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“El Disparo” (de Zona Ocupada)

agosto 23, 2015

Si no lo hago ahora, no lo voy a hacer nunca. Es necesario que sea ahora. Ahora porque el dolor me está matando. Ahora porque la memoria que se nutre del dolor tal vez sea la única memoria que perdura incólume. Tiene que ser ahora. Antes de que la angustia me paralice. Ahora, tiene que ser ahora el momento en que empiece a contar la historia de mi madre, la historia de Bianka Manuela Zakrzewski.

Cierro los ojos y veo una cama. Siempre una cama. Una cama que es el mundo, el mundo de mi madre que es el personaje de esta historia. Una cama que queda en un cuarto, después en otro cuarto en una sucesión de cuartos que parece no terminar nunca. Y en todas esas camas, en todos los cuartos, siempre mi madre escondida debajo de las frazadas. Casi invisible encogida debajo de las frazadas. Abro los ojos e imagino mi cama. Necesito dormir. Pero antes, aunque sólo sea en algunas líneas, quiero empezar a contar la historia de mi madre.

Kilinskiego, Paraguay, Barão de Melgaço, Acevedo, Salguero, Alameda Barros, Esnaola, Ayacucho, Brigadeiro Melo, Julián Álvarez, Paraguay, Oscar Freire, la avenida Paulista. Esas fueron algunas de las calles en las que vivió mi madre. Entre Włocławek, Buenos Aires y San Pablo. La calle en la que vivió en Cochabamba ya no existe en la memoria familiar porque la única memoria familiar soy yo y desconozco ese dato. Escribí el nombre de las calles sin respetar un orden cronológico; fue una explosión de nombres para poder empezar. Kilinskiego. Esnaola. Ayacucho. Brigadeiro Melo. Barão de Melgaço.

Pero el paraíso quedaba en Esnaola. En el pasaje Esnaola en el barrio de la Paternal en Buenos Aires. Esnaola 636. La edad de oro, la Tierra Prometida que quedó atrás porque esa es la regla: las tierras prometidas siempre quedan atrás de nosotros.

Escribo Esnaola y veo la sonrisa de mi madre. Una sonrisa extática e ingenua. Una sonrisa melancólica que a pesar de la melancolía deja entrever tiempos felices. Veo que escribí Esnaola y veo las fotos que guardé para confirmar que mi madre tenía razón: el paraíso existió en la casa del pasaje Esnaola. Esnaola 636.

¿Y las camas? ¿Y la cama?

Las camas.

Nunca escribí una historia. Nunca escribí más que lo necesario que es lo que escribe la mayoría de las personas: algunas cartas. Pero la historia de mi madre, si es que voy a lograr contar la historia de mi madre, tiene que empezar en una cama. En la cama en la que fue concebida. En la cama en la que dormía cuando niña. En la cama de su primera noche de amor. En la cama del hospital después de haber dado a luz a su primer hijo. En la cama en la que durmió con mi padre durante cinco años. Aunque si lo pienso bien y trato de ser fiel a la realidad, la historia de mi madre es la historia de una mujer joven postrada en una cama. De una mujer adulta postrada en una cama. De una mujer adulta postrada en una cama. De una mujer con cáncer terminal postrada en una cama.

O podría comenzar en un cuarto. En un cuarto del que no se puede salir. O en un departamento. Un departamento del cual tampoco se puede salir. Como Papillon en la Isla del Diablo. La historia de Bianka Manuela Zakrzewski, una mujer que no tuvo la fuerza ni el coraje de construir una balsa para escaparse de la Isla del Diablo. Mi madre, que nunca cometió ningún crimen, que jamás violó ninguna ley, que fue noble y altiva, generosa, sensible y arrogante, esa mujer, mi madre, vivió en una cárcel casi toda su vida. En una cárcel que por obra de otros a veces quedaba en la ciudad más hermosa del mundo. La única ciudad en la que fue feliz. La ciudad que extrañó demencialmente cada vez que la arrancaron de Buenos Aires para colocar la cárcel en otro lugar. En un lugar que sólo por no ser Buenos Aires era ningún lugar. En un lugar que por ser San Pablo fue el infierno. La Isla del Diablo.

Ahora que me cargo a mí misma de otra manera, y que cargo a mi madre de otra manera porque acabo de recibir los tacos de parafina con mi tumor para que en Israel alguien los analice y me diga qué hacer, cómo seguir viviendo; ahora que también traje conmigo del laboratorio los laudos de los tumores de mi madre; ahora que estamos juntas en esas hojas de papel con nombres y códigos y fórmulas y veredictos; ahora que me cargo y cargo a mi madre como nunca antes me cargué y cargué a mi madre; ahora sé que tengo que contar la historia de mi madre. Ahora que de reojo miro los laudos en el papel y veo el fin de la vida de mi madre, lo que sería el fin sin saberlo en aquel momento; ahora que mi madre está muerta y yo recuperándome de la segunda cirugía; ahora que tengo frente a mí todas las cajas con fotos y con cartas de todas las direcciones que mencioné antes; ahora que es víspera de año nuevo y que estoy sola en la ciudad en que nací por un capricho de nuestra historia y a la que volví por una tragedia de nuestra historia, la tragedia de la historia de mi madre, ahora tengo que empezar. Tiene que ser ahora porque no siempre se puede volver a empezar y porque no siempre se puede volver.

Una mujer de cincuenta años necesita con urgencia empezar a contar una historia. Una larga historia como son las historias familiares. ¿Fue la nuestra una epopeya? ¿Una larga pesadilla? ¿Un sueño soñado por todos nosotros que la realidad nos robó para dejarnos desparramados en la vida? ¿Gringos y solos en la vida y gringos y solos en los cementerios? No lo sé. Tampoco sé si la cronología es la mejor forma de contar lo que sé, contar lo que recuerdo nítidamente y lo que casi ya no recuerdo, contar lo que me contaron o lo que me parece que me contaron. O contar lo que mis recuerdos y mis fantasías, y mis sueños, y centenas de fotos y cartas, todo mezclado, me dicen que esa, sólo esa y no otra es la historia de mi madre.

¿Por qué la urgencia? ¿Y por qué detenerse tanto en el intento de descifrar esa urgencia? Es mejor contar la historia. Contar y seguir viviendo. Contar y esperar la muerte.

[TOPEL, Marta F., 2015 ed. Acervo Cultural – distr. Galerna]

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  1. Lilia Picolini permalink
    agosto 24, 2015 11:52 am

    Hola, Marce! Después de leer muy rápidamente esto, trataré de conseguir este libro que nos has recomendado a través de Facebook, y espero poder leerlo, ya que este último tiempo mi refugio han sido solamente películas muy especiales, y no libros. Un abrazo muy grande! Lilia.

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