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Ararat reescrito

enero 11, 2015

El sabor de la tierra en la boca era lo único que quería sentir en ese momento. Nada más importaba; nada más quedaba. No había motivos para querer saber qué había sido de su calle, su casa, su pasado que ahora valía menos que el pastoso amargor en su lengua.

Era el último de su familia. Siempre lo había sido, como el hijo que no había tenido descendencia y con ello había cortado –vergonzosamente, aunque callado en secreto, para su padre y sus parientes– la línea de la progenitura. Un peso que había llevado toda su vida, desde que ganó consciencia del hecho. Las cosas no dichas.

Él había estado adelantado a su tiempo, al tiempo de los suyos, mayormente sin saberlo. Sólo en esta tarde aciaga se descubría, irónicamente, el último. Un presagio; el último y el primero. Todos sus familiares se habían ido, muertos, asesinados. Todos en una guerra en la que ninguno había luchado. Todo inconmensurablemente más amargo que su sabor de boca. Todo por Ararat.

***

Anita se despertó, o por lo menos dejó de dormir, y en ese estado de soñolencia fuera de las sábanas se encontraba todavía mientras echaba agua en el jarro para hacerse algo de tomar. La mañana pasaba invisible y silenciosa, como un aire prestado llevado en la brisa. Silencio en la casa, y silencio afuera en el día, suspendido del otro lado de la ventana.

Amodorrada, pero con una pachorra placentera, disfrutaba preparando en silencio los cacharros para su desayuno. Estaba casi desnuda, como había dormido y como se había levantado. Miró su vientre y luego sus caderas. Pasó la mano frotando suavemente la piel en su pecho. Su piel, la parte inseparable de su cuerpo que no se distinguía o dividía de las otras y sin embargo siempre había sido una pieza clave en su vida; la que siempre le había hablado, hacía años, en silencio. La que se expresaba sin voz, llorando su ira, su asco, su fiebre.

A través del tiempo, Anita había intentado, sin éxito, apagar la voz muda de su piel. Encontrar la cura, el exorcismo, la purga. La cara de su cuerpo siempre le había gritado a través de sus marcas, sus síntomas y las grietas que abría sin dejarla entender por qué se le rebelaba de esa manera aparente, aparentemente por desconocidos pecados nunca cometidos y deudas no debidas. Esta mañana, sin embargo, estaba en paz consigo y con todo lo que la componía. El proceso de curación estaba funcionando, esta vez donde correspondía, e internamente el progreso abría paso a la limpieza de su ser, que con seguridad iría a acabar con las aflicciones que la aquejaban saliendo de su cuerpo.

Al paso que el agua comenzaba a hervir, volvió a su realidad inmediata y apagó el fuego. Preparó el mate y mojó la yerba con el primer chorro; lo apoyó sobre la mesa y esperó a que el contenido se mojara uniformemente, con la mirada perdida en la espuma que subía e iba lentamente desapareciendo.

“Ararat,” escuchó. De manera clara e indiscutible, esa palabra había sido dicha y no imaginada. Ella la había dicho. Cómo, y por qué, no eran preguntas que de inmediato sabría hacerse. Era la hora de despertarse, y para eso los mates y algo de comer. El sabor acre del primer sorbo en su boca aún pastosa del sueño le supo a fango, que nunca había probado pero seguramente sería algo parecido.

***

Alto y claro, un grito le había ordenado salir de donde se encontraba escondido. Rashid no podía ni quedarse quieto ni correr por su vida. Los invasores estaban en la casa, o lo que quedaba de ella; podía oírlos caminado pesada y desconsideradamente sobre los escombros. Sin querer acercarse demasiado a la pared que separaba la cocina del ambiente que había sido recibidor y sala, todavía recordando que en el ataque de días anteriores una parte de ella había caído hiriéndolo en el rostro, cuello y hombro, y sin querer hacer ruidos que lo delataran, se asomó un poco a la luz para ver si el soldado aún estaba esperando.

Lógicamente, uno de los hombres lo vio. Él no llegó a sentir nada por haber sido descubierto, ya que todo su ser se estremeció de una sola vez al notar que el militar sostenía a su hermana en el aire con el brazo izquierdo alrededor de su cabeza, asiéndola fuertemente. Ella tenía la mitad del tamaño de su captor y la mitad de la edad de su hermano; era la menor de la familia y con sus 16 años su joya más preciada. No se movía, tal vez estuviese desmayada, o peor. Él no quería ni pensar en la posibilidad, simplemente no podía perder la última persona que le quedaba. Su cuerpo colgaba suelto, como los trapos sucios que la cubrían.

El soldado dejó que Rashid observara a su hermana por unos instantes y luego, con un movimiento hacia atrás de su cintura a la vez que abría una sonrisa desconcertante, tomó un cuchillo del cinto de su uniforme.

“No está muerta la pequeña rata; pero tú acabaste de sentenciarla con tus jueguitos” fueron sus últimas palabras, y con eso degolló a la niña de lado a lado del cuello, sin quitar la vista de su hermano. Rashid nunca vio sus ojos, como tampoco jamás pudo olvidar la convulsión que ella tuvo por un momento y el baño de sangre que hizo brillar su vestido roto.

Corrió todo lo que pudo, que tal vez fueron apenas unos cientos de metros, sin saber hacia dónde ni por cuánto tiempo, hasta que su cuerpo cedió inútil. Cayó rendido, de boca al suelo, su tierra, encharcada y confundida en un lodazal por la primera nieve y la última sangre de los otros y los suyos.

***

Todos los días, desde que había comenzado la terapia, Anita trataba de encontrar un momento para sentarse tranquila y anotar sus sueños. Había comenzado a escribirlos para repensarlos y llevar sus consideraciones a los encuentros con su terapeuta. A veces podía hacerlo de mañana, lo que era más práctico, pues todo estaba recién soñado. De todas maneras, se conformaba pensando, las imágenes y situaciones eran tan claras que raramente olvidaba algo. Claro que en no pocas ocasiones se preguntaba si lo que soñaba no serían escenas impuestas en su descanso por el trabajo hecho en la vigilia, o sus pensamientos conscientes. Sea como fuere, ella disfrutaba esos momentos a solas y plenamente concentrada en los que revivía los hechos, las conversaciones y los símbolos que su inconsciente le traía cada noche. Y era cada noche sin falta, desde que había empezado a adentrarse en los mensajes de su psiquis. A veces soñaba lo mismo, claramente, poco disfrazado de situaciones diferentes. Ya había aprendido a decodificar las palabras que le eran dichas, lo que ella respondía y hasta las posiciones relativas de los protagonistas en sus historias permeadas.

Había una que, con seguridad, no podía haber sido ni un recuerdo ni la reconstrucción de ningún momento de su vida, directa o indirectamente. En ese sueño, un conocido la llevaba hasta lo más alto de una casa, saliendo al techo, y la invitaba a saltar. Sin drama, sin violencia, simplemente una invitación. Anita siempre (lo había estado soñando con cada vez más frecuencia) intentaba explicarle, sin querer entrar en pánico, que no podía saltar desde aquella altura, que iría a lastimarse. En estas escenas, ella era apenas una muchacha, mucho más joven que en la vida real, aunque su amigo aparecía más o menos como ella lo recordaba al momento de despertarse. Para ella, se justificaba despierta, dejarse caer de esa altura sería como soltarse de una montaña. Fue sólo por la tarde de la mañana que se habló, sin embargo, que unió la idea de la montaña con lo que se había oído decirse. Pero no le satisfizo. No tenía sentido haber traído a su boca una referencia tan obvia y sin sentido. Tenía que haber algo más, pero para descubrirlo quizás debería hacer algo más que pensar sin rumbo.

Todo lo que hizo fue releer un buen rato su diario de sueños con detenimiento, que ya tenía varias páginas llenas, anotando en un papel aparte tanto las palabras que se repetían como las que le llamaban la atención por saltarle a la vista por algún motivo o señal en la escritura. De entre estas últimas, hizo un esfuerzo por entender o reconstruir las que, al momento de escribirlas, había tachado. Las más llamativas eran desgarrar, mañana, y la frase no recuerdo bien (que se repetía, tachada, tres veces). Había dos mañana tachadas, una corregida por ayer y otra antecedida por otro mañana, lo que seguramente se debía a que la había escrito dos veces sin darse cuenta. También descubrió una duplicación de esta vez, la cual corrigió en el diario y agregó a la lista. Nada revelador.

***

Esa noche, Rashid quiso morir. Lo quiso realmente. No podía quitarse la vida y de esa manera humillar y afrontar aún más a su pueblo, aunque nadie a esa altura de los acontecimientos fuera a enterarse. Casi postrado, más de pena que por su agotamiento, que ya no le importaba, dejó la mirada en el infinito inexpugnable de la oscuridad. Fue encontrado accidentalmente por otra sobreviviente, que casi lo dio por muerto al pasar por su lado. Ella lo sacudió para que reaccionara, trayéndolo en si por el dolor cortante de la ropa despegando costras de sangre coagulándose en sus heridas. Él habría querido quedarse donde estaba, abandonado como había aceptado estar. Pero no pudo negarse a seguir con ella; mantenerla viva se hizo su causa a partir de ese momento, y escapar su urgencia.

Anita pasó a tener sesiones de hipnosis, que cambiaron grandemente su perspectiva. Sintiéndose libre de ataduras, con su pasado y en su presente, comenzó a soltarse y apreciarse cada día más por lo que era y no por lo que imaginaba sin entender y castigándose sin motivos. El peso de una vida de culpas autoimpuestas la dejaba a ritmo precipitado y eso la llenaba de calma. Nunca había comprendido por qué tenía esas sensaciones, pero siempre las había atribuido a patrones subconscientes que su historia y su crianza le habían programado y que la habían marcado hasta dejarla así, llena de cicatrices emocionales y bastante indefensa ahora que tenía que valérselas por si sola como adulta.

“Tú no me cuentas tu pena. Tú no me dejas oírte y ya no sé cómo seguir.” Inútil implorar, él no podía hablar de nada de sí mismo, mostrarse, exponerse más allá de los actos que apuntaban a mantenerlos a salvo. Su compañera de sobrevivencia se debatía entre dejarlo que hiciera lo que quisiese con su vida y acompañarlo como deber moral y objetivo conjunto, aunque a veces su delirio los colocara al borde del precipicio y ella tuviera que reaccionar por los dos.

Y así Anita pasó a sanar sus heridas del alma, dejar de ver las marcas de su piel que siempre habían sido un obstáculo para integrarlas en un todo armónico en el que el sosiego diera paso a su realización como persona. Gradualmente, poco a poco y descubriendo sus valores y deseos. Era un camino arduo, pero tenía el resto de su vida por delante.

Las heridas de Rashid no sanaban. Era como si su cuerpo se resistiese a curarse, a seguir adelante, por mucho que intentara. Si dormía, horrendas pesadillas lo atormentaban. No dejaba de ver una y otra vez la muerte de su hermana frente a su cuerpo atónito e inservible, paralizado por el terror. Y cada vez servía menos para la seguridad de su accidental acompañante, que sufría con su deterioro pero también temía que su desidia acabara con el poco resguardo con el que contaban.

Desembarazada de las obligaciones inalcanzables con las que había crecido, Anita agradeció al destino que ella misma estaba reescribiendo.

Rashid fue abandonado por su compañera y cayó en una helada y final desesperanza que lo hizo abandonarse a lo que quedaba de su destino. No toleró más su existencia y se dejó capturar por la milicia. Nunca llegó a Ararat.

Paz.

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