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En el silencio (Partidas)

junio 2, 2015

¡Qué frío hacía a la noche! Aún tenía cosas para terminar, ordenar, pero sólo quería meterse en la cama y cubrirse con las mantas para dejar ese día atrás. Tanto que habría querido decirle… Toda esa semana había sido a las corridas, con asuntos de aquellos impostergables de costumbre, urgencias apareciendo y los imponderables de siempre. Se sentía un poco culpable por no haber dejado algo de lado y salir a pasar un poco de tiempo juntos.

Siempre había sido así: postergar buenas ideas, momentos necesarios para el alma. Después se arrepentía. Siempre lo mismo. Un poco de tristeza, un poco de arrepentimiento. Y mucho silencio. ¿Para qué? Si no valía la pena lamentarse. Por eso no le gustaba irse a dormir temprano; sin que el sueño lo forzara, la cama era el trono de las cuentas a pagar con los demás y consigo mismo; más que los momentos de silencio y reflexión sentado a la mesa, o las burbujas de ensimismamiento en medio del barullo de la calle, del tránsito. En la cama, nada de lo que se le había escapado o de lo que había huido dejaba llegar el descanso sin darse una vuelta y bailarle en la cabeza. Grandes conversaciones en el silencio del cuarto, charlas imaginadas con las personas que no había hablado, inclusive queriendo, ese día, o los días anteriores. Pero al final, siempre se le hacía tarde y debía hacer las paces con la hora y dormir.

Así fue su vida. ¡Ah, la juventud! Se contentaba con pensar que luego, más tarde, en otro momento, se pondría al día. Así se pasó el tiempo: esperándose en los rincones de su casi decir y hacer.

Así se le pasaron las oportunidades de sentarse con sus amigos y echar unas horas al olvido en buena compañía. Cuando Mario estaba preparándose para el viaje… ¿cuándo fue? Ah, sí, aquel verano en que estaba tan ocupado con la compra de la casa. Cuando Mario se iba a trabajar a España. Sabía que no lo vería por una temporada, que luego fueron dos, y luego años. Pero tenía las preocupaciones con los papeles de la casa, y si todo hubiese salido como esperaba, podría haber hecho una reunión en la casa nueva y haberle hecho una despedida. No se dio. Y Mario se quedó en España, con su nueva mujer, y prosperando. Mandaban cartas al principio, bastante, aunque después con el trabajo y la familia fue más difícil mantener el ritmo. Y con la llegada de la hija, imposible volver a visitar los primeros años. Y hay cosas que se dicen mejor personalmente. ¿Qué iba a hacer, escribirle que habría querido sentarse a tomar un vino y rememorar historias de juventud antes de que se fuera? En un suspiro había pasado una década. Ya había vendido la casita y Mario no la había conocido; era como si no hubiese existido.

Con Rosa fue igual, sólo que más doloroso, porque el silencio de su partida coronó una serie de silencios que llegaban en fila cada noche, cuando pasaba más y más tiempo en la cama antes de lograr conciliar el sueño. Rosa fue más difícil, es decir, su desapego. Siempre la tuvo cerca, y siempre lo acosaron las palabras caídas en su corazón antes de que salieran de su boca.

Después llegaron las pérdidas. Lo más duro que jamás había imaginado. No había vuelta atrás para decir nada, ni sentarse a mirar por la ventana, ni siquiera por un milagro. No había barco que los trajera de vuelta, o visita que sorprendiera una semana de verano. No había cartas en las que escribir toscamente y a destiempo lo que no había podido decir. Las pérdidas eran partidas sin regreso posible en las que se abría una herida que no iría a callar nunca. Todo el mundo hablaba, todo el mundo siempre había hablado, pero todos llevaban sus muertos como un mutismo yerto, un gesto adusto que se ve solamente de puertas para adentro de la propia soledad y desgarro.

“Ahí anda de nuevo preocupado usted, Don Francisco. ¿Qué cara es esa?”

“Nada, nada… Muchas cosas en la cabeza, querida. Saludos a la familia.”

Don Francisco. ¡Mierda, que se pasan los años! Ya no quedaba casi nadie que lo tuteara. Y mucho menos, que se sentara junto para echar horas a la nada. Estaban los hijos, claro, por lo menos el que no vivía lejos, y el teléfono que tampoco sonaba mucho.

¿Cómo no salir de la cama para escribir eso? Ah, pero no era tan fácil salir ahora, así de un salto como antiguamente. Mañana lo haría, si se acordase. Y mañana llamaría a Gastón para que viniera a ver la ventana del baño cuando tuviese un rato libre. Siempre era una buena excusa para verlo. Los chicos deben estar grandes.

Había un viaje para el que no había estado postergando los preparativos, aunque no había tantos preparativos que valieran la pena. No lo estaba esperando, pero no quería dejar muchas cosas desorganizadas. Tenía mucho tiempo últimamente, mucho silencio en su sillón para recordar todas las veces que no se había despedido como corresponde de las personas, y esta vez quería hacerlo bien. Pero la gente anda muy ocupada, y la gente habla y dice que no hay que pensar en esas cosas; que ya se van a ver y van a sentarse a charlar y espantar esas ideas de la cabeza. Que todavía queda bastante hilo en el carretel.

Si tan sólo no hiciera tanto frío esta noche, y no estuviese tan cansado, se levantaría para escribirlo.

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