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De pelos

diciembre 4, 2014

¿Alguna vez tomaste tanto que perdiste la capacidad de controlar tu cuerpo? Y ¿alguna vez fue tanto que, sin perder la noción de lo que estaba pasando a tu alrededor, no conseguiste moverte ni hablar ni hacer nada al respecto? Espero que no. Esto es lo que me ocurrió una vez cuando, al final de una fiesta en la que hubo un poco más que alcohol y diversión, quedé postrada en una hamaca de red.

Mi marido y yo habíamos trabajado toda la semana, como de costumbre, descansando poco y exigiéndonos para poder disfrutar de las pequeñas diversiones del tiempo libre. Al final del viernes, llegamos a casa, preparamos todo para la noche, nos dimos una ducha y nos vestimos para salir a la ruta hacia la casa de campo de un amigo que cumplía cuarenta años. Sabíamos que sería un evento a lo grande, puesto que él era el último del grupo en llegar a los cuarenta, y también era de los pocos que quedaban solteros y sin pareja, por lo cual había puesto todos sus esfuerzos en preparar algo estruendoso. Todos estábamos invitados, cada uno con su acompañante, y todos habíamos confirmado la presencia. Eran casi cien kilómetros hasta llegar al lugar, una antigua casona de campo alquilada para la ocasión, era viernes y hacía mucho calor, pero todo el esfuerzo valía la pena por la fiesta que se venía prometiendo hacía semanas. Subimos al auto, perfumados y primorosos, y nos dispusimos a ir al evento.

En el camino nos dimos cuenta de que, para variar, el pronóstico del tiempo tal vez estaría equivocado, ya que se había anunciado un buen comienzo de sábado, sólo desmejorando hacia la tarde, y lluvia llegando el domingo. Por el contrario, las nubes se iban cerrando, dejando el cielo plomizo, y un viento anunciaba posibles inconvenientes durante la noche. Ya en la carretera, libélulas chispeaban pasando rasantes frente al coche, y algunas se estrellaban en el parabrisas, dejando manchas transparentes. A mí me dan mucho asco los insectos, y tengo bastante miedo de todos los que no conozco –y también de muchos que conozco. No podía hacerse nada contra eso; habíamos sido precavidos y llevamos un buen repelente contra los mosquitos, que a veces funciona contra otros bichos que andan flotando por ahí en la noche abierta.

Al llegar al campo donde el festejo estaba ya comenzando, vimos unos cuantos amigos bebiendo y cantando. La verdad es que había de todo, buena música, buena comida y excelentes tragos. Nos dejamos llevar por la atmósfera animada y tomamos más de la cuenta. Yo mezclé cosas que casi nunca bebía, y cosas de las que ni siquiera sabía su procedencia o contenido. No nos importaba, ya que nos quedaríamos hasta el día siguiente, durmiendo a nuestras anchas la borrachera y dejando que se evaporara la celebración de nuestro organismo. Lo que no habíamos calculado era que hubiera tanta cantidad y variedad de cosas, no sólo bebidas, si es que se me entiende, y que nos sintiéramos tan alegres como para meternos de todo.

Yo vi que pasaba el tiempo volando, mirando de reojo mi celular de tanto en tanto. A eso de las tres de la mañana, en medio de la noche ya cerrada por las nubes, aunque sin señales de tormenta inminente, me sentí muy pesada y me recosté en el pasto. Varios de nuestros amigos estaban ya dormidos, echados en bancos, en el hall de la casa o en los sillones, y algunos habían desaparecido hacia los cuartos de arriba. La alegría era tal que a nadie le importó, nadie se sorprendió por quién iba con quién, en medio de la algarabía. Más aun, a esa hora quedábamos pocos afuera, y estábamos cayendo como moscas rendidos por los excesos del gran festejo.

El césped alrededor de la casa estaba muy bien cuidado, y de un verde intenso que en la noche negra brillaba como cristales de piedra; pero era justamente por estar tan lozano y corto que me incomodaba, pinchándome por todos lados. Esto me dio un escalofrío, pues sentía como que me subían hormigas por las piernas y los brazos, aunque seguramente era sólo mi imaginación. A pesar de eso, decidí juntar fuerzas para levantarme y buscar un mejor lugar para echarme a dormir un sueñito.

Fue difícil despegarme del pasto, ya que a esa altura estaba tan colocada que apenas si reconocía mis partes. Casi arrastrándome, me acerqué a un grupo de viejos eucaliptos que había hacia el costado de la propiedad, sin ver a nadie más cerca, y divisé una hamaca de la que ya me había percatado mientras recorríamos el lugar al llegar, horas antes. Un poco con vergüenza y otro poco riéndome sin que me viera nadie, me fui agarrando de un tronco y acomodándome como podía hasta soltarme y caer más o menos encima de la hamaca. Afortunadamente, estas cosas son absolutamente adaptables a la forma y al peso de cada uno, y al caer dentro me recibió y atrapó como una red de pesca. Ese fue el último esfuerzo consciente que conseguí hacer; ahora restaba caer en un sueño profundo y que fuera lo que tuviera que ser.

El maldito sueño nunca llegó, y en su lugar comencé a darme cuenta de que había perdido el control de mis movimientos; nunca me había pasado una cosa así, pero era claro que no podía hacer que mi cabeza le ordenara a mi cuerpo hacer cualquier tipo de cambio de posición. Por un momento también pensé que tal vez estuviese dormida, y que todo fuese un sueño de alcohol; pero las sensaciones eran perfectamente reales, y sentía la temperatura –que casi quemaba aun en medio de la noche- y los sonidos nítidamente, y hasta los poco familiares olores del pasto y las hojas. Me di cuenta de que estaba jodidamente borracha, y de que nadie vendría a ayudarme si quería levantarme. Pensé que acabaría meada y dormida, despertando con el sol en la cara, para tener una anécdota bizarra que recordar.

Me entregué a mi catalepsia, esperando que no me dieran dolores ni calambres, si no estaría frita. Quedé mirando entre las ramas el tenue blanquecino de la luna luchando para dejarse ver entre las nubes negras. Sentía apenas la brisa pasando alrededor de mi cuerpo y rozándome el vestido levemente ida y vuelta sobre las piernas. Luego se aquietó todo, y ya no se oían gritos ni música, ni había viento como para sentir nada moviéndose cerca. Dentro de lo alarmante que podía ser mi situación, casi estaba disfrutando la quietud del medio de la nada.

Y fue ahí que se arruinó todo. Cuando bajé la vista –que era lo único que podía hacer, mover los ojos para distraerme con lo que iba apareciendo– vi un bicho inmundo bajando por la corteza del árbol en dirección a la hamaca. No podía distinguir lo que era, porque era bien oscuro y sólo tenía certeza de que no era una alucinación. En realidad no estaba bajando hacia la hamaca, quise convencerme, sino que estaba caminando o arrastrándose hacia abajo, y con suerte no se desviaría ni iría a andar por las cuerdas en mi dirección. Me le quedé mirando fijo, como queriendo meterme en su cabecita y ordenarle que siguiera tranquilo por donde iba. Pero claro, las cosas podían empeorar.

El bichejo asqueroso parecía ser una oruga, con lo que su andar dependía de que no se levantara viento, que podía arrancarla del árbol y hacerla caer. O, mejor, sí: que haya viento, pensé. Pero no sentía nada; tal vez habría viento por encima de los árboles, y con suerte empezaría a bajar y sacaría esa inmundicia de mi vista. Miré hacia arriba y vi que las ramas casi no se movían. Volví al lugar donde había dejado aquel ser asqueroso, pero no lo vi. Entrecerré los ojos como para distinguir cualquier cosa sobre el árbol, mirando todo alrededor del punto en el que las cuerdas estaban atadas, pero no estaba. Entonces alcé la vista un poco y lo detecté, arriba del punto en el que había estado antes. Estaría subiendo… aunque parecía que estaba arrastrándose hacia abajo, como antes.

Se levantó un poco de viento, aparentemente, y las hojas se movieron o algo, porque entró un poco de luz sobre el tronco. Entonces me di cuenta de lo que estaba pasando: el bicho era otro, y el que había visto en primer lugar ya no estaba bajando por la corteza, porque reptaba por una de las sogas de tensión, a centímetros de mis pies.

No sabía qué pedirle primero al cielo, si hacer que el viento tumbase la oruga de la hamaca, o que no tumbase a la que estaba bajando. Creí que me iba a orinar del miedo. La brisa bajó y empezó a sentirse, pero el bicho no se soltaba. Sentía la frente mojada de sudor, y un calor que parecía querer salirme por todos lados, con lo que seguramente estaría transpirando como un marrano paralítico.

El viento no amainó y lo único que hizo en un primer momento fue dejar que yo viese con más claridad los monstruos que tenía al acecho. Eran de aquellas orugas peludas, como larvas de mariposas, de las que pinchan y queman si te tocan. Era muy raro y patético llorar, como yo estaba haciendo a esa altura, y que no saliera ningún sonido de mí. Sentía las lágrimas cayendo por mi cara hacia atrás y metiéndose en mi pelo. Esa sensación, esa picazón, ya era suficiente para llenarme de desesperación. Quise pensar claramente y sólo conseguía llorar más fuerte.

Entre lágrimas, que borroneaban lo poco que podía ver, noté que la primera oruga ya estaba a la altura de mi tobillo, pero seguía determinada en su camino. Quizás conseguiría andar hasta el otro extremo y desaparecer bajando por el otro árbol. Al mismo tiempo, la que apareció después ya estaba muy cerca del nudo donde comenzaban las cuerdas. El viento sopló más fuerte, trayendo olor a tierra, y pensé que la lluvia sería mi salvación. Si lloviese lo suficientemente fuerte, tal vez los bichos resbalarían e irían a parar al suelo. No me importaba mojarme, empaparme y quedar así hasta cuando fuera necesario.

La lluvia no llegaba, aunque ya todo se movía en el viento; mi vestido subía y bajaba, tapando por momentos la visual de los bichos. En una de esas volteretas, el ruedo de mi vestido quedó por un instante encima de la oruga. No la vi por unos segundos, que parecieron no pasar más, pero al menos pensé que eso la habría desequilibrado. Muy por el contrario, con la siguiente ráfaga la tela se levantó pesada, cargada, haciendo una media vuelta en el aire, llevando el espantoso invitado. Yo podía contar cada latido en mi cabeza, que estaba como para bailar al son del bombo; la trayectoria del vestido que parecía mayor de lo que la tela podría permitir, elevándose en un semicírculo perfecto hasta estar en posición perpendicular a mis piernas. A la vez, la tela estaba como subida por el movimiento, exponiendo la mayor cantidad de piel posible. Toda la escena era como de la onda que hace una gota cuando cae en el agua, como una especie de corona que se expandía en el aire en lo que, para mí, era una velocidad antinatural y casi parada. Con un giro brusco del viento, el gracioso vuelo se interrumpió de repente y la tela se desplomó pesadamente encima de una de mis rodillas.

El ardor inmediato fue brutal. Toda la superficie de la oruga que no había quedado presa en el vestido, cayó generosamente sobre mi piel, en el esplendor de sus pelos picosos. Yo podría haberme desmayado del asco, el dolor y el pánico. Pero quedé perfectamente despierta, aunque atontada como había estado todo el rato, inmóvil en aquella escena de tortura que podría durar para siempre. Cada filamento, cada roce, como una única aguja atravesando mi piel; cada estocada de la ponzoñosa hija de puta, con mil espadas, pasando por mi carne, sin el menor remordimiento ni pereza. Sentí como que algo se destrabó en mi garganta, y unos gemidos apenas acompañaban al llanto. No era ni siquiera digno del dolor que estaba sintiendo.

Las primeras gotas comenzaron a caer; no las sentí sobre mí pero pude verlas chispeando mientras bajaban. Luego sentí una, y otra. Las sentía como en otro plano, ya que comparadas a la quemazón que me estaba martirizando eran como ecos de toques, como recuerdos. Todo mi cuerpo estaba estremecido por el ardor y el calor que irradiaba mi piel al contacto con ese bicho endemoniado. Pedí a todos los dioses que pude recordar que la lluvia se incrementara, que cayera de una maldita vez y lavase esa mierda de mi cuerpo. Cuando comenzó a llover más decentemente, sin embargo, la oruga del árbol se desestabilizó un poco, se deslizó y acabó soltándose, saliendo como planeando en el viento, y cayó sobre mi pie izquierdo. Ahí se agarró con gusto.

Eso es lo último que recuerdo. Perdí el conocimiento. Por lo que me contaron, mi esposo y un amigo salieron a buscarme en la lluvia cuando no aparecí por ningún lado dentro de la casa, donde ellos habían quedado tumbados, ni en la galería alrededor. Al encontrarme, ellos pensaron que estaría simplemente dormida y corrieron a sacarme de la hamaca en medio de la lluvia, que ya era bien pesada. Sin ver nada, el que me agarró de las piernas, nuestro amigo, aplastó una de las orugas y se quemó una buena parte de la palma de la mano. Mi pierna quedó con una enorme marca, y precisé hacer curaciones y usar venda alrededor de la rodilla derecha y el pie izquierdo por algunos días. La tensión de todo el momento espeluznante, sumada la situación espasmódica que mi cuerpo había sufrido por la aguda intoxicación de la noche, hizo que tuviese un pequeño colapso muscular en la laringe, que es lo que había comenzado a despertar al momento de desmayarme.

Nunca tendré mi linda voz completamente recuperada. Pero eso es lo de menos. Ahora estoy bien, sí; a salvo de bichos. No volveré a tomar lo que tomé esa noche, ni dormirme en el pasto ni mirar fijo la corteza de un árbol buscando reconocer insectos.

Qué picazón, ¿no? Venga, a la ducha. Que lave todo, que saque, que limpie, que purgue; que los más pequeños son los peores. Nunca se sabe por dónde se pueden estar metiendo en este momento.

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3 comentarios leave one →
  1. Ariel Raducci permalink
    diciembre 7, 2014 12:06 pm

    ¡Qué repugnante! ¡La experiencia, no la historia, por supuesto! Los peligros de ir a fiestas donde hay variedad de cosas que uno puede meterse…

  2. Lilia Picolini permalink
    diciembre 8, 2014 12:10 pm

    Nunca más miraré a una oruga con los mismos ojos!! Ya les tenía temor y asco, y ahora el relato le ha puesto el moño!!! Eso habla MUY BIEN del relato, que va aumentando su tensión hasta hacerme desear, como a la protagonista, que el viento y la lluvia alivien su pesadilla! Abrazos!

  3. Lilia Picolini permalink
    diciembre 9, 2014 4:15 pm

    dejé un comentario ayer, pero no aparece! Abrazos!!!!

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