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Ganando tiempo

febrero 16, 2014

Una luz mortecina cortaba la penumbra del cuarto. Afuera llovía, tenue y trabajosamente, como en otro momento, otro lugar; las gotas no se animaban a acabarse en hilos sobre la ventana. Por la puerta lateral entró el doctor, blanco en su impecable delantal, blanco el cabello; giró la cabeza unos pasos adentro y llamó a su asistente. Prosiguió hacia el centro. El cuerpo, robusto, completo, pesaba su peso inerte sobre la camilla. Juntos, el anciano y su joven asistente, anduvieron en silencio hasta casi asomarse sobre su objeto de estudio y tarea venidera.

El doctor indicó con un gesto para que la asistente acercase la luminaria móvil que aguardaba a un lado, y, como con un sol repentino, olvidando la tarde que ya caía, los rincones de la sala que no importaban, el rostro se iluminó. Había, sin duda, bastante trabajo para hacer. No podía dejarse, a estas instancias, todo librado a la promesa de cuán bueno fuese el pulso o el afán del maquillaje. Antes, sin lugar a dudas, era menester aminorar los estragos con mano experta. Debía rellenarse un poco, emparejar, traer de vuelta a dimensiones apreciables las facciones.

Con mano experta y toque paciente, el médico marcó algunos puntos, por los cuales iría a entrar el fluido reconstructivo. Ahora era todo cuestión de dimensiones, de concentrarse en lograr la mayor simetría posible. Ya no se trataba de un cuerpo, ni una cara; eran trazos, cavidades y salientes. Al hendir la primera aguja, sin embargo, algo como un roznido hizo detener congelado el avance del procedimiento.

“Mira, que no quiero un globo, ni una trompa ¿vale?” dijo la Duquesa, somnolienta pero aún presente.

“No hay de qué preocuparse. Continúe así relajada, que vamos a dejarle como refrescada y distendida, pero sin borrarle la personalidad en absoluto.”

“Venga, haz lo que sabes y quítame unos cuantos inviernos de encima.”

Casi dos horas más tarde, luego de varias microintervenciones, rellenos y tratamientos, salió la Duquesa de Albéniz del consultorio, medio a los tumbos y agradeciendo a los profesionales. Al llegar a la sala de espera, su nieta la esperaba ansiosamente. Cuando la vio, la cara hinchada y con las marcas rojas de los pinchazos, no pudo contener una sonrisa socarrona.

“Tú ríes ahora… No envejezcas entonces. Que nos toca a todos…”

“Ya vas a quedar repuesta, ¡y vas a ver qué maja!”

“Gracias, cari.”

“Entonces yo ahora voy a poder…”

“Los pechos, no. No vas a ponerte las tetas de una zorra, y todavía llevas el corte del instituto. ¡Dios me libre! En esta familia, las mujeres tenemos mesura.”

“¡Abuela!”

“Que nada. Vamos al coche, que quiero llegar a la casa y descansar.”

Una vez recostada y esperando el sueño reparador, la Duquesa se vio envuelta por recuerdos que ella no había tenido en muchos, muchos años, y no sabía qué hacían en su cabeza ahora. ¿O también había soñado algo mientras estaba en el consultorio? Como fuera, vino a su mente un tal Vicente –o Vincent, como él se llamaba a sí mismo– un joven que ella había conocido en el primer baile de sociedad al que había asistido luego de ser presentada a quien sería su esposo, Francisco de Albéniz, introducido en su vida por estricto interés de su familia. Vicente había causado una gran impresión en la muchacha, quien tuvo que evitar bailar más que la primera pieza con el susodicho por miedo a sentir rechazo de su futuro prometido antes de llegar a estrechar los lazos de su causal conocimiento.

Y así quedó, por años, el tal Vicente, grabado en su memoria como una escena imborrable pero casi ajena de lo que fue su juventud interrumpida por los acuerdos y planes de otros. En más de una ocasión sus vidas se cruzaron, de manera inesperada y siempre sorprendentemente. Una vez, cuando estaba vacacionando en Cerdeña con su familia, entonces compuesta por su marido el Duque y sus hijos mellizos Gaitán y Alba, Vicente se le apareció junto a la mesa sobre la que hacía crucigramas, cubriendo el sol mientras los demás chapoteaban alegres a la orilla del mar. “Tendrías que haber venido conmigo, siempre pensé,” le dijo; “pero ahora que veo tus hijos, no lamento tanto tus elecciones.” Ella casi se desmayó del susto que se llevó al verlo, y antes de poder reaccionar del sofocón, él desapareció andando entre los turistas que llegaban a la playa.

Poco tiempo después, Gaitán fallecía en un accidente automovilístico que su madre jamás le perdonó a Francisco, quien sobrevivió a la tragedia. Fue el comienzo del fin para su matrimonio, no de forma pero sí de hecho, ya no pudiendo soportar más al hombre que no había elegido, que le había dado lo que más quiso jamás y quitado parte de ello por su descuido y pedantería. Nunca más lo volvió a ver –a Vicente.

Por qué él volvía en este momento, en la vejez, cuando tal vez o muy probablemente estaría ya muerto o alejado por completo del pasado, era una incógnita que la despabiló y la dejó mirando al techo. Sería que ahora, en la soledad, la estaban viniendo a buscar recuerdos de hace tantísimos años para avisarle que su hora estaba llegando. O quizás era que la remozada facial le había removido cosas que tenía perdidas en rincones de su memoria y ahora estaban llamándola a hacer las paces con momentos de su vida que nunca habían cerrado y nunca se habían ido del todo. De una u otra forma, debía hacer algo al respecto, y decidió investigar.

“Cari, estaba pensando… ¿Podrías enseñarme cómo es eso del Facebook?”

“Pero ¡bueno! De repente ahora se te antoja aprender eso, cuando no sabes ni por dónde mirar un teclado.”

“Veo que estás sacando lo mejor de tu abuela. Tal vez pasar todo el verano aquí en la casa sea demasiado; una de las dos puede acabar descuartizando a la otra. Cualquiera de las dos; digamos, la primera que descubra dónde están guardadas las herramientas.”

“Sí, te enseño. ¿Es por algo en particular que se te ocurrió?”

“Estaba pensando que podría buscar a una persona que conocí cuando era moza. Se puede buscar personas por el Facebook ¿cierto?”

“Pero tú ya sabes usar la Internet un poco.”

“¿Y qué tiene que ver eso?”

“Si es alguien que conociste cuando tenías mi edad, yo creo que es más práctico empezar por los museos o los archivos de los cementerios. Pero como quieras.”

Y así la Duquesa entró en forma a la era de las comunicaciones por redes sociales. En poco tiempo, aunque no había dado aun con su galán de antaño, ya estaba usando varias vías de contacto, on-line y en el móvil. Inclusive, cuando estaba inspirada y había buena luz y llevaba las gafas correspondientes, hasta le enviaba un mensaje de texto a María para que apareciera a explicarle otra vez cómo recuperar la contraseña que había olvidado.

Su peor enemigo, sin lugar a dudas, era el tamaño de las cosas, las letras, las imágenes, todo. Le parecían microscópicas y no entendía cómo su nieta podía verlas con tanta facilidad, o siquiera manejar esos aparatos prácticamente sin mirar. Y lo que más la desalentaba era que, cuando recordaba cómo buscar personas, al escribir “Vicente” o “Vincent” aparecía una lista interminable de cualquier color y nacionalidad, que la dejaba agotada luego del primer par de minutos, o mareada tan pronto como las palabras comenzaban a nadar frente a sus ojos.

Podía, sí, leer bien las noticias en la tableta que María le había comprado, y esa era fácil de usar porque se encendía instantáneamente con un toque y abría directamente el periódico con un tamaño decente como para leerse (gracias a los ajustes mágicos que había hecho). El único problema era que, de vez en cuando, se arruinaba y dejaba de funcionar; pero entonces aparecía la mucama con un cable y la enchufaba a la pared, y todo volvía a la normalidad.

Luego de más o menos un mes, había aprendido lo suficiente como para no ser una completa lisiada informática, pero sus búsquedas seguían sin dar frutos. Entonces resolvió jugar su última carta: desempolvar el viejo fantasma y llamar a su hermana mayor, Isabel, la única persona que sabía de las anécdotas con Vicente, para que la ayudara a buscarlo. El problema era que su hermana estaba medio sorda y desmemoriada y hablar todo eso por teléfono sería una tortura. Decidió invitarla a pasar unos días en la casa, con la excusa de aprovechar el buen tiempo.

El drama con Isabel, además de tener que repetirle las cosas varias veces y a los gritos, era que era una mujer muy orgullosa y nunca le había gustado mucho compartir nada que tuviera que ver con su vida de nobleza, ahora caducante. Por ende, pocas veces iba a visitarla. Ya viejas y viudas las dos, por otro lado, era hora de acercarse y dejar de lado las tonteras del pasado. Hizo todos los arreglos para que la fueran a buscar y la trajeran en coche hasta la mansión ducal.

En un primer momento, la Duquesa casi se arrepintió de tener a Isabel en la casa. No era sólo el tema de la sordera, ni los gustos tan recatados, sino que estaba más vencida de lo que pensaba y mezclaba todo, todo el tiempo, se olvidaba de algunas cosas y otras tantas no recordaba. Así sería más difícil de lo que había imaginado sacarle cualquier dato fidedigno del aparecido. Sin embargo, ella quedaba tan digna al lado de Isabel, tan joven y lozana, que aprovechó para sacar lo mejor de la oportunidad y hacer algunas reuniones para exhibirse en su nuevo esplendor.

En medio de la agitación recibiendo a los invitados en una fiesta de tarde en el jardín, Isabel pareció avivarse con la concurrencia y salió andando y conversando con todos como si le hubiera vuelto el alma al cuerpo. Comentaba de todo, se acordaba de detalles e historias y rememoraba el pasado con la familia como si fuera noticia fresca. La Duquesa estaba asombrada y no quiso perderse la oportunidad de estar a mano para lo que pudiera serle de utilidad. Con lo que no contaba era que su hermana fuese a traer el tema así como si nada en medio de los bocadillos.

“Ay, Cayetana… Es bueno tener algunos eventos de este tipo, inclusive a nuestra edad. ¡Una se acuerda de cada cosa!” exclamó, un poco animada por la ocasión y otro tanto por los cocteles. “Me recuerda a los bailes de debutantes a los que asistíamos hace tantos años.”

“Éramos tan jóvenes… ¿Qué teníamos en ese entonces, unos catorce, dieciséis años?” agregó la otra, aprovechando para maniobrar las fechas.

“Eso mismo. Y luego las fiestas de sociedad, como aquella en la que conociste a ese muchacho tan guapo y tan soltero. ¿Cómo se llamaba? Sí: Vicente.”

La Duquesa quedó patidifusa. “Ah, sí… Vicente” dijo, como queriendo rememorar un rostro olvidado desde entonces.

“Era tan apuesto. No supe más de él después que volvió a casarse en el ‘72.”

“Entonces, supiste de él mucho más que yo…” Sentía que su cara luchaba por contorsionarse por encima de los rellenos. Menos mal que estaba recién recauchutada.

“Claro que supe. Y él te mandó varias cartas, a la casa familiar quiero decir, aun sabiendo que tú estabas con el Duque. Lógico que Mamá nunca quiso que las recibieras.”

“Pues entonces voy a contarte lo que me sucedió.” Y así, la Duquesa puso al día a su hermana con el sueño, con su inquietud de saber de su enamoramiento de juventud y, sobre todo, con sus ganas de reencontrarse con Vicente, o al menos saber qué había sido de él.

Isabel lamentó no haber guardado las cartas, pero alentó a su hermana comentando que recordaba que el matasellado era de una de las playas cercanas a Barcelona. No estaba segura si era Castelldefels o Sitges, pero una de esas con seguridad. Y la esposa de Vicente, la última de la que había sabido, se llamaba Roser. Con eso tendrían cómo iniciar una búsqueda. Ahora restaba dar con algunos contactos y probar suerte.

Ni hablar de probar contactos: unos días más tarde, Cayetana e Isabel estaban atravesando media España. Pararon un día en Barcelona, hicieron unas compras, y siguieron camino.

En Castelldelfes, de Vicente y Roser, nada. La Duquesa quería recorrer el pueblo preguntando; pero al ver que no era tan pequeño como habían imaginado, Javier, el chofer, sugirió ir al ayuntamiento y preguntar. Dejaron que él hablase con las personas indicadas, que estas buscasen en registros, y sin embargo no hubo rastro alguno. Partieron hacia Sitges, que quedaba a pocos quilómetros de allí.

Cuando llegaron, fueron directamente al ayuntamiento. Allí tuvieron mejor suerte, por decirlo así, ya que alguien pudo orientarlas. Don Vicente, o Vicente Latorre, dueño de uno de los primeros hoteles exitosos en el auge del turismo cuando Sitges se puso de moda, fue un personaje conocido, querido y respetado por la población local. Lamentablemente, Vicente y su esposa habían fallecido. Pero su hijo había heredado el hotel que sus padres habían fundado, y todavía lo administraba. Todavía era una empresa familiar, por así decirlo, y no sería difícil dar con el dueño. Hacia allí partieron raudamente.

Entraron los tres. Era un lugar muy colorido, casi frente al mar, con amplias áreas vidriadas. Javier se dirigió a la recepción a buscar informaciones, mientras la Duquesa y su hermana se sentaron en el lobby.

“Este hotel tiene un aire muy moderno, muy internacional, pero mira cómo andan sólo hombres por aquí. Me pregunto dónde estarán sus mujeres,” comentó Isabel.

“Mira… no creo que hayan venido con sus mujeres muchos de los que estoy viendo.”

“Bueno, ¡pero qué atraso! ¿Y dejarlas en casa para viajar solos?”

“No están solos; están juntos,” explicó la Duquesa.

“Sí, eso lo estoy viendo. ¿Y las esposas?”

La Duquesa se acercó a su hermana y le susurró al oído “Son maricas…”

“¡Claro que son machistas! De eso te estoy hablando.”

“¡Que son maricas, Isabel!” insistió Cayetana en voz alta, en el preciso momento en que el esposo del dueño aparecía para atender a Javier. Se hizo un silencio expectante, que duró hasta que la Duquesa salió al rescate astutamente a hacer acto de presencia y relaciones.

Pasado el bochorno inicial, las hermanas fueron invitadas a tomar el té y conversar en el restaurante del hotel. Raimundo, su anfitrión, era un hombre muy educado e inclusive parecía gratamente sorprendido al recibir visitantes que él suponía parientes lejanas. Con el transcurrir de la charla, los datos se fueron sumando, y Raimundo pasó a entender menos el porqué de la visita, aunque quedó visiblemente maravillado de tener nada menos que una duquesa en las instalaciones. Quiso deshacerse en gracias, pero la Duquesa hábilmente desconversó el tono farandulero y se concentró en su objetivo. Ella quería simplemente conocer al hijo de Vicente, más que nada para no parecer desconsiderada o falta de interés, y volver a su casa. Se sentía derrotada por el choque de sus recuerdos y la realidad de la vida transcurrida. Lo único que realmente le llamaba en algo la atención ahora era el hecho de saber si “Tano” –así se refería Raimundo a su marido todo el tiempo– se parecía a su padre, como dato anecdótico.

“¡Qué nada!” profirió Raimundo al escuchar la sugerencia de un breve encuentro y partida. “Duquesa, puedo asegurarle que será un honor y un placer hospedarla en nuestro hotel –a ambas, claro está. Tendréis la mejor suite disponible. Cayetano estará encantado.”

Al oír el nombre completo del hijo de Vicente, la Duquesa quedó poco menos que paralizada. Él llevaba su nombre, nada más y nada menos. ¿Sería posible que fuese una simple coincidencia? O, pensándolo bien, ¿sería posible que no lo fuera?

Luego de tomarse un tiempo para refrescarse y reponerse del ajetreo de la tarde, las hermanas bajaron nuevamente al lobby del hotel para salir al encuentro de Cayetano, que las esperaba en otro lugar. Preguntaron por Javier, que también había sido alojado por cortesía de los anfitriones, pero les dijeron que Raimundo se había tomado la libertad de ponerles un coche y un empleado de confianza del lugar a disposición y, si no les incomodase, el resto del día y el tiempo que quisieran podrían contar con él. La Duquesa lo dudó en un principio, pero Isabel la convenció de que sería más práctico. Dejaron un recado para Javier y subieron al coche para ser conducidas al restaurante en el cual se verían con Cayetano.

El encuentro fue conmovedor para la Duquesa, emocionante para Raimundo e Isabel, y aparentemente tocante para el propio Cayetano, que se mostró muy sensible todo el tiempo, aunque intentó mantener la caballerosidad y las formas para no invadir la privacidad de los recuerdos. Poco a poco, y con el paso del rato y de los tragos, todos se relajaron y se abrió una caja de sorpresas.

“Bueno… debo decirle, Duquesa, que sé algunas cosas de mi padre que él me confesó conforme yo iba creciendo. Me gustaría compartirlas con usted.”

“Puedes llamarme Cayetana, aunque suene un poco redundante en esta mesa,” respondió la Duquesa en un guiño de confianza y aprobación.

“Gracias, Cayetana. Justamente ese es un punto central. Yo soy el único hijo que mis padres tuvieron. Él me contó, entre otras cosas, que eligió el nombre por una persona muy importante para él. Cuando quise indagar, al principio, no quiso decirme mucho más que eso. Pero, al ir animándose a contarme más con el tiempo, me dijo que era por usted.”

“¡Por mí! Pero ¿cómo?”

“Cuando yo ya fui mayor, él decidió contarme la historia de quien había sido su primer amor y de cómo nunca la había olvidado.”

“Pero es que… nunca fuimos nada, en realidad. No me malinterpretes…”

“Lo sé, Cayetana. Pero aun así él nunca la olvidó. Y mire que él se casó, dos veces, y muy enamorado. Eso no significó que hubiese dejado de pensar en usted. Él me lo dijo con todas las palabras.”

“Debe haber sido muy confuso para ti. Digo, tú tenías a tu madre, y luego él te contó eso.”

“Para nada. Yo vi cuánto ellos se querían, y se quisieron siempre hasta el final. Es una pena que ambos hayan fallecido jóvenes.”

“Es verdad. Lo siento mucho.”

“Muchas gracias. Lo importante ahora es poder conocer a la persona que él tanto amó. Le importará saber que mi madre conocía la historia; era una mujer excepcional y nunca lo llevó mal.”

“Me imagino que debe haberlo sido, para aceptar de buen modo ese tipo de confesiones de tu padre.”

“¿Aceptarlo? No fue sólo eso. Usted vio el hotel. Tal vez no haya reparado en el nombre…”

“No realmente.”

“Se llama La Perla. Mi padre me contó que el nombre hacía referencia a usted.”

“¡Me lo dices tú mismo y no me lo creo!”

“Puede creerlo. Y mi madre, claro está, lo sabía.”

“Pero ¡tu madre era una santa!”

“Lo era, sí; aunque mi padre también era muy astuto, y le contó casi toda la historia.”

“Oye, que te digo que nunca hubo nada de verdad entre nosotros, que no haya sido flirteos y un entusiasmo platónico de juventud.”

“Puede quedarse tranquila, que no me refería a eso. Mi padre le contó casi todo, quiero decir, porque omitió algunos detalles. Por ejemplo, el hecho de haber quedado en contacto con su familia por muchos años.” La Duquesa hizo un gesto incrédulo.

“Claro: él me contó eso a mí, pero mi madre no sabía que él había mantenido esa ilusión del pasado tan fresca.”

“Es que… no estuvimos en contacto ciertamente. Isabel me dijo que él escribió cartas, sí, pero que mi madre nunca quiso que yo las leyera, para no confundirme.”

“Absolutamente cierto. Lo que con seguridad ni su hermana, ni su madre, ni usted sabíais es que él estuvo siempre más cerca de lo que ninguna imaginó.”

“Asombroso…”

Vicente, eternamente cautivado por el recuerdo de aquella joven que había conocido en su juventud, intentó llegar a ella de cualquier manera. Viendo que sus cartas no eran respondidas, y adivinando que no eran siquiera entregadas, un buen día se armó de coraje y buscó al mismísimo Duque. No fue sencillo, ya que el Duque no era un hombre muy sociable con  las personas que no eran de su entorno, y menos lo fue al conocer a Vicente y su historia. Pero no tuvo una mala reacción; por el contrario, imploró a Vicente que no arruinase su matrimonio. Casi lloró. Finalmente, Vicente accedió a no incomodar a Cayetana de ninguna manera. En ese entonces, Vicente estaba recientemente viudo de su primera esposa, y los duques acababan de perder a su hijo. Fue en el dolor que ambos hombres se comprendieron, sellando un pacto de caballeros que duraría por el resto de sus vidas.

La velada se extendió hasta la madrugada, con todos los presentes emocionados y aunados por la bella y triste historia.

“Y en nuestra última charla,” agregó finalmente Cayetano, “él me dijo algo que me dejó pensando toda la vida. Él estaba muy enfermo ya, desahuciado por los médicos, y yo lo atribuí al delirio. Pero lo recuerdo hasta el día de hoy.”

“¿Quieres decirme qué fue?”

“Te va a encontrar; sé que te va a encontrar. Y con ello, cuando lo haga, seré yo quien te visita un poco, hijo. Recuerda este día, esta charla. Ella vendrá.”

“Y él… él vino a buscarme en sueños, en recuerdos. Es decir, como para que yo trajera todo de vuelta y hacer esto posible. ¿Será que me lo creo?”

“¡Puede creer!”

Al día siguiente, La Duquesa y su hermana se levantaron tarde, luego de semejante noche que habían tenido. Fueron a almorzar solas, y por la tarde se encontraron con Cayetano y Raimundo, que esta vez llevaron a su pequeña hija. La niña era un encanto; adoptada cuando aún era un bebé, y criada con todo el amor que se le podía dar. Su nombre era María.

La estadía en Sitges se prolongó hasta el fin de semana, cuando Javier fue llamado a comparecer y preparar el coche para llevar las dos mujeres de vuelta a su tierra. Fue un viaje silencioso, tranquilo, con apenas alguna parada para tomar un refrigerio y cargar combustible.

La Duquesa estuvo particularmente pensativa todo el camino. ¿Qué había sido todo aquello, aquella amenaza de anarquía en este momento de su vida? Los días no dejarían de pasar y sucederse, y el juego de la vida seguiría su curso. Pensó que no había reglas, pero que era un juego en definitiva, en el que los jugadores intentaban descifrarlas, tenerlas, seguirlas o abandonarlas. Podían despertar un día y querer mandar todo al olvido. O algo. O una noche, antes de dormir, en esos momentos de consciencia… Ella ya lo había, de alguna manera. Y el día siguiente había sido un día, un día nuevo, otro día.

Pensó en su vida y en la incertidumbre que siempre había contenido; en los momentos de supuesta estabilidad, o precariedad, poder o desposeimiento. Y que, claro, siempre se podía acabar el juego antes de llegar al nuevo amanecer. A tantos se les terminaba el tiempo en medio de las cosas; quienes se apagaban repentinamente, en una caminata, haciendo un negocio o yaciendo en una cama de hospital. No lo sintió como melodrama, y sí como un aviso. Levantó la vista, miró por la ventana y la mañana le traía los árboles recortados a contraluz. Y vio un tenue reflejo de su rostro en el vidrio. Estaba sola.

Encendió la tele; los fantoches hablaban de alguna actriz o algo por el estilo. ¿Adónde iría a parar en algún tiempo? Su familia, los que aún estaban, aunque no con ella en ese momento, y los que habían partido. Sus amigos y sus enemigos, si es que los tenía. Todos, parte de lo mismo.

Bajó más tarde a desayunar, toda emperifollada y sonriendo para sí misma. Esa semana salió a comprar ropa, para ella y para Isabel. Mandó unos bonitos regalos a su otra hermana también. Y marcó consulta con su cirujano, esta vez para ir acompañando a María. Ya era una mujer, joven y llena de vida, y tenía derecho a salir a buscar su futuro.

Los pechos le quedaron muy bien, a decir verdad; grandes, pero aceptables. Su madre puso el grito en el cielo. La abuela, sus pies en el aire y tomó un vuelo a Grecia, a disfrutar del sol y conocer algún viejo más o menos decente que le hiciera nuevos recuerdos.

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