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Volviendo cada noche

noviembre 23, 2013

Ella tenía los ojos del color del río de su niñez. Para algunos era un dato extraño, incomprobable, porque no se habían fijado o no lo habían visto; para otros, una bonita frase inventada. Pero él sabía que era cierto. Habían crecido en el mismo pueblo, ido a la misma escuela y jugado en las mismas aguas del río, sin conocerse. En la adolescencia se habían encontrado, y desde entonces habían estado juntos. Sesenta años.

Durante la larga vida que habían compartido, no era raro que uno soñara con el otro; a veces, ella le contaba sus sueños y él la escuchaba con atención embelesada; él no se animaba a contarle, pero sabía que ella sabía. La soñaba en la plenitud de la belleza que él amaba encontrar cada día a la vuelta del trabajo; con su larga cabellera rebelde de los años mozos, su paso firme de mujer resuelta y su mirada siempre amante, siempre suya; en la adultez, con su pulcritud en el andar y sus manos blancas, como sirenas hacendosas de su mar de amor maduro. Los sueños eran verdaderos, de la vida diaria, con ella como única protagonista y escenas de su vida que él disfrutaba como único espectador. Y un día se animó a decirle la verdad: que él la soñaba, trayéndola a sus horas más solitarias, como para no perderla ni dormido.

Poco a poco, el tiempo fue templando su timidez, y comenzó a relatarle cuándo y cómo la veía. Ella dejaba todo para escuchar atentamente las historias, pero más para observarlo mientras lo contaba. En los cuentos de los sueños, él se animaba a regalarle amores que su hombría elemental de pueblo hacía callar en las escenas de cotidiano. Fue por ese entonces que él le dijo por primera vez que sus ojos tenían el feliz resplandor de las aguas de la infancia. Era un hombre callado, pero tierno, y en esos momentos rompía sus largos silencios y volvía a ser el adolescente que había ganado su corazón con serenatas.

La vejez los igualó; finalmente, los años les quitaron las reservas y la cobardía de la juventud. Comenzaron a gozar lo mejor de sus vidas, como nunca habían pensado que podrían disfrutar luego de haberlo hecho todo. Entonces, en esa plácida etapa del sosiego, comenzaron las cartas.

Primero fue la que ella una mañana descubrió al levantarse para hacer el desayuno. Apareció de improviso; apenas un pedazo de papel doblado a la mitad junto al tarro del café. Era más bien un recado, una nota de buen día para arrancarle la primera sonrisa de la jornada; algo por el estilo de, “Hola, mi vida. Otro día a tu lado es un día más en el paraíso. ¿Me invitas un café, preciosa?” Ella rió y lloró a la vez, leyendo y releyendo su mensaje de amor mientras flotaba presurosa entre panes y cacharros.

Las cartas, cada vez más elaboradas, aparecían cualquier día en el lugar y momento menos imaginados. Luego, una vez que descubrieron que algunas se habían perdido y ellos mismos habían olvidado dónde las dejaban, y otras aparecían tardíamente sin querer, pasaron a compartir una libreta que guardaban en un estante del comedor. Allí escribían sus mensajes, cuando les daba la gana y en conveniente orden de llegada. También iban apareciendo los sueños, que poco a poco fueron ganando espacio y llenando las páginas de varios libros compartidos.

 

“Hola amor; hoy soñé contigo. Estabas en el jardín, cuidando los rosales. Yo te miraba sin decir nada, hasta que descubriste mi presencia y te sonrojaste. Te cubriste la cara con tu delantal y yo aproveché para acercarme y abrazarte. Quise cortar una rosa para hacerme el Romeo y me pinché con una espina. Te reíste tan bonito que las flores se terminaron de abrir, entregadas de envidia muda.”

 

“Vida: anoche te metiste en mis sueños otra vez. Me la estás haciendo difícil, ya que no sé cuándo vas a aparecer, y a veces me despierto de la alegría. El otro día, cuando fuiste a cortarte el cabello, me ganó la tentación y dormí una siesta para soñar contigo. ¡No me creerás que anoche soñé con eso! Desperté y fui la mujer más feliz, con el hombre de mis sueños a mi lado.”

 

Y así fue pasando el tiempo, y llenando páginas y páginas de historias y relatos de las aventuras nocturnas de los dichosos viejos. Hasta que un aciago día de otoño se la llevó.

Él continuó soñándola, aproximándola en las noches del destierro; la invocaba en fantasías dormidas, cada vez con más empeño y casi a diario.

 

“Mi vida, anoche soñé contigo. Estabas tan linda que yo reía sin poder hablarte. Me diste la mano y sentí que nuestras viejas almas corrían alrededor celebrando nuestro encuentro. Nos sentamos en el banco de la galería, te miré y creí que había despertado y te tenía de vuelta conmigo.”

 

“Amor: ¡qué bonita estabas con tu vestido azul! Se oía el barullo de nuestras familias, llamándonos para unirnos a su danza y celebrar nuestro casamiento. Nunca te había soñado de ese modo, volviendo a mí en toda la belleza de tu juventud, y yo el afortunado novio.”

 

“Estaba en el río y te vi; llevabas unas cintas y flores en el pelo y corrías por la orilla. Estabas tan pequeña que te reconocí cuando me miraste y me sonreíste con tus ojos, más claros que las aguas y más limpios que la corriente que cantaba a tu lado. Te extraño.”

 

“Te conté que te extrañaba y desperté. Toma mi mano esta noche; déjame ir contigo.”

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