Skip to content

En un Mundo Nuevo

noviembre 16, 2013

“¡No puedo más!” gritó desde un balcón del Salón Oval el hijo del Presidente. Casi nadie se atrevió a girarse, y mucho menos a comentar nada acerca del exabrupto. La Duquesa suprimió un gesto de reprobación a medio camino, mientras pensaba en voz alta “Esta chiquilla parece decidida a estropearnos la velada, la semana toda.”

La Duquesa de Albéniz había llegado dos días antes, recibida como visitante ilustre y alojada en los aposentos destinados a personalidades y otras rarezas venidas del Viejo Mundo. Algo vetusta, y sin embargo portadora de una presencia maciza e irradiante de rancio vigor, brindaba a la ocasión aquella pátina de abolengo y extranjerismo mayormente perdidos en los tiempos que corrían. La mayoría de los presentes no sabían quién era, aunque su nombre, junto con la versión completa de sus títulos, ya había sido anunciado a su entrada a la sala auditorio para la presentación formal de la tarde, así como en los medios pertinentes como parte de los colores de la semana patria. Las conmemoraciones del Bicentenario (¿o era Tricentenario?) de la pequeña república daban el marco apropiado para la ocasión y, de manera muy poco velada, una excusa para oficializar la perpetuación en el poder del presidente actual, único y aparentemente irremplazable desde la caída del último régimen militar que había expulsado al anterior presidente-caudillo como único modo de quitarlo del poder.

Mantenerse dependía de jugar el juego acertado; eso lo sabía bien la Duquesa, que pertenecía a una raza ya extinta salvo en título. Su marido había sido el último Duque de Albéniz; ella no había tenido hijos varones, ni tampoco sus cuñadas, una tragedia en estos tiempos de desaparición de dinastías y mucho peor desde que los dos últimos gobiernos de corte populista habían hecho de todo para recortar los privilegios de los que ostentaban títulos nobiliarios y patrimonio histórico.

De eso se trataba su visita a la republiqueta: marcar presencia en el territorio que aún no había sido tocado por la modernidad en ese sentido. Alguno de los antepasados del fallecido Duque había tenido que ver con las expediciones y colonización del lugar, y consecuentemente había “ganado” vastas extensiones para su Casa. Pensar que hasta una época no muy lejana pinturas de sus predecesores pendían de las paredes de alguna sala de la Moncloa, y ahora las únicas dos que no habían sido devueltas o perdidas juntaban olvido en algún archivo subterráneo del Prado. Los tiempos cambian, y con ellos cambian las costumbres, la vestimenta, los modos y hasta los ruidos; y ni qué hablar del comportamiento indecoroso de los presentes. Más que un concierto de música de cámara (bastante mediocre, a decir verdad) aquello parecía una instalación posmoderna de corte tecnológico: “Fantoches Desviando Llamadas a Celulares que No Pretenden Silenciar, con Música Desafinada de Fondo”. Como fuera, la Duquesa debía hacer tantas buenas migas como su lucidez se lo permitiese, y el vulnerable hijo del presidente parecía uno de los candidatos inesperados más acordes.

Desde que los presentaron poco después de su llegada, el joven pareció interesado en la historia de la familia, lo cual la Duquesa aprovechó para conversar largamente con él, roseando un poco la prosapia donde faltaba información precisa, y ofrecerle visitar la mansión ducal cuando él quisiera. Claro que la mansión hoy por hoy era mucho menos impresionante que otrora, tan quieta y vacía sin fiestas, ni días de caza, ni siquiera funcionando más que en unos cuantos cuartos y salas, y mucho menos mantenida como en aquellos buenos tiempos con la indispensable veintena de personal idóneo. Lo único que conmocionaba la casa, a veces, era la estadía casual de su nieta, una adolescente eternamente malhumorada que cada tanto llegaba de visita con una o dos amigas, para aprovechar la casona y pasar el tiempo haciendo nada en los jardines y echadas en los sillones de la biblioteca. Justamente con ella en mente, la Duquesa había estado tejiendo lazos con el muchacho. El hecho que él pareciera débil y maleable era lo más interesante. Él le había hablado de su novia (no había dicho “prometida” en momento alguno, lo cual era auspicioso) algunas veces durante estos días, generalmente con interés genuino pero siempre con un dejo de desazón. Cuando compartían alguna comida o entretenimiento, lejos de la mención de la jovencita, la Duquesa aprovechaba para traer a la charla a su nieta. “Ah… la que podría mostrarte nuestra residencia y pasear contigo en los antiguos cotos de caza y nuestros lagos es María.” Si el joven interponía algún pero, o hacía aparecer a su novia en la charla, la vieja astuta la hacía desaparecer con una experta volea, “Atilio, sé bueno y tráeme algo para beber… No, no lo que ofrecen los camareros; algo decente que se pueda tragar sin astillarme la laringe, sé un querubín y consíguenos cualquier cosa que no sepa a agua destilada con enjuague bucal.”

Desafortunadamente, la tal Constanza, la novia en cuestión, tenía al chico a maltraer. Él era el menor de los hermanos, por unos cuantos años, el único que seguía soltero, y al parecer la chica que había elegido no estaba a la altura de las circunstancias en cuanto a su familia, que siempre buscaba unir a sus hijos a otras familias poderosas. Ella era una estudiante de la universidad pública que él había conocido en un festejo de Carnaval en la playa, por quien él se había apasionado, pero que no estaba deslumbrada con el entorno oficial del chico, que era casi todo lo que él podía ofrecer de interesante. Para empeorar el caso, ella le hacía desplantes constantemente, era celosa, posesiva, de izquierda y vegetariana. La Duquesa debía actuar firmemente para meterle a María en la cabeza, que no era mucho mejor llevada que Constanza, pero por lo menos no le importaba la política y sabía comer cosas que caminaban.

El día del concierto, sin embargo, Atilio había discutido con su novia temprano por la mañana, luego del desayuno y durante el almuerzo. Ella quería que él pasara el feriado con ella, olvidándose de estar presente en las celebraciones, que eran el motivo por el cual había días de fiesta nacional, y se escapara de sus funciones de hijo del Presidente para hacer lo que a ella le viniera en gana. Él había intentado explicar, razonar, imponerse, todo sin resultado. Ella era voraz en su posesividad, y él un pusilánime colgado de su escote. Durante la ceremonia de música y celulares, la Duquesa había notado que Atilio miraba todo el tiempo hacia abajo, dubitativo si atender o no el teléfono. En el primer intervalo había salido, presumiblemente a hablar con ella, y había vuelto corriendo a sentarse en su lugar, visiblemente consternado. Ya en el segundo intervalo, mientras se llevaban el piano y entraban los otros intérpretes, había atendido y cortado a los pocos segundos, el rostro rojo de ira y vergüenza. Nadie ignoraba que él era un poco tarambana, pero esto estaba saliendo de los carriles y llevándolo a la desesperación, y a su padre al límite de la paciencia. Era hora de tramar alto.

Luego del concierto conmemorativo, un selecto grupo de señoras del poder local fueron a tomar el té a una casa tradicional. Si bien esto era un error de protocolo, obviamente perpetrado por la Primera Dama y sus ignorantes amigas, tal vez sería una buena oportunidad para lograr hablar de manera más distendida y sacarle información de la inoportuna aspirante a nuera.

“Un detalle encantador. ¿Van a venir las esposas de tus hijos? Sería un placer.”

“Ellas trabajan en la supervisión de los eventos. Me temo que no va a poder ser.”

“Pero presumo que pueden hacerse un tiempo para el té. Seguramente comen ¿no es cierto?”

“Es verdad, Duquesa; tiene toda la razón. Las voy a llamar inmediatamente.”

“Y, esa muchacha… la amiga de Atilio. ¿Ella podrá venir para conocerla? Él no para de hablar de ella.”

“¿Constanza? No es parte de la familia.”

“Si yo puedo ir a un establecimiento fuera del formulismo, creo que tú bien puedes apañártelas para hacer que la chica venga…”

“Pero… ¿Cómo podríamos saber si va a estar presentable? Ella anda siempre de jeans y camisa. Me asusta pensar cómo podría aparecer.”

“No hace falta que te asustes. Manda a Atilio a buscarla, y que le compre un vestido y zapatos. El resto lo aguanto, no te preocupes. Tendrá suficiente tiempo mientras me cambio a algo más adecuado.”

“Está espléndida como está, Duquesa.”

“¿Y parecer una vitrina de museo de historia natural con esta estola y las plumas de este sombrero? ¡Qué ocurrencia! Yo me cambio y me retoco, y tú me consigues a la chiquita.”

“¡Qué coqueta!”

“No sin mis cremas. ¡Hala! A por el niño; y que no vuelva si no es para entregar a Constanza.”

El té marchó bastante bien, por lo menos a entender de la masa de las presentes, que no habrían sabido distinguir una crème brûlée de una mayonesa chamuscada. La Duquesa aprovechó su lugar de preponderancia para dirigir algunas de las charlas e ir limpiando la audiencia, hasta quedar más o menos a solas con la Primera Dama y sus nueras. Constanza estaba evidentemente incómoda, pero resistía intentando ganarse la confianza de sus futuras cuñadas comportándose al menos como una señorita, aunque a ellas les importase poco y nada si ella estaba o no sentada a la mesa. Una de ellas, la que se notaba más advenediza y por ende más parecida y cercana a su suegra, quiso sacar charla mundana por cuenta propia con la Duquesa.

“Entonces, la Señora Duquesa debe viajar todo el tiempo atendiendo asuntos de estado.”

“Es Señora, o Duquesa, querida. Duquesa está bien; y si te sientes muy confortable vamos a imponer el Usted esta tarde. Pero que no salga de la mesa. No, no viajo tanto como antes. Hay pocos trenes buenos hoy en día y demasiados pasajeros malos.”

“Pero usted debe hacer muchos viajes internacionales.”

“Dije trenes… Ah, te refieres a vuelos. Bueno, siempre me pregunté por qué las personas se emocionan tanto en pasarse horas comprimidas, confinadas a esos asientos de los que salen bandejas, lámparas y cables. Yo me siento en un hospital del futuro; sin el menor sosiego, claro.”

La Primera Dama intentó salir al paso llevando la charla más cercana a casa.
“De todas maneras, para un viaje transatlántico como el que trajo a la Duquesa a nuestro país, hoy en día hay que conformarse con lo que una aerolínea puede ofrecer.”

“Y, sí, querida… Si por lo menos vosotros tuvierais petróleo o café, podríais haber creado lazos con alguno de esos emiratos ricos y sus aerolíneas con aviones dignos. Pero tenéis viento. Me podría haber preparado un Martini yo misma sosteniendo una botella en una mano y una aceituna en la otra durante el aterrizaje.”

Constanza, que hasta ese momento se había mantenido callada fingiendo que no escuchaba activamente y disfrutaba de los dulces, ensayó una daga cuestionadora.

“En los grupos de debate siempre discutimos cómo la clase media es la más reaccionaria, pero veo que todo sigue siendo relativo.” Podría haberse escuchado la respiración entrecortada del azúcar.

“Ah… política. Nosotros la inventamos. Después le pusieron nombre y colores y se hizo aburrida, como todas las modas luego de un tiempo.”

“Disculpe.”

“No, no es nada. De todas maneras, es un tema que me interesa.”

“¿La… moda?” irrumpió la Primera Dama, casi sin voz por la sofoquina que le estaba causando el intercambio inesperado.

“La política, que sigue siendo más interesante que la moda. Mira Hermès, nada más: casi dos siglos haciendo chalinas, variando los tonos y el tamaño de las flores o los arabescos. Tedioso. Una vez me mandaron una con papagayos. ¿Qué se suponía que debía hacer, ir a la playa a dar un picnic o soltarlos en la selva?”

La Primera Dama bajó la cabeza como escondiéndose.

“Ah, pero tus tacones son monos; no te aflijas. En fin, esta noche podremos seguir hablando de moda y de política.” Y con eso, Constanza quedó indirectamente obligada a entrar a la residencia presidencial.

Esa noche la cena, que era para ser íntima, sin mayores formalidades, acabó siendo un evento familiar gracias a la Duquesa. Tensa calma, para decir lo más exiguo posible, fue el clima imperante durante los preparativos. Agitación en la cocina y en las áreas de servicio, con preparativos de último momento para hacer algo más vistoso y completo (incluyendo uno o dos platos que no llevaran nada de carne), tensión en los cuartos y recámaras presidenciales. Sólo la Duquesa estaba exultante, saboreando por anticipado lo que sería una noche llena de oportunidades.

Muy por el contrario, el Presidente y la Primera Dama no estaban nada a gusto. A decir verdad, a él no le molestaba demasiado la idea de tener a todas sus nueras en la cena, inclusive Constanza. A él no le preocupaba si ella se vestía de esta manera o aquella, o si pensaba de manera diferente, porque no le interesaba disentir y era muy bueno en eso. La que estaba que se la llevaban los demonios era su mujer. Andaba de un lado para otro hablando en voz alta, sin reparar en la entrada y salida casual de algún sirviente, reclamando a su marido por la noche que se les venía.

“¿Pero te parece que tengamos que dar una cena oficial con esa metida aquí en la casa?”

“A mí no me parece gran cosa. Y es la novia de tu hijo, al fin y al cabo.”

“¡No te lo tomes todo a la ligera! Sabes de qué estoy hablando. Es darle carta blanca a esa para que de aquí en adelante piense que puede entrar y salir como se le ocurra.”

“Yo no pienso que…”

“Tú no piensas nada, ese es tu problema. Disculpa, pero esto es mucho más serio que su presencia aquí. Es sentar el precedente de que pueda sentirse bienvenida, y sabemos que no lo es.”

“¿Y qué debería haber hecho… salir de la tetera esta tarde e impedir que la vieja invitase a todas? Tú estabas allí y bien sabes que nada se podía haber hecho.”

“Ay… ¡qué odio!”

“Mira, voy a explicarte algo que tal vez no estés considerando como corresponde. Recuerdas que te dije que la familia ducal poseía una gran cantidad de tierras en nuestro país. No hay en nuestra constitución nada por lo que se pueda inferir el derecho de confiscar la propiedad privada, al menos no este tipo de arrebato. No hay precedente tampoco.”

“¿Y qué tiene que ver esto con las libertades de tu hijo para meter a esa mosquita muerta en la familia?”

“No, no es eso; no directamente. Los terrenos adyacentes a la hidroeléctrica de Puyén están en territorio que le corresponde a la familia de la Duquesa, y gracias a Dios y a la decadencia de la nobleza a nadie se le ocurrió hacer una inspección o agrimensura decente en décadas. Y eso no es todo: el Estado cobra un buen dinero por el arrendamiento de tierras en las que los supermercados Bienestar tienen plantas de logística y distribución. En realidad no es un buen dinero, pero los contratos son irregulares, y el hecho de que el Estado esté recibiendo dinero significa que los arrienda como terrenos fiscales.”

“¡Mierda! Entonces hay que aguantarse lo que la dichosa Duquesa tenga ganas de hacer… ¿Dónde está mi maquilladora?”

Mientras tanto, del otro lado del piso superior, la Duquesa de Albéniz elegía perfume y se hacía peinar una peluca por el estilista presidencial.

Antes de la cena propiamente dicha hubo unos tragos. La Primera Dama hizo un poco de conversación entre las mujeres mientras los hombres bebían, especialmente para mantener ocupadas a las más jóvenes, que no sabían tomar. La Duquesa aceptó un Martini y propuso un brindis “Por los vuelos a este país” que dejó a la mitad de los presentes sin entender y pasmó a la otra mitad. Constanza se sonrió, mostrando buen espíritu deportivo y algo más de inteligencia. Entonces la Duquesa pidió mostrarle las bibliotecas a la nueva invitada, si las otras dos nueras accedían a acompañarla.

Paseando lentamente entre los estantes, comentó que tenían una buena colección de literatura de arte española, como para prologar, y se detuvo con Constanza del brazo frente a una sección que contenía innumerables ejemplares de tratados y escritos de política. Las nueras las seguían unos pasos atrás.

“Cuéntame de los grupos a los que asistes; son de discusión de temas políticos, ¿cierto?”

“Sí. Es muy bueno participar de foros de discusión y conversación para enriquecer nuestra experiencia. Yo no pretendo militar partidariamente, pero la pertenencia en ejercicio intelectual…”

“Claro, claro. Y, dime, supongo que estáis actualizados con publicaciones de todo tipo. ¿Recibís conferencistas?”

“Eh… sí; a veces. No es nada muy organizado. Y estamos siempre de prestado, porque no queremos quedar atados a ninguna bandera.”

“Muy noble y muy inteligente.” Las otras dos ya habían quedado relegadas y desinteresadas, pero la Duquesa las necesitaba cerca. “Venid, vosotras. Esta guapa es alguien a tener en cuenta. Va a dar qué hablar.”

“Gracias.” Constanza cedió a la lisonja, y con eso dio lugar tendido a la astucia de la Duquesa.

“Y, cuéntame… ¿Cómo se sostienen los grupos, financieramente?”

“Ah, entre nosotros, y con algún apoyo. Donaciones; ayudas, digamos. Pero sin presiones.”

“Je, je… ¡qué ultramarino! Voy a tener que hacer otro brindis por eso.”

Aprovechando que las dos babiecas habían quedado mirando lo más parecido a una revista que pudieron encontrar, la Duquesa se excusó un momento de Constanza y prometió alcanzarlas en la mesa. Antes de irse, sin embargo, se acercó a su oído y le dijo “Hija, no pretendas entretenerte con un juguete mayor a tus posibilidades, aun y cuando te parezca que tu capacidad de adquirirlo te da la libertad de tenerlo y no romperte.” Constanza la miró irse, desorientada por el comentario en aquel momento, luego del cálido interés que la vieja había demostrado.

La cena fue un éxito, apetitosa y sin el menor indicio de animosidad por parte de ninguno de los presentes.  La Duquesa se mostró jovial, a lo que todos acompañaron con sus mejores modos y tratándose amablemente los unos a los otros. Nadie habría confesado bajo tortura que hubo siquiera un poco de suspicacia, de tan cordial que transcurrió la noche. Si hubo alguien que se mantuvo un semitono más prudente, esa fue Constanza. Ella estaba todavía sorprendida por el último comentario a solas en la biblioteca; pero no volvería a tener oportunidad de hablar en privado con la mujer. Nunca más.

Al final de los cafés, los licores y los chocolates, cada quien se despidió de la mejor manera, y los tres hijos llevaron a sus respectivas mujeres a casa mientras los mayores se retiraban a descansar. Entrada la madrugada, sin embargo, una mortificada mucama salió de la antesala de la Duquesa para ser interpelada por el ama de llaves en camisón.

Mantuvieron el sigilo hasta la mañana, cuando se organizó una expedición forzada a la casa de la vegetariana. A regañadientes y siguiendo órdenes, Atilio entró y fue directamente al cuarto de su novia, con quien había pasado el resto de la noche hasta que fue llamado de urgencia secreta; su hermano mayor lo escoltaba. Sin mediar una palabra, el joven metió la mano entre la ropa que había quedado tirada al pie de la cama y buscó cuidadosamente en todo hasta que apareció la joya sustraída a la Duquesa. Con la vista nublada por lágrimas contenidas y un asombro indecible, y presionado silenciosamente por su hermano desde la puerta, dio media vuelta y se fue, apenas notada su presencia por Constanza, que no acabó de despertarse ni entender si él entraba o salía.

El caso fue sencillo y brutal, y su resolución privada y sumarísima: habiendo un puñado de testigos de todas las instancias citadas, la chica fue simple y efectivamente acusada de haber robado una valiosa alhaja perteneciente a la honorable Duquesa, que previo, durante y a posteriori de la conmocionada reunión familiar mañanera estuvo en un ay inquebrantable de aturdimiento y ofuscación. El matrimonio presidencial no supo más qué hacer para llegar a un acuerdo particular de reserva, pero a esa altura el notición era imparable; si no fuese por la publicidad de una denuncia formal, cualquiera del servicio en la casa podría soltar la noticia a los medios y todo se sabría de peores maneras. Lo mejor, o menos dañino para todos, fue contar la verdad y dejar que Constanza fuese mancillada por la opinión pública. La Duquesa tuvo, no obstante, la lucidez y benevolencia necesarias para no guardar rencores a la familia. Inclusive pidió pasar el final de su último día de visita en compañía de Atilio, que en su presencia rompió con su novia por teléfono, y lloró a su lado.

Mantuvo atento contacto informal con el Presidente, ya reelecto, con la Primera Dama y con Atilio. Nunca perdió ni la compostura ni un metro de sus tierras en la república. Tanto nutrió todo esto su vínculo con el mandatario y los suyos, que al cabo de unos cuantos meses invitó al benjamín a pasar algunas semanas en la mansión ducal, no sin antes haber tenido el tiempo suficiente para domar y adoctrinar a María.

.

.

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: