, que ya estaba inconsciente, mientras ella sostenía la puerta, desfigurada por la inesperada reacción y sin entender qué estaba pasando.

 

Rodrigo, el vecino del piso de abajo, se había hecho buen amigo del matrimonio. Tan buen amigo, de hecho, que había pasado a cubrir todas las carencias y falencias maritales de Alfredo. Tal y como los amigos y las hermanas de Lara habían vaticinado, el hombre maduro que ejercía una atracción inteligente y mágica en la joven Lara se había convertido en un viejo poco interesante, a pesar de todo, con el paso del tiempo. Ella nunca había querido aceptar eso como una posibilidad y, arrebatada de amor casi adolescente, se había casado con la ilusión de ser para siempre feliz junto a su príncipe sabio. Al cabo de unos años, varios pero no lo suficiente como para hacer de Lara una mujer completa y sosegada, las diferencias y los deseos abrieron una brecha entre la realidad y sus necesidades.

Alfredo nunca fue muy entusiasta en aspectos familiares; no le interesaba mucho la idea de tener más hijos, pues ya tenía dos de su primer matrimonio, dos esposas antes de Lara. Tampoco quería crear un mundo que no le correspondía. Si bien era un hombre lleno de energía y vitalidad, cada uno estaba en un momento diferente de sus vidas. El matrimonio desgastó la ilusión de los planes comunes, y la fachada de felicidad permaneció intacta, como casi único estandarte para el alrededor. Él no percibía, sin embargo, que su mujer deseaba sentirse más viva, y que no lo estaba sintiendo a su lado. Ella dejó que la vida los llevara hacia un callejón sin salida; naturalmente, su insatisfacción estalló en primer lugar a través de sus necesidades de sentirse joven, bella (que lo era, y mucho) y deseada.

Así fue como su vecino se convirtió en quien le daba placeres carnales e intimidad compartida, la cual había dejado de tener con su esposo casi como parte natural de su vida de casados. Rodrigo era divertido, aunque un poco inestable, y le ofrecía compañía y excitación, que era justamente lo que le estaba faltando. Alfredo jamás se opuso a aquella amistad, ya que desde un comienzo consideraba que Rodrigo podía ser homosexual y eso lo dejaba tranquilo.

Lo que había comenzado como un juego se había vuelto una obsesión para Lara, y cuanto más quería estar con Rodrigo, más quería dejar de estar con su esposo. Hasta el punto en que comenzó a desear que desapareciese. Pero eso no era tan sencillo como querer que algo pasara. No iría a divorciarse, y de esa forma perder la soltura de una vida confortable y sin preocupaciones. Tampoco podía matarlo con sus propias manos; no era esa la idea. Sólo quería librarse de él de un modo en que todo continuara como estaba, con el agregado que ella sería viuda y podría decidir hacer de su vida lo que mejor le pareciera. Al principio, todo eso le resultó un poco ridículo e infantil a Rodrigo, quien no lo tomó en serio para evitar pensar realmente en una locura de tales proporciones. Pero a medida que los meses transcurrían y Lara se quejaba más y más a menudo de su infelicidad y su opresión, comenzó a prestarle atención para ver qué se traía y hasta dónde estaría dispuesta a ir para lograr su cometido.

La idea de que su esposo encontrase su propia muerte por accidente era lo que más le interesaba a Lara. En los últimos años, el asma de Alfredo se había vuelto una presencia casi permanente, y necesitaba estar siempre cerca de su inhalador, aunque no le gustaba llevarlo con él para no sentirse del todo dependiente. Eso había creado la falsa ilusión en su mujer de que, en el momento preciso y con apenas un ajuste de situaciones, todo podría desencadenarse de manera singularmente natural. Ella comenzó a guardar los inhaladores fuera de la vista de su marido, sin esconderlos para no llamar la atención de manera evidente, al mismo tiempo que comenzó a pasar mucho más tiempo fuera de casa. Clases de tenis, de teatro, paseos con amigas y compras la mantenían casi todas las tardes ocupada y a una distancia siempre prudencial y segura, mientras esperaba el repentino desenlace. Pero no todo era tan simple como esperar que Alfredo tuviera un ataque de asma y no llegara a encontrar los remedios en el tiempo necesario. Una vez, inclusive, un acontecimiento había dejado a su esposo al borde de la muerte. A partir de ese momento siempre había un inhalador en el baño del cuarto, uno en la cocina y un tercero en el escritorio.

Entonces pidió la ayuda de Rodrigo, quien se negó rotundamente a hacer nada para perjudicar directamente a su amigo. Semejante desplante la llenó de ira, y durante algunas semanas no quiso saber de él, más que para recibirlo en casa como amigo de la familia, lo que no podía dejar de hacer cordialmente para no levantar sospechas.

Sin resultados favorables y sin la compañía y diversión de su amante, Lara se puso mucho más susceptible y dio un paso al frente: todos los días, mientras Alfredo estaba fuera trabajando o dando un paseo con el perro, ella vaciaba una dosis de cada uno de los dispositivos, menos el del escritorio, que él llevaba consigo. Ese lo aprovechaba mientras su marido se bañaba. Era metódica, y no se le escapaba detalle de lo que se proponía. También compró varias almohadas y almohadones de plumas para la cama y los sillones, sabiendo que no ayudaban a la salud de su esposo, pero con el pretexto de renovar y mejorar la comodidad de esos ambientes. Ahora siempre había flores, incienso y esencias de aromaterapia por todos lados.

Alfredo nunca sospechó de nada, y tampoco comentó con su amigo los cambios en el comportamiento de su mujer, pensando que éste podría contarle a Lara y crear algún tipo de tensión indeseable en el matrimonio. Después de todo, no había nada de malo en que ella saliera más, viera a sus amigas y se entretuviera un poco haciendo compras y cambios en la casa.

 

– ¡Estúpida –! gritó Rodrigo, finalmente, sosteniendo la cabeza de Alfredo cuidadosamente por la nuca para no mancharse y viendo que su situación era desesperante. –Estás loca… ¿te das cuenta de lo que va a pasar ahora –?

Lara estaba inmóvil, como petrificada ante la situación. Cerró la puerta con un único movimiento de su brazo, y quedó dura con su mano apoyada sobre el marco de la puerta. No lograba explicarse la reacción de Rodrigo; luego de tanto elucubrar, no entendía cómo él la insultaba de esa manera, cuando sus planes habían finalmente resultado.

Lo que nunca había reflexionado era que los planes eran suyos, y no compartidos como siempre había pensado. En un momento todo estuvo claro para ella: Rodrigo nunca había querido deshacerse de Alfredo realmente. Era un aprovechador, pero también era un cobarde, y ahora con seguridad la llevaría a la ruina y a la cárcel con su miedo inocultable.

Pero en realidad, Rodrigo no estaba aterrado; por el contrario, estaba furioso, lleno de un odio repentino y violento hacia la infame que tres minutos atrás lo había llamado a presenciar la muerte de su marido. Apoyó la cabeza de Alfredo en el piso, se puso de pie y enfrentó a Lara con un silencio perturbador y amenazante.

– Qué vamos a hacer ahora, es la pregunta ­–respondió la mujer, mirándolo fijamente a los ojos para no mostrar su propio temor. – Porque en esta también estamos juntos –.

– ¡De ninguna manera –! concluyó Rodrigo, de repente casi un desconocido para Lara. – Es tu mierda y te la vas a arreglar solita –.

 

Con los años de conocerse y frecuentarse mutuamente, Rodrigo había trabado una fuerte amistad con ambos.  Los quería realmente; y, al convertirse en el amante de Lara, se había hecho no pocos cuestionamientos acerca de su relación con el matrimonio, y con Alfredo, a quien admiraba y siempre había respetado. Había llegado a conversarlo con Lara, pero ella nunca lo había tomado muy en serio, ya que consideraba que quien se prestaba a tal juego no podía ser sincero consigo mismo si se cuestionara algo que le parecía tan ilógico de sólo pensarlo. Siendo una mujer tan determinada y orgullosa, cada paso que daba lo sostendría hasta el fin.

Nunca pensó, hasta ese momento, que Rodrigo no la estaba acompañando como ella pensaba. Se le hizo claro, como una revelación, que él simplemente la había escuchado en todo momento, pero nunca había planeado con ella, o compartido en caso alguno, una idea para eliminar a Alfredo. Ahora estaba enfrentada frente a quien podría convertirse en su peor enemigo por un truco de las circunstancias.

 

– Si yo voy presa… –comenzó a decir, cuando Rodrigo rompió en llanto y se llevó las palmas de las manos a los ojos. Lloró intentando contener la angustia, pero era demasiado tarde para esconder el significado de su dolor. Giró de espaldas a Lara, se arrodilló junto a Alfredo, apoyó sus manos a los lados de su cabeza y se agachó a besarle los labios. El llanto se desató en un lamento espasmódico, y con él cayó finalmente la pantomima que había llevado por un largo e impensado verano.

Cada sollozo fuerte, hueco, era una puñalada rasgando el orgullo de Lara. Se incendió de asco.

Supo que, a partir de ese momento, sería matar o morir.

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2 comentarios leave one →
  1. Lilia Picolini permalink
    noviembre 5, 2013 12:32 pm

    Qué buen relato!!!! Excelente, en realidad. Y con ese final, esos sentimientos de Rodrigo que apenas vislumbré al ir leyendo. Bravo!!

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